Despierto y ya ha anochecido. Ya ha pasado otro día. La cabeza me da vueltas y siento una presión en el costado derecho que hace que me cueste un poco respirar, pero no me duele. Empiezo a recordar lo que ha pasado: Fred mirándome con cara de alivio al mismo tiempo que espanto. Fred abrazándome muy fuerte, como si no quisiera despegarse de mí. Fred clavándome su cuchillo con la única intención de acabar con mi vida. Parece que no lo ha conseguido. Me pregunto qué pensarán sus padres. El hombre que casi me suplicó que protegiese a su hijo, el mismo que me traicionó de la peor forma. ¿Por qué lo hizo? Quiero decir, ¿por qué a mí? Tal vez porque sabía que yo nunca se lo haría a él.
Oigo ruidos de movimiento a mi lado. Estoy tumbada en el suelo, sobre un par de mantas, y sentada junto a mí, veo a Gloss. Juguetea con un trozo de hoja, y la tira a un lado cuando ve que intento levantarme.
-Menos mal, creí que no despertarías -dice, con alivio sincero.
-Si te soy sincera, yo también -le digo, y me incorporo poco a poco hasta quedar sentada a su lado.- ¿Dónde está todo el mundo?
-Cato se ha ido a dormir, estaba cansado. Y mi hermano anda por ahí haciendo guardia -guarda silencio unos segundos.- Menudo susto nos has dado, ¿eh? La próxima vez tienes que estar más atenta.
-Si, lo... lo siento -me froto la frente con nerviosismo.- ¿Dónde está?
-¿El crío de tu distrito? Digamos que Cato se ha hecho cargo.
-En el fondo siento pena por él, ¿sabes? Sé que no quería hacerlo.
-Eso da igual, Kate. Lo hizo. Punto.
Asiento en silencio. Sé que tiene razón, pero uno de mis mayores defectos es ser demasiado compasiva. Nada en exceso es bueno.
Alguien se acerca a nosotras desde la zona de penumbra. Es Cato.
-Eh, cuatro, ¿te duele? -dice, y se deja caer en frente de nosotras.
Me reconforta que no me llame Kate.
-Sorprendentemente no... -me toco la herida instintivamente- ¿Cómo se ha curado?
Siento a Gloss echando una mirada rápida a Cato, mirada que él no parece captar.
-Inmediatamente después de que ese imbécil te atacara, llegó un paracaídas de tu distrito. Era de tu mentor, ese tal Finnick. Uno de esos ungüentos milagrosos, ya sabes. La medicina del Capitolio -dice, restándole importancia.
-No había ninguna nota -suelta Gloss, sabiendo que era exactamente lo que estaba a punto de preguntar.
-¿Ah, no? -pregunto, intentando que Cato no note cómo me tiembla la voz.
-No. Nada. Ese tío es un imbécil, ¿a que sí, Cato?
-Y tanto. No me importaría tener unas palabras con él. En fin, ya tendré tiempo de hacerlo cuando acabe todo esto.
-Si, si -dice Gloss, ignorando completamente su ataque de soberbia. -Oye, ¿podrías ir a buscar a mi hermano? Está tardando mucho y estoy preocupada.
-Como quieras -contesta él sin más, y desaparece entre la arboleda.
Dejo caer mi cabeza hacia delante, sobre mis manos, intentando sofocar mis ganas de llorar. Gloss parece notarlo, porque se inclina sobre mí y me abraza. Noto cómo mete algo en mi bolsillo.
-No podía dejar que lo viera -susurra en mi oído. -No lo mires hasta que se haya dormido.
La miro, con la vista todavía borrosa por las lágrimas. Intento decírselo todo con la mirada, agradecerle todo lo que está haciendo por mí sin esperar nada a cambio, y parece entenderlo. Me sonríe.
Algo cambia de repente. La sonrisa desaparece, abre mucho los ojos y frunce el ceño hasta que sus cejas casi se juntan entre sí. Pánico. Rápidamente, se pone en pie y echa a correr por donde de había ido Cato.
Voy detrás de ella, lo más rápido que puedo teniendo en cuenta que respirar me supone un esfuerzo y todavía estoy algo mareada.
Cuando por fin llego a donde están los demás, veo a Glow tendido en el suelo boca arriba, moviéndose con espasmos, casi convulsionando. Puedo ver un hilo de sangre bajando por la comisura de su boca. Gloss está arrodillada a su lado, llorando con desesperación y abrazándole con fuerza, atrayéndolo hacia ella. Cato está de pie, a un par de metros de ellos, observando la escena. Sostiene algo en una mano. Es la hoz que me prestó por la mañana. La sangre gotea a borbotones. Le miro, pero él no me mira a mí.
Decido acercarme a los gemelos. Me arrodillo junto a Gloss en silencio, mientras ella acaricia la cara de su reflejo con delicadeza, al tiempo que éste comienza a cerrar los ojos. Me fijo mejor y veo el profundo tajo que le atraviesa el vientre; si fuese un poco más grande, tal vez se le hubiesen salido las tripas.
Un cañonazo nos sobresalta. Glow ya no está con nosotros.
De repente, Gloss aparta la mirada de él y la clava en Cato. Tiene la cara roja y desencajada.
-Tú... ¡Has sido tú! ¡¡Tú le has matado!! -grita, poniéndose de pie con intención de abalanzarse sobre él. Me levanto rápidamente y la sujeto por los hombros, susurrándole que se tranquilice.
-Ha sido sin querer, ¿vale? -contesta Cato, sin ningún tipo de expresión en la cara. -No le escuché llegar y actué por instinto. Es culpa suya, yo no tenía por qué saber que era él.
-¡¿Qué?! ¿Tienes la poca decencia de echarle la culpa a mi hermano? ¡Su cuerpo todavía está caliente! -grita ella, y al darse cuenta de la realidad de sus palabras, comienza a llorar de nuevo y vuelve junto al cuerpo de su hermano.
Ésta vez, Cato sí me mira. Mis deseos ahora mismo se resumen en su muerte inminente, pero no sería lo más inteligente en mi estado.
-Creo que deberías irte -le digo sin que Gloss me oiga e intentando sonar neutral.
Me sostiene la mirada un rato, pero finalmente asiente y se va cabizbajo. Parece muy cansado.
Me acerco de nuevo a Gloss, que observa la cara de su hermano con detenimiento, como si esperara que en cualquier momento éste hiciese una mueca o un gesto.
De pronto me mira, con unos ojos ya sin vida.
-Necesito tu ayuda -me dice con un hilo de voz.
-Claro -le digo. -Haré lo que me pidas.
Hace una pausa y continúa.
-Yo ya no puedo seguir con ésto. Lo sabes, ¿verdad? Te lo expliqué cuando llegamos aquí. No puedo vivir sin mi hermano. Ya estoy muerta, ¿entiendes? Necesito que me ayudes -dice, y me agarra con firmeza por las solapas de la chaqueta.
-¿Me estás pidiendo que te mate? -le pregunto con incredulidad. Ella asiente. -No. No, me niego. No pienso hacer eso.
-Me lo prometiste -dice, con tono suplicante pero severo. -Dijiste que harías cualquier cosa.
-Pero no puedes pedirme algo así -le digo, poniéndome de pie. -No es justo.
-¿Y ésto sí? -dice, y mira a su hermano.
Nos quedamos en silencio durante unos minutos.
Entonces recuerdo las bayas venenosas que Katniss Everdeen me envió. "Úsalas bien", decía.
Busco en uno de mis bolsillos y las cojo. Algunas están un poco aplastadas, pero todavía sirven. Escojo unas cuantas y guardo el resto de vuelta en mi bolsillo. Me agacho de nuevo a su lado y se las pongo en la mano.
-¿Funcionará? -me pregunta.
Asiento en silencio.
-Gracias -me dice. Siento la gratitud en su voz.
-Gracias a ti -le digo. -Por todo.
Asiente y su cara adopta una expresión que podría ser una sonrisa, si no hubiese perdido ya la capacidad de sonreír.
Nos abrazamos con fuerza. Voy a perderla. Ahora estoy sola. Nos separamos, ambas con lágrimas en los ojos.
-¿Te importa dejarnos solos?
-Claro, lo siento -digo poniéndome en pie.
-Adiós, Kate -me dice.
-Adiós -contesto, y me alejo entre la maleza.
A los pocos minutos, un cañonazo me hiela la sangre.
lunes, 27 de mayo de 2013
martes, 14 de mayo de 2013
Capítulo 26
La recuerdo. Como para no hacerlo. "La chica en llamas". Me pregunto si en el Capitolio sabrán que me ha enviado estas bayas...
Aunque no sé muy bien qué quiere que haga con ellas. ¿Que me suicide? ¿Que haga que los demás se las coman? No creo que cuele.
"Úsalas bien", vuelvo a leer.
Me sobresalto con el sonido de un cañonazo, señal de que un Tributo ha muerto. Solo que no sabremos quién es hasta el final del día.
Tiro la cápsula tras un arbusto y me guardo las bayas en el bolsillo de la chaqueta.
Desgraciadamente para mí, el estruendo despierta a Cato, que comienza a llamarme desde lo alto del árbol.
-¿Qué haces ahí abajo?
-Escuché unos ruidos y pensé que Clove podría haber vuelto -contesto.
-¿Y?
-Nada. No hay nadie.
Algo llama mi atención entre los árboles. Mi mano se mueve rápida hacia el cuchillo, y entonces distingo una cara familiar. Es Fred. Ambos nos quedamos mirándonos el uno al otro, con una mezcla entre alivio y confusión. Cato todavía no le ha visto.
-Oye, Cato -le digo- voy a echar un vistazo por aquí, tal vez Clove viniera a buscarnos anoche y ande deambulando todavía.
-¿Estás segura? -me pregunta, y antes de dejarme contestar, prosigue. -Bueno, está bien, pero llévate ésto.
Una hoz de metal, afilada y visiblemente muy pesada cae a mis pies. Si hubiese estado un par de centímetros más adelante, me hubiese atravesado la cabeza, pienso.
Sin mediar más palabra, cojo la hoz y me dirijo hacia Fred, que sigue oculto.
Me sonríe. Cuando estamos seguros de que nadie puede vernos (nadie presente en la Arena, al menos), nos abrazamos.
-¿Estás bien? -le pregunto. Su cabeza coincide justo debajo de mi barbilla.
-Si te contestara que sí creo que habría perdido la cabeza del todo -bromea, y se separa de mí. -Te veo bien. ¿Qué tal con los profesionales?
-Es seguro... pero frustrante.
Hace una mueca.
-Oye, Kate... Lo siento, ¿vale? Ojalá esto no tuviera que ser así.
-¿A qué te refieres? -pregunto extrañada.
Y clava un grueso puñal en mi costado derecho.
Dicen que sin confianza no hay traición. Tal vez esa haya sido siempre mi mayor debilidad.
El dolor es tan intenso como insoportable. Estoy segura de que me ha tocado el pulmón, porque respirar se vuelve casi imposible.
Le miro mientras mis manos tiemblan sobre la empuñadura del puñal, sin comprender. Él me sostiene la mirada, disculpándose. Puedo ver la culpa y la vergüenza en sus ojos, así como siento la muerte en los míos.
Me dice algo, pero su voz se vuelve distorsionada, al igual que su imagen.
Las rodillas comienzan a fallarme y caigo al suelo, apoyándome sobre las manos. Me tumbo sobre el costado izquierdo y lo único en lo que puedo pensar es en lo mucho que deseo escuchar el cañonazo que indique que ya me he muerto. Sorprendentemente, el dolor va desapareciendo, a medida que me desangro. Imágenes aleatorias vagan por mi cabeza: veo a mi madre, peinando a Nuka frente al espejo, mientras él llora porque siempre ha sido un enemigo declarado de los peines. Veo a mi padre, preparándose el desayuno por la mañana, muy temprano, con los ojos medio cerrados todavía y sin mediar palabra con nadie hasta tener el estómago lleno. Veo a Matt, prestándome su cazadora aquel día de invierno en que se nos hizo tarde en el muelle y mi madre nos echó la bronca. Veo a Finnick. Acariciándome la espalda aquella noche que compartimos en la que durante unos días fue mi cama. Susurrándome al oído que jamás se había sentido así, y que se odiaba por ello, que se sentía egoísta, pero que no lo podía evitar. Veo sus ojos verdes como el mar, brillantes, puros. Veo su boca, repitiendo una y otra vez "te quiero".
Y entonces, escucho el cañonazo.
Aunque no sé muy bien qué quiere que haga con ellas. ¿Que me suicide? ¿Que haga que los demás se las coman? No creo que cuele.
"Úsalas bien", vuelvo a leer.
Me sobresalto con el sonido de un cañonazo, señal de que un Tributo ha muerto. Solo que no sabremos quién es hasta el final del día.
Tiro la cápsula tras un arbusto y me guardo las bayas en el bolsillo de la chaqueta.
Desgraciadamente para mí, el estruendo despierta a Cato, que comienza a llamarme desde lo alto del árbol.
-¿Qué haces ahí abajo?
-Escuché unos ruidos y pensé que Clove podría haber vuelto -contesto.
-¿Y?
-Nada. No hay nadie.
Algo llama mi atención entre los árboles. Mi mano se mueve rápida hacia el cuchillo, y entonces distingo una cara familiar. Es Fred. Ambos nos quedamos mirándonos el uno al otro, con una mezcla entre alivio y confusión. Cato todavía no le ha visto.
-Oye, Cato -le digo- voy a echar un vistazo por aquí, tal vez Clove viniera a buscarnos anoche y ande deambulando todavía.
-¿Estás segura? -me pregunta, y antes de dejarme contestar, prosigue. -Bueno, está bien, pero llévate ésto.
Una hoz de metal, afilada y visiblemente muy pesada cae a mis pies. Si hubiese estado un par de centímetros más adelante, me hubiese atravesado la cabeza, pienso.
Sin mediar más palabra, cojo la hoz y me dirijo hacia Fred, que sigue oculto.
Me sonríe. Cuando estamos seguros de que nadie puede vernos (nadie presente en la Arena, al menos), nos abrazamos.
-¿Estás bien? -le pregunto. Su cabeza coincide justo debajo de mi barbilla.
-Si te contestara que sí creo que habría perdido la cabeza del todo -bromea, y se separa de mí. -Te veo bien. ¿Qué tal con los profesionales?
-Es seguro... pero frustrante.
Hace una mueca.
-Oye, Kate... Lo siento, ¿vale? Ojalá esto no tuviera que ser así.
-¿A qué te refieres? -pregunto extrañada.
Y clava un grueso puñal en mi costado derecho.
Dicen que sin confianza no hay traición. Tal vez esa haya sido siempre mi mayor debilidad.
El dolor es tan intenso como insoportable. Estoy segura de que me ha tocado el pulmón, porque respirar se vuelve casi imposible.
Le miro mientras mis manos tiemblan sobre la empuñadura del puñal, sin comprender. Él me sostiene la mirada, disculpándose. Puedo ver la culpa y la vergüenza en sus ojos, así como siento la muerte en los míos.
Me dice algo, pero su voz se vuelve distorsionada, al igual que su imagen.
Las rodillas comienzan a fallarme y caigo al suelo, apoyándome sobre las manos. Me tumbo sobre el costado izquierdo y lo único en lo que puedo pensar es en lo mucho que deseo escuchar el cañonazo que indique que ya me he muerto. Sorprendentemente, el dolor va desapareciendo, a medida que me desangro. Imágenes aleatorias vagan por mi cabeza: veo a mi madre, peinando a Nuka frente al espejo, mientras él llora porque siempre ha sido un enemigo declarado de los peines. Veo a mi padre, preparándose el desayuno por la mañana, muy temprano, con los ojos medio cerrados todavía y sin mediar palabra con nadie hasta tener el estómago lleno. Veo a Matt, prestándome su cazadora aquel día de invierno en que se nos hizo tarde en el muelle y mi madre nos echó la bronca. Veo a Finnick. Acariciándome la espalda aquella noche que compartimos en la que durante unos días fue mi cama. Susurrándome al oído que jamás se había sentido así, y que se odiaba por ello, que se sentía egoísta, pero que no lo podía evitar. Veo sus ojos verdes como el mar, brillantes, puros. Veo su boca, repitiendo una y otra vez "te quiero".
Y entonces, escucho el cañonazo.
sábado, 11 de mayo de 2013
Capítulo 25
Encuentro a Cato apoyado en la Cornucopia, con la cara escondida en las manos.
Al oírme llegar, se endereza y me mira de reojo, disimulando.
Le ofrezco un trozo de pan mientras le doy un mordisco al mío.
-¿Estás bien? -le pregunto.
-Si, es que siempre me ha sacado de quicio... -dice cogiendo el pan.
-¿Os conocíais? Antes de la Cosecha, me refiero.
-Si, mi madre y la suya eran amigas y coincidíamos a veces. Siempre ha estado un poco loca, solo hay que verla.
-Pero te importa -le digo.
-¿Por qué dices eso? -pregunta él curioso.
-Por cómo te has puesto. Si no te importara lo que piense de ti, no hubieses reaccionado así.
-Bueno, en nuestra situación, creo que da bastante igual lo que pensemos los unos de los otros.
Nos quedamos en silencio durante un rato. Me pregunto dónde estará Fred. Si estará solo. Si se habrá aliado con alguien. Si se estará muriendo.
-¿No hace mucho calor? -me pregunta mientras se pasa las manos por el pelo.
-Si, y es raro, siendo de noche...
-Creo que deberíamos volver, no es muy inteligente estar aquí sin armas.
-Habla por ti -le digo, palmeando el bolsillo derecho de mi pantalón, del que sobresale el mango de un cuchillo.
Él sonríe divertido y apoya una mano en mi espalda para encaminarnos de vuelta a nuestro campamento.
El camino no es muy largo y no es que vayamos a toda prisa, pero cuando llegamos, ambos nos hemos quitado las chaquetas y el sudor nos resbala por la frente.
-Vaya, menos mal -dice Glow en cuanto nos ve, mientras utiliza una esterilla para ventilarse torpemente. -Creía que éramos los únicos.
-¿A qué viene este calor? -pregunta Cato a nadie en concreto mientras se quita la camiseta. Alcanzo a ver una cicatriz en la parte derecha del bajo vientre. Apendicitis, supongo.
El calor es insoportable, cuesta respirar. Los pies me arden.
-Viene del suelo -digo.
Gloss me mira como si acabase de decir que he visto un cerdo volando.
-¿Del suelo?
Me agacho y pongo una mano en la tierra bajo mis pies. Tengo que apartarla rápidamente, y cuando la miro, está roja, como si hubiese tocado una estufa.
-Compruébalo tú misma -le digo, y mientras ella y su hermano toquetean el suelo incrédulos, me acerco a Cato. -Tenemos que hacer algo, está demasiado oscuro para ir a otro sitio pero no podemos dormir aquí.
-¿Qué sugieres? -me pregunta.
Echo una mirada a los árboles que nos rodean.
-Son bastante altos, podemos intentarlo, al menos. La temperatura seguirá subiendo, si nos quedamos en el suelo, probablemente no lleguemos a mañana.
-Tú mandas -dice él, sin pensárselo dos veces- Eres el cerebro del grupo.
Despierto con los rayos del sol quemándome la piel que no cubre la sombra del árbol. Cato me abraza, durmiendo todavía. "Es una suerte que quepamos los dos", dijo. Yo asentí y sonreí. Soy una buena mentirosa.
He soñado con Finnick. Mi cerebro tiende a pensar en él durante todo el día, pero me obligo a mí misma a no hacerlo. Aunque el subconsciente es incontrolable.
No era un sueño claro, no recuerdo bien qué se supone que pasaba, pero recuerdo ver su cara como si la tuviese delante ahora mismo. Sus ojos, su boca, su pelo. Pero no está. No está aquí conmigo.
Algo pequeño y plateado llama mi atención en el suelo, debido a que los rayos del sol hacen que destelle y me ciegue por momentos. Al principio pienso que es un cuchillo, pero me extraña que se nos haya olvidado algo tan necesario como un cuchillo en el suelo. Me deshago del abrazo de Cato con cuidado y bajo torpemente del árbol. Me dejo caer cuando estoy lo suficientemente cerca del suelo, pero una oleada de dolor me recorre desde los talones hasta la cabeza. Demasiado alto. Me acerco al objeto brillante y descubro que se trata de una cápsula metálica, de esas que los patrocinadores envían a los tributos para echarles un cable. Pone "Katherine". Me aseguro de que nadie me ve y la abro con ansia, esperando que sea de parte de Finnick.
Es del Distrito 12. Bayas venenosas. Jaulas de Noche, concretamente. Van acompañadas de una nota. "Úsalas bien. Firmado: Katniss Everdeen"
Suscribirse a:
Entradas (Atom)