jueves, 28 de febrero de 2013

Capítulo 10 (sin errata, lo siento)


Lo necesitaba. Un poco de descanso después de un día como el de hoy me hace mucha falta.
La verdad es que la habitación es increíble. Acostumbrada a las casas del Distrito 4, mi nueva habitación es un castillo. No es que tuviera queja de mi casa, pero supongo que todo el mundo quiere más de lo que tiene.
Me tumbo en la cama, aún con la malla puesta. Estoy muy cansada. Y nerviosa. Empiezo a examinar la habitación: la pared de la izquierda está ocupada en su totalidad por un gran ventanal con vistas al Capitolio. Es increíble la cantidad de luz que hay en las calles y las casas. Nosotros, solo teníamos electricidad por el día. Había una especie de toque de queda por las noches. A las 23:00, luces fuera.
A la derecha, un cuadro con el símbolo del Capitolio, un gran armario y una puerta. Me levanto de la cama para ver qué hay detrás de la puerta y, al abrirla, me encuentro con un inmenso cuarto de baño. Entro, y decido desvestirme y meterme en una especie de ducha enorme llena de botones, que parece venir de otro planeta.
Cierro los ojos y me dedico a pulsar a ciegas todos los botones, que disparan agua, jabón, espuma, e innumerables sustancias de olores frutales.
Tras aproximadamente veinte minutos de desconexión, salgo. Me seco vagamente con una gran toalla naranja y me pongo mi ropa interior y un pijama morado que alguien había dejado sobre la cama para mí.
El sonido de mis tripas me recuerda que no he comido nada desde el desayuno, que ni siquiera me terminé, así que salgo de la habitación en busca de algo que llevarme a la boca.
Sentados a la gran mesa en la que se sirvió la cena me encuentro a Finnick y Maggs, que charlan mientras toman el postre.
-¿Dónde están Fred y Effie? -pregunto a modo de saludo.
-Fred se ha ido ya a dormir, y Effie se ha marchado a su casa a preparar los horarios de mañana -me contesta Finnick. - ¿No has conseguido coger el sueño?
-No, la verdad es que tengo hambre y venía a ver si todavía quedaba algo para comer.
-Oh, por supuesto, te hemos guardado un poco de pollo asado con pasas y naranjas caramelizadas -contesta Maggs.
-Genial -contesto, y me dispongo a sentarme en una de las sillas, pero me detengo a medio camino.
-Si preferís que me vaya, puedo llevarme la cena a la habitación, no me importa -les sugiero.
-Oh, no, no te preocupes cielo -contesta Maggs.
-¿Puedo hacerte una pregunta? -le digo.
-Claro -contesta.
-¿Piensas esforzarte con Fred o ya le das por muerto antes de empezar?
Los siguientes dos minutos se vuelven realmente incómodos. Maggs mirando a Finnick, éste mirando al suelo y yo, mirando al pollo.
Finalmente, se digna a contestarme:
-Creo que estás confundiendo un poco las cosas, cariño. Es obvio que, dada la posibilidad de que un tributo del Distrito 4 saliera vencedor de estos Juegos, solo uno de los dos sería el afortunado. Y también comprenderás que, afortunadamente, tú tienes más posibilidades que él.
-¿Afortunadamente para quién? -digo, y golpeo fuertemente el tenedor contra el plato, haciendo un sonido de lo más irritante. -En serio, si lo sabes, me gustaría saberlo. ¿Afortunadamente para mí? Lo dudo. Yo no soy como vosotros, estáis hechos de un material distinto al mío. ¡Yo no podría levantarme por las mañanas pensando en todos lo niños que he visto morir y en los que, quizás, yo misma he matado, en las familias que han quedado reducidas a la desesperación por culpa de este maldito juego macabro del que todos somos culpables! -me he ido poniendo en pie poco a poco, y he alzado la voz hasta un nivel de histerismo agudo.
-¿Crees que a nosotros nos gusta todo esto? -dice, para mi sorpresa, Finnick. Ahora él también está de pie. Maggs nos observa desde su silla, con las manos cruzadas sobre sus piernas. -No hables como si fueras la única que sufre. ¿Te crees que nosotros vivimos nuestras vidas como si no pasara nada? ¿Crees que lo primero que pienso al despertarme es en el delicioso desayuno que me espera en mi maravillosa cocina de mi maravillosa casa? Porque la respuesta es no. ¡Rara es la noche que consigo pegar ojo sin sufrir pesadillas sobre gente muerta a mi alrededor, niños que suplican por su vida y a los que yo mismo mato sin inmutarme si quiera! ¡Sus caras han quedado alojadas en mi mente para siempre! No consigo dormirme si no es con una botella de licor en la mano, y no te creas que para Maggs es más fácil. ¡Aunque hayan pasado más de 50 años, es un recuerdo que le persigue día a día! -dice, gritándome como pocas veces me habían gritado en mi vida.
-¿Y cuál es la solución? ¡Tú mismo me estás dando la razón! -le digo.
-La solución -empieza, ahora más calmado. Hasta podría decir que tiene una expresión amable en la cara -es seguir viviendo. Da igual cómo sea. Tienes que seguir viviendo por todas esas personas a las que tuviste que dejar atrás. Si Fred muere, no te puedes rendir. Deberás seguir viviendo cada día del resto de tu vida en honor a él. Ese es el mayor favor que podrías hacerle.
Todavía no me convencen sus argumentos, pero estoy demasiado cansada como para seguir discutiendo. Coloco la silla en su sitio y me meto de nuevo en mi habitación sin mediar más palabra. 

Capítulo 9.


Desde luego, esto va mucha más allá de cualquier expectativa. Había visto esta escena muchas veces en la televisión, cuando retransmitían desde el Capitolio, pero está claro que no es lo mismo verlo, que vivirlo.
Dos enormes muros de gente se levantan a cada lado de la calle. Los focos me ciegan y no puedo ver si quiera donde acaban. Los gritos son ahora mucho más nítidos, y alcanzo a entender palabras sueltas: “mar”, “agua”, “cuatro”, “impresionantes”.
Y lo mejor de todo: escucho mi nombre; ¡seis veces! Ahora no tengo que fingir la sonrisa.
Noto algo raro en Fred, y me giro hacia él para descubrir que está preocupantemente pálido.
-¿Qué te pasa? ¿Te encuentras mal? -le susurro, intentando que nadie lo note.
-Es que creo que voy a vomitar. Esta mierda es peor que un barco -me confiesa, casi llorando.
Vale que no lo conozco mucho, pero me extraña escucharle hablar de esa forma.
-Bueno, no te preocupes. Ya estamos llegando al Centro, estaremos allí en un minuto o dos. Después el Presidente Snow dirá unas palabras y nos podremos ir al Centro de Entrenamiento a descansar, ¿de acuerdo? -intento tranquilizarlo.
-Vale -contesta. -¿Crees que quedará tarta cuando lleguemos?
-Y si no la hay, pediremos que nos hagan una -le digo, dedicándole una sonrisa que nos haría cómplices para siempre.
Él se rie, y me doy cuenta de que la gente se ha fijado en nuestro comportamiento porque parecen aún más excitados que antes. Tengo entendido que la gente del Capitolio es muy sensible con los tributos. Pero no lo suficientemente sensible como para echaros una mano cuando estéis desangrándoos en la arena, pienso, inevitablemente.
El carro se para, señal de que ya hemos llegado al Centro del Capitolio. El Presidente Snow se acerca al micrófono y empieza a leer el discurso que lleva apuntado en una carpeta.
No entiendo lo que dice, porque ahora mismo lo único en lo que puedo pensar, es en Nuka.
Fred ha hecho que me acuerde de él. Recuerdo los días de verano, cuando no teníamos nada que hacer y nos pasábamos el día paseando, jugando o cantando. Mi madre siempre me preguntaba si no prefería ir con mis compañeros de colegio, o algo así, pero para mí mi hermano era el mejor pasatiempo. Incluso a mis dieciocho años, daría lo que fuera por pasar las que probablemente sean las últimas semanas de mi vida, tumbada en la hierba con él a mi lado buscándoles formas a las nubes. Ojalá tuviera lugar un milagro ahora mismo, y pudiera estar un rato más con él. O quizá el milagro fue poder tenerlo en mis brazos todas las noches hasta que fuera la hora de dormir. Él ha sido los mejores 7 años de mi vida.

Fred me aprieta la mano y yo vuelvo a mi triste realidad. Veo mi cara proyectada en una de las pantallas, así que levanto de nuevo la cabeza e intento parecer interesada en el discurso.
Cuando por fin acaba, los mentores se acercan a sus respectivos alumnos para llevárselos al Centro de Entrenamiento, y no tardamos en ver a Finnick y Mags caminando hacia nosotros.
-¡Habéis estado increíbles! -nos felicita Mags. -Hemos escuchado muchos cumplidos hacia vosotros. Creo que lo tendremos fácil con los patrocinadores.
-Si, chicos, os doy mi enhorabuena -dice Finnick. -Por cierto, Fred, ¿qué te pasó en medio del desfile? Te vimos en una de las pantallas y tenías muy mala cara.
-Nada, supongo que no estoy acostumbrado a todas estas cosas. Me mareé un poco por el movimiento del carro. No vomité gracias a Kate -dice, y se rie.
-Sí, bueno, la verdad es que yo tampoco estaba en las mejores condiciones. Es raro ver a tantos desconocidos gritándote como posesos.
-Sí, lo sé. Creo que nunca llegaré a entender su comportamiento -confiesa Finnick.
-Bueno -dice Mags, -creo que deberíamos ir ya al Centro para que descanséis, mañana tendréis que estar frescos para el primer día de entrenamiento.
La actitud de abuela que Maggs tiene con nosotros me recuerda a mi abuela Patty, que nos dejó hace dos años, y me hace sonreír. Me pregunto como hubiera sido para ella enterarse de que su nieta está condenada a una muerte inminente.
Ambos asentimos y nos dirigimos al coche que nos espera, pero Finnick me detiene:
-¿Podemos hablar un momento? -me dice.
Nos separamos del resto y nos dirigimos a una zona más apartada.
-¿Qué pasa? -pregunto, algo preocupada por si he hecho algo mal.
-Verás, me gustaría darte unas... indicaciones personales antes de mañana.
-Vale, adelante -le digo, más extrañada que interesada.
-Supongo que sabes que mañana en el entrenamiento estaréis con el resto de tributos de los otros distritos, ¿verdad?
-Sí -me limito a contestar. Todavía no entiendo nada.
-Bueno, pues creo que sería una muy buena estrategia si intentaras aliarte con el grupo de los profesionales. Tengo entendido que los tributos profesionales de este año están más preparados que nunca, ya que el hecho de perder el año pasado no les sentó demasiado bien.
-¿Y cómo lo hago? Yo no tengo ninguna habilidad que ofrecerles...
-Sí lo tienes. Engáñales. Juega con sus mentes. Hazles creer que eres una “buena inversión” para ellos. Que pagarán un alto precio si no te aceptan. No creo que el primer contacto con ellos te resulte difícil. Ya sabes, teniendo en cuenta tus ojos.
-¿Qué? -esta última parte me ha dejado bastante descolocada.
-Bueno, creo que no te digo nada nuevo si te recuerdo que tienes unos ojos que no se ven todos los días.
-¿¡Qué!? En toda mi vida es la primera vez que alguien que no sean mis padres hace un cumplido sobre mis ojos -contesto. Esto no es del todo cierto, ya que Matt lo hizo hace escasas veinticuatro horas.
-Quizás los demás no se atrevían. No es fácil piropear a alguien que va por la vida con esa cara de mal humor -me suelta, y se ríe.
-No creo que sea para tanto. Quiero decir, casi todos los de nuestro Distrito tenemos los ojos azules y grandes, tú también los tienes. No veo la diferencia.
-Vaya, realmente tienes ni idea... -dice, algo sorprendido.
-No entiendo nada. ¿No tengo idea de qué?
-No es por el color ni el tamaño de tus ojos. Es la mirada. Hipnotizas, esa es la palabra.
Noto la sangre subiendo hasta mis mejillas. Me estoy poniendo roja como un tomate.
-Ah... -me limito a contestar.
Él hace una pequeña pausa, y continúa.
-Pues bien, ese “talento” tuyo, es bastante útil en este caso, ya que no creo que sean capaces de resistirse a ti.
-Así que ¿ese será el cebo? ¿Que primero se fijen en mi por el exterior y después se den cuenta de que tengo un cerebro útil?
-Exacto, lo has entendido.
-No me convence mucho, pero supongo que tú mandas. Y ¿qué tengo que hacer? ¿Flirtear, o algo así?
-Más o menos. Llama su atención, entretenles, haz que confíen en tí. Esa es tu mejor estrategia.
-Y cuando estemos en la Arena, ¿qué hago? ¿Me escondo detrás de ellos? Yo no sé defenderme.
-Puede que no sepas defenderte, pero nos aseguraremos de que alguien lo haga por ti. El líder de los profesionales de este año es del Distrito 2, se llama Cato y tiene toda la pinta de dejarse engatusar. Ese será tu objetivo. Si consigues que te defienda, saldrás ilesa del Baño de Sangre.
-Y ¿cómo haré que me defienda? No puedo pedirle que me proteja con su vida, en algún momento tendremos que enfrentarnos -le recuerdo.
-Haréis un trato. Una especie de intercambio. Tu inteligencia y agradable compañía a cambio de su fuerza.
-¡Pero eso es casi prostitución! -suelto, intentando parecer escandalizada. Sé que estoy exagerando las cosas.
-Si quieres verlo así... Yo lo llamaría ser emprendedora. De todas maneras, tienes que aprovechar al máximo los cuatro días de entrenamiento e intentar especializarte en, como mínimo, dos técnicas de lucha y otras dos de supervivencia. Cuando consideres que ya supone un peligro para tí, tendrás que arreglártelas para huir sin ser vista.
-Vale, creo que ya lo tengo todo más claro. Pero hay un problema. ¿Que papel tiene Fred en todo esto? Le prometí a su padre que intentaría protegerlo.
Los ojos desesperados del padre de Fred vienen a mi mente. No puedo dejarlo tirado.
-Bueno, eso ya es más complicado. No podemos intentar mezclarlo con los profesionales, porque para ellos no es más que una carga innecesaria y un blanco fácil. Mi sugerencia es que cuando suene la alarma para que corráis hacia la Cornucopia en el Baño de Sangre, él corra hacia el bosque o la selva o lo que sea que hayan preparado este año. Su misión será esconderse. Aquí es donde entras tú. Cada vez que tengas vía libre con los profesionales para escaparte durante un rato sin que se den cuenta, busca a Fred y llévale lo justo para sobrevivir. Es arriesgado, pero si se tiene cuidado, no es imposible.
-Vale, creo que podré conseguirlo -le digo.
La voz de Mags interrumpe nuestra tertulia.
-¿Pero qué hacéis? Llevamos más de media hora esperándoos, ¡ya se ha ido todo el mundo!
-Lo siento -dice Finnick, con un tono insoportablemente encantador en su voz. Se acerca a ella y pasa su brazo por encima de sus hombros.
Empiezan a caminar hacia el coche y yo camino detrás de ellos.
Me siento algo decepcionada con Mags. Siendo la mentora de Fred, ¿no debería intentar luchar por él? ¿Idear algún tipo de estrategia para tratar de que viva el mayor tiempo posible? Aunque quizá lo haya hecho y no me lo han dicho... Se me olvidaba que, aunque seamos del mismo Distrito, en la Arena seremos enemigos. Un fuerte escalofrío me recorre la espalda.

Llegamos al Centro de Entrenamiento, donde Effie, escandalizada por faltarle al respeto a su elaborado horario, nos indica que subamos a nuestra habitación. Los cinco nos metemos en un gran ascensor, que nos lleva directamente al piso número cuatro, el nuestro. Cuando se abre la puerta,nos encontramos en una especie de casa futurista, con extrañas figuras sin sentido a modo de adornos, colores chillones por doquier (no me esperaba menos), una amplia mesa repleta de comida y, a la izquiera de ésta, un enorme sofá de pelo negro rodea una mesa con un gran televisor. En la pared del fondo de la estancia hay cuatro puertas. En la primera se lee el nombre de Mags Sanders y, en la de al lado, Finnick Odair. En la siguiente, Frederick Humpfrey, y en la tercera y última mi nombre, Katherine Bennett.
-Bueno, queridos, supongo que estaréis hambrientos, así que procedamos a tomar esta deliciosa cena que nos han preparado -dice Effie, con su inconfundible acento del Capitolio.
-Yo no -digo.- Estoy muy cansada, así que si me disculpáis, me voy a dormir.
-No te preocupes -me dice Finnick -Hoy ha sido un día con muchas emociones y os vendrá bien descansar.
Me acerco a Fred y acaricio su espalda con mi mano derecha, me despido con la mano de Finnick y Mags antes de girarme hacia Effie, que me acompaña hasta mi puerta.
-Buenas noches,corazón -me suelta con una amplia sonrisa.
-Gracias-le contesto, y cierro la puerta.

Capítulo 8


Para cuando nos damos cuenta, el coche se para y dos hombres vestidos con trajes amarillo chillón abren ambas puertas para dejarnos salir.
Otra vez los gritos, esta vez mucho más fuertes que antes, y el himno del Capitolio a todo volumen son la banda sonora que nos acompaña hasta que localizamos las caras de Finnick y Maggs, que parecían estar buscándonos también.
-Por fin os encontramos, solo faltan diez minutos para que empiece el desfile, tenéis que colocaros en vuestra posición, ¡vamos! -nos dice Maggs, mientras ella y Finnick nos empujan hacia un carro tirado por dos preciosos caballos negros.
-Ya sabéis como funcionan los trajes, ¿verdad? -pregunta Finnick.
-Sí, Portia y Cinna nos lo han explicado todo -contesta Frederick.
-Bien. Ahora os daremos un par de consejos. Intentad sonreír lo máximo que podáis, la gente tiene que creer que os sentís afortunados de haber sido elegidos como representantes de nuestro distrito -explica Maggs. -Estaría bien que mostrarais algo de interacción entre ambos. Creo que quedaría muy tierno si Kate pasara su brazo por encima de los hombros de Fred mientras ambos saludan, ¿no te parece, Finnick? -sugiere ella, dirigiéndose ahora hacia mi mentor. Otra vez está mirándome fijamente.
¿Qué le pasa conmigo?, me pregunto a mi misma.
-Oh, sí, claro. Perfecto – contesta él.
-Bien -responde Maggs, mirándola extrañado.
Creo que me preocupa que Finnick me mire tanto. Quizá me haya cogido algo de cariño y le de pena pensar que en unos... ¿siete? ¿ocho, tal vez? Puede que ni en cuatro días, esté muerta.
La cabeza me empieza a doler otra vez, como cuando subí al escenario el día de la cosecha.
-Ya es la hora -nos avisa Finnick, y nos desea suerte a ambos.
Maggs se despide con una sonrisa que refleja compasión.
Un golpe sordo se oye y me doy cuenta de que ya hay movimiento en la fila de tributos. Nosotros, al ser del Distrito 4, vamos en cuarto lugar.
Pasan un par de minutos, y al empezar a moverse el carro del Distrito 3, me preparo para, sin duda, uno de los momentos que harán que la gente me recuerde, o que sea un tributo más por el que ni siquiera interesarse.
Los caballos comienzan a andar sin que nosotros hagamos nada. Como Maggs dijo, abrazo por los hombros a Fred y miro hacia delante, con la cabeza alta y la mejor de mis sonrisas.
Entonces, ambos nos miramos y pulsamos los botones.

miércoles, 27 de febrero de 2013

Capítulo 7


Estoy en una especie de camilla de metal, en lo que llaman “Centro de Renovación”. Solo el nombre me asusta. Para cuando me doy cuenta, tengo encima a cuatro extrañas personas tocándome el pelo, levantándome el albornoz, examinando mis pies y mis manos, mirándome los dientes, y mil cosas más a la vez que ni siquiera me da tiempo a asimilar. Oigo comentarios de todo tipo: “¡Su pelo es divino!” “Sí, pero se nota que está descuidado” “Sus dientes no están mal, aunque habrá que blanquearlos aún más”, “¡Y qué ojos!”, “¡¡Oh, Dios mío, no!! ¡Se muerde las uñas!”
Empiezan lavándome el cuerpo y el pelo, y la falta de sueño empieza a hacerse notar, así que cierro los ojos, intentando no pensar en nada.
Solo estoy totalmente despierta cuando me depilan, para mí la peor parte, aunque no me quejo. Creo que están intentando sacar lo mejor de mi, y eso solo puede beneficiarme, porque una vez en la arena, voy a necesitar ayuda de los patrocinadores.
-Vaya, has resultado bastante fácil de llevar -me dice una mujer completamente pintada de verde y cantidades ingentes de purpurina en los párpados.
-Ah, muchas gracias -contesto, con una calma poco común en mi desde la Cosecha. Me han venido genial los masajes.
-Pero, por favor, intenta no dejarte crecer esas cejas otra vez -me pide otra mujer con la cara tatuada de flores azules y amarillas.
-Lo intentaré -le contesto.
Me indican una habitación en la que tengo que esperar a Cinna, y me dirijo allí. Es una habitación bastante simple, no muy grande. Las paredes son grises y solo hay un camilla similar a la de antes y un gran espejo en la pared.
No tarda mucho en llegar. Me lo imaginaba igual de extravagante que los demás, pero no. Lo único destacable de su estética es el delineado dorado que le enmarca sus ojos marrones.
-Hola, Katherine -me saluda. -Soy Cinna.
-Sí, lo se... tú eres mi estilista, ¿verdad? -pregunto.
-Exacto. Estoy aquí para que deslumbres a todo Panem esta noche.
-Bien. Creo que me hará falta. No tengo muchas habilidades, así que necesitaré mucho la ayuda de patrocinadores -le explico.
-Vaya, veo que ya estás al tanto de mi papel y el de los patrocinadores -dice. Parece divertido.
-Sí, bueno. Quiero que la suerte esté de mi parte para cuando esté en la arena.
-Eso está bien. Tienes iniciativa. Yo haré todo lo que esté en mi mano para que no te olviden.
-Gracias -le digo. La voz me tiembla. ¿Y si no notan mi presencia? Me juego mucho a esta noche.
-¿Quieres ver ya tu traje? -pregunta Cinna.
-Si, claro -contesto.
Se dirige a una especie de percha colgada en la pared y desenfunda una malla negra de cuerpo entero, desde el cuello hasta los tobillos. Mi desilusión es palpable.
-No juzgues a un libro por su cubierta, Kate. Adelante, póntelo.
Me quito el albornoz y me quedo con la ropa interior que me pusieron antes lo encargados de prepararme. Me pongo la malla con cierta incertidumbre... espero que no empiece a arder o algo así.
-Perfecta. Te queda muy bien -dice Cinna, ayudándome a subir la larga cremallera de la espalda. -Ahora coloca tu dedo corazón derecho en tu muñeca derecha, ¿puedes?
-Sí... hay un botón, ¿no? -respondo, curiosa.
-Sí. Adelante, púlsalo.
Vacilo unos instantes, todavía no estoy muy tranquila con lo de salir ardiendo.
Entonces pulso el botón. Como una especie de holograma, la malla empieza a convertirse en el mismísimo océano. Desde mis tobillos hasta más o menos las rodillas empieza a dibujarse el fondo marino, tan perfecto como lo recordaba. A partir de ahí, el nivel del mar va subiendo hasta la altura de mi pecho, donde las olas vienen y van con las mareas. Mis hombros y brazos, salpicados de espuma de mar. Mis ojos, encendidos de esperanza.
-Estoy sin palabras, Cinna. Muchísimas gracias, de verdad -siento una lágrima corriendo por mi mejilla. Se acerca y me abraza. Agradezco cualquier muestra de cariño a estas alturas.
-Ahora apágalo, no se le vaya a gastar la batería -me aconseja, y yo obedezco. -Ahora te reunirás con Finnick, Maggs y Frederick, y os prepararéis para el desfile de los tributos, ¿de acuerdo?
-Sí, vale -empiezo a ponerme nerviosa.
-Estate tranquila, todo el mundo se va a fijar en ti -remarca el “todo el mundo” para darle más credibilidad. -¡Y mantén la cabeza alta!
Suspiro, y me dirijo hacia la puerta principal, donde me esperan dos Agentes de la Paz que me acompañan hacia un coche negro con los cristales tintados. Me siento importante.
Entro en el coche y me encuentro a Frederick en el otro extremo del asiento.
-¡Hola! ¿Has visto ya cómo molan nuestros trajes? ¡Parecemos una pecera! Estoy seguro de que les va a encantar -dice, con una enorme sonrisa en la cara.
“Pecera” no es el término que yo hubiera utilizado, pero aún así intento mostrar el mismo entusiasmo que él desprende.
Nos pasamos el trayecto hacia el desfile de los tributos hablando de cosas sin importancia: sobre lo rara que era la gente en el Centro de Renovación, sobre Cinna y la estilista de Frederick, Portia, sobre si sabremos mantener el equilibrio sobre los carros que nos llevarán hasta el Centro del Capitolio... Temas absurdos, intentando ocultar otro tipo de pensamientos, como que ninguno de los dos saldremos vivos de estos Juegos.

Capítulo 6


Como era de esperar, no he dormido absolutamente nada. Oigo voces en el pasillo, así que me visto y salgo de la habitación/vagón/dondequiera que haya dormido. Atravieso la sala con la mesita de café donde ayer Finnick me hizo esa extraña entrevista.
Llego al vagón-restaurante y solo está Maggs.
-Hola -digo, y empiezo a servirme el desayuno.
-Hola, cielo- contesta.- ¿Qué tal con Finnick? ¿Habéis hecho buenas migas?
-Bueno, todavía no le conozco mucho, pero supongo que de momento no tengo queja -contesto
-Eso está bien. ¿Sabes? Creo que a tu compañero no le gusto demasiado...
-Lo sé – contesto casi sin pensar.
Y esa es la última frase que mediamos hasta que, como caídos del cielo, aparecen Finnick y Fred, que inmediatamente corre a mi lado de nuevo. Es un niño muy callado, pero a la vez muy expresivo. Le saludo tocando su hombro con mi mano y él me devuelve el saludo con una amplia sonrisa. Morirá antes o después, pienso, y no consigo terminarme el desayuno.
-Llegaremos al Capitolio en menos de una hora, así que debéis empezar a mentalizaros de lo que os vais a encontrar allí -nos advierte Finnick.
-Vale. Ilumínanos -le digo.
Sonríe y prosigue: -Para empezar, en cuanto lleguemos a la estación, habrá una marea de gente esperándoos. Son todos ciudadanos del Capitolio, y habrá también cámaras de televisión. Tenéis que ser lo más amables que podáis, ya que este es uno de los momentos cruciales que determinarán el efecto que causéis en la gente,¿entendido?
Me limito a asentir, pero Frederick suelta un “¡Sí!” que me hace reír. Se le ve mucho más animado que ayer. Me pregunto si habrá dormido.
-Muy bien -continua Finnick. -Cuando lleguemos iremos directamente al Centro de Entrenamiento, donde os lavarán, depilarán, peinarán y prepararán para que estéis perfectos cuando vayáis a ver a Portia y a Cinna.
-Después -continúa Maggs, - os harán la prueba de los trajes que Cinna haya diseñado para vosotros y, por la noche, será la presentación de los veinticuatro tributos al Presidente Snow y a toda la audiencia de Panem -parece emocionada solo con decirlo. Debió de disfrutar mucho su estancia en el Capitolio.
-¿Nuestros trajes serán tan patéticos como los de los últimos años? -pregunta Fred algo preocupado. Y con razón, la verdad, porque no es que nuestro distrito destaque mucho por sus artes textiles.
-Bueno, teniendo en cuenta que tendréis como estilistas a Cinna y Portia, que trabajaron para el Distrito 12 el año pasado, no creo que haya de qué preocuparse -le contesta Maggs.
Espero que no nos obliguen a ponernos nada que tenga que ver con el fuego. No tendría mucho sentido, ya que nuestro Distrito no tiene nada que ver con el fuego, pero nunca se sabe...
No entiendo porqué a la gente le fascinan tanto las llamas. Yo prefiero el hielo. El frío es mejor. El agua, mejor fría que caliente. La almohada, mejor fría que caliente. El aire,mejor frío que caliente. Las cosas se hacen mejor en frío. El frío significa paciencia, calma, orden, templanza. El fuego sólo da problemas. Una vez escuché en la tienda de los padres de Matt a una mujer que decía que el amor es como una hoguera. Te quema por dentro pero no puedes alejarte de ella. No sé si alguna vez llegaré a entender a lo que se refería.

El tren se para de pronto, y una oleada de gritos histéricos llega de repente y me asusta, así que mi primer impulso es defenderme detrás de la mesa. Maggs y Finnick me miran divertidos, y Fred simplemente se carcajea de mí.
-Vamos Kate, levántate -me apremia Finnick. -Saluda a tu público.
Y las puertas del tren se abren, dando lugar a una gran masa de gente gritando nuestros nombres. Eso me hace crecerme de manera sobrenatural, algo que me encanta, me da seguridad para afrontar lo que se nos viene encima. Bajamos y saludo a la gente con la mano, como si llevara toda la vida haciéndolo. Me parece oír a Maggs decir “Creo que se adaptará bien” o algo así. Eso espero. Unos Agentes de la Paz nos acompañan hasta un coche enorme, que nos llevará al Centro de Entrenamiento, según dijo Finnick. Solo había ido en coche otras cuatro veces en toda mi vida, y desde luego no se parecía en nada a este.
Al final no va a estar tan mal esto del Capitolio. Sí, pero luego te soltarán en la arena con una cantimplora vacía y un par de cuerdas y tendrás que buscarte la vida, mientras todos los habitantes del Capitolio te miran desde sus televisiones en sus coloridas casas deseando ver correr la sangre, me recuerdo.

martes, 26 de febrero de 2013

Capítulo 5


Ahora nos llevan a la estación, donde cogeremos un tren que nos llevará al Capitolio. Nunca había viajado en tren, y podría decir con seguridad que Frederick tampoco. Para cuando me doy cuenta, está pegado a mí. Debe estar muy asustado.
-No te preocupes, Frederick, todo va a salir bien, ¿de acuerdo? -intento parecer convincente.
-Yo solo quiero volver a casa con mi familia -contesta.
-Volverás, no te preocupes.
Creo que nota la mentira en mis ojos. Nunca se me ha dado bien mentir, y creo que debería aprender si quiero aliarme con el grupo de los profesionales y hacerles creer que valgo la pena. Los profesionales son los tributos de los Distritos 1 y 2, y se les llama así porque entrenan para los juegos desde que aprenden a andar, a pesar de que es ilegal. Cuando cumplen dieciocho años se presentan voluntarios, y para entonces suelen ser bastante letales. Tanto que la mayoría de los años, siempre gana alguno de ellos. Después de lo de Finnick, se empezó a considerar al Distrito 4 como un distrito profesional, pero ya no.
Al entrar en el tren, siento como si entráramos en una dimensión completamente distinta. Todo es demasiado colorido, tanto que hace daño a la vista. Sofás de un verde lima bastante chillón a lo largo de todo el vagón, apoyados contra las paredes empapeladas de un púrpura enfermizo. Las alfombras parecen de piel de algún animal, aunque no sabría decir cuál es. Grandes lámparas cuelgan de los techos, y la mayor parte del espacio está ocupado por mesas repletas de comida. Frederick se separa de mi lado rápidamente y se lanza a probarlo todo. Me lo pienso unos minutos, pero finalmente decido acompañarle. Entonces aparece la dichosa Effie, dando grititos a cada bocado que nos metemos en la boca, como escandalizada o algo así.
-¿Es que no os han enseñado modales, jovencitos? - y nos golpea en las manos haciendo que se nos caiga la comida al suelo.
Mis ganas de estamparle un trozo de esa gelatina naranja en la cara son supremas. Odio que me molesten mientras como. Pero entonces recuerdo a mi padre: Sé humilde, que nos conocemos.
Me guardo las ganas para otro momento y le dedico la mejor sonrisa que me sale en el momento, la cual creo que es bastante convincente, ya que me devuelve otra gran sonrisa y nos pide que tomemos asiento en uno de los sofás.
Frederick se sienta pegado a mí. Creo que está intentando aferrarse a todo lo que tenga que ver con el Distrito 4. ¿Sabrá que su padre habló conmigo?
-¿Nerviosos por conocer mejor a vuestros mentores, chicos? -Effie interrumpe mis pensamientos.
-No. -contesto.
Frederick no dice nada. Se limita a mirarme, como analizándome. Creo que intenta averiguar si puede confiar en mí.
Se oye el ruido de una puerta abriéndose.
-¡Oh, aquí estáis, por fin! ¡Son la cosa más sosa que he visto en años! -comenta Effie a nuestros mentores, quejándose.
-¿Qué quieres? ¿Que salten? - dice Finnick. -Ya sabes como son las cosas Effie, entiende que ellos no lo vean todo desde tu perspectiva -dice, y le lanza una sonrisa aduladora que deja a Effie paralizada durante unos segundos.
Maggs y Finnick se sientan en un sofá idéntico al nuestro situado justo enfrente.
Ella me mira fijamente, algo que hace que me sienta incómoda y aparte la vista varias veces. Él se limita a pedir al camarero cuatro tés, y le sugiere a Effie que vaya a ver si está todo listo para cuando lleguemos al Capitolio, algo que parece hacerle mucha ilusión, ya que se marcha casi corriendo y canturreando.
-No me gusta ella -me susurra Fred cuando nuestros mentores no miran.
-No te preocupes, seguro que te tocará a tí con Finnick -le contesto, intentando parecer convincente. La verdad es que Maggs no inspira mucha... eficacia.
Tras un par de minutos de incómodo silencio, Finnick decide romper el hielo:
-Bueno chicos, creo que deberíamos ponernos ya en marcha, no hay tiempo que perder. Katherine, tú vendrás conmigo y, Frederick, irás con Maggs.
Noto como Fred se tensa a mi lado. No podía empezar con peor pie.
Finnick y Maggs se levantan, y éste me hace un gesto para que yo también me levante. Inmediatamente, Maggs ocupa mi sitio en el sofá al lado de Fred.
No puedo ver qué pasa después, porque Finnick me lleva a un vagón nuevo. Es mucho más relajante que el otro, por los colores. Predominan el marrón y el blanco. Me gusta. Hay mucho espacio libre, solo está ocupado el centro con una mesita de café y cuatro butacas alrededor. Parecen cómodas, así que me acerco a ellas.
-Oh, no, no te sientes aún – me pide, y me pongo derecha otra vez.
Se pasa los siguientes diez minutos dando vueltas a mi alrededor, mirándome, examinándome. Está empezando a molestarme, pero me contengo.
-Eres muy alta -dice, finalmente.
-Sí -me limito a contestar.
-Y estás en buena forma. ¿Haces algún deporte? - me pregunta, curioso.
-No... pero solía hacerlo cuando era algo mayor que Fred. También me encantaban las carreras, saltar obstáculos y cosas así...Todavía recuerdo cómo escalar. -le digo.
-Entiendo. Bueno, eso es una ventaja a la hora de subirte a los árboles y correr si algo o alguien te persigue -contesta.
-O si les persigo yo a ellos -digo. No me gusta cuando la gente da las cosas por sentadas.
-O si les persigues tú a ellos, eso es -contesta, con una sonrisa. -Tienes una buena actitud, Kate. Puedo llamarte Kate, ¿verdad?
-Claro -le digo.
-Supongo que serás una nadadora profesional, ¿no es así?
-Bueno, la respuesta es bastante obvia. Todo el mundo es nadador profesional en nuestro distrito -contesto.
-Yo no. No se lo digas a nadie pero, aunque parezca increíble, nunca he sido muy simpatizante del agua. De hecho, tuve bastante suerte de que la Arena de mis Juegos fuera una gran montaña rocosa.
-Sí, supongo que fue una suerte... pero no es mi caso, así que... -le contesto, intentando no parecer del todo indiferente, aunque en realidad no me importe lo más mínimo si le gusta el agua o si su color favorito es el amarillo.
-Me gustas, ¿sabes? Tienes iniciativa. Y eso es un factor clave.
-Sí, supongo que sí.
-Bien. Pues tenemos que intentar que esta actitud se mantenga hasta que solo quedes tú en la arena, ¿de acuerdo?
-Vale -contesto. Eso me da a entender que ya está descartando a Fred como posible ganador.
-Bien. Veo que estás cansada, así que será mejor que te vayas a descansar. Mañana será un día duro. Intenta dormir todo lo que puedas.
-Vale -digo de nuevo.
-Llamaré a Effie para que te indique donde está cada cosa -dice, y se va.
Entonces Effie aparece como un rayo por la puerta y empieza a hablar de cosas sin ningún sentido para mí: que si el horario pone tal cosa, que si le das a este botón aparece un sirviente que te traerá lo que quieras -la palabra sirviente me chirría – que si mi ropa está no sé en donde...
Para cuando me doy cuenta, estoy en una habitación. Ni siquiera me fijo en los detalles, solo en la cama situada justo en el medio. Estoy tan cansada que simplemente me quito el vestido y desaparezco entre las mantas. Mañana será otro día.

lunes, 25 de febrero de 2013

Capítulo 4


Cinco Agentes de la Paz, dos para Frederick y tres para mi (creo que temen que me desmaye otra vez) nos dirigen hacia el Edificio de Justicia. Ahí meten a los tributos en habitaciones separadas y los dejan durante exactamente un hora para que se despidan de sus familiares, puede que por última vez.
La habitación en la que me encuentro huele a cuero. Me encanta ese olor, aunque supongo que sería más agradable en otras circunstancias. Hay un gran ventanal desde donde se ve la plaza. Ya casi no hay nadie. Ahora todo el mundo estará en sus casas, esperando a que el Capitolio retransmita como ha sido la Cosecha.
Siempre he estado rodeada de gente, suelo caerles bien a las personas. Me gusta tratar bien a los demás. Aunque cuando quiero puedo ser muy desagradable. A veces creo que Matt es la única persona que realmente comprende mi manera de ser.

Las primeras personas en entrar son mis padres y Nuka. Mi padre me atraviesa con la mirada, fijamente, como si no se pudiera creer que me está perdiendo para siempre. Mi madre se lanza a mis brazos como una histérica, y Nuka llora porque creo que no entiende muy bien qué está pasando. Después de unos cincuenta besos de mi madre y un montón de frases incomprensibles que me moriría por haber entendido, mi padre se acerca a mí. Ya no me mira como cuando entró. Ahora sus ojos reflejan seguridad.
-Bueno, pues al final ha pasado, ¿no? -dice, con cierto pesar en su voz.
-Eso parece -contesto.
-Recuerdas lo que te dije antes de salir de casa, ¿verdad? No lo olvidaste cuando te lo pedí, ¿no?
-No, papá, me acuerdo -contesto, y la voz se me quiebra.
-Bueno, pues entonces ya sabes lo que tienes que hacer. Intenta darlo todo en el entrenamiento, aprende lo máximo que puedas, aprovecha el tiempo al máximo, sé humilde con tu mentor, que nos conocemos, y sobre todo: trata bien al crío.
-Sí, papá, no te preocupes, haré todo lo que me digan y tendré presentes todos tus consejos a cada segundo que pase en la arena.
-Esa es mi chica -y me da un beso en la frente, que me duele mucho más que cualquier jaqueca.
Nuka me mira con los ojos completamente encharcados, así que me limito a abrazarlo con todas mis fuerzas y él me da un besito en la cara. Eso es lo que más voy a echar de menos.
Un Agente de la Paz llama a la puerta y dice que hay otras personas que también quieren despedirse, así que mi familia debe salir ya o se acabará el tiempo.
-Recuerda lo que te he dicho, Kate -dice mi padre, como despedida.
-¡Sé fuerte, cariño! -me ruega mi madre.
-Hasta la cena, Kate – canturrea Nuka.
-Adiós, os quiero mucho a todos -digo, casi sin voz.
Y la puerta se cierra.
Pasan un par de minutos antes de que se abra de nuevo.
Es Matt. Entra rápidamente y veo que está llorando. Ya le he visto llorar muchas veces, es un chico muy sensible, pero esta vez es distinto, porque esta vez el problema no tiene solución.
Nos abrazamos inmediatamente y no nos separamos hasta pasados unos cinco minutos.
-No me lo puedo creer, esto es una pesadilla -me dice.
-Lo sé -contesto.
Nos sentamos el uno frente al otro en el sofá de cuero. Él me coge de las manos y las sostiene entre las suyas.
-¿Qué tal están las niñas? -le pregunto.
-Pues mal. Querían venir a despedirse, pero he creído que sería mejor ahorrarles un momento así.
-Has hecho bien -le digo. -Diles que las quiero mucho.
-Lo haré. Pareces tranquila. ¿Tienes miedo? -me pregunta.
-Bueno, ya sabes lo bien que se le da a mi padre calmar los ánimos. Lo que tenga que pasar, pasará. Supongo que era el destino que mi nombre saliera hoy -contesto.
-Tú siempre tan conformista -dice, regañándome. -Pues te aseguro que no es así. Es imposible que el destino de una persona tan increíble como tú tenga que ver con una salvajada como ésta. ¿Sabes? -empieza, ahora más relajado. - Siempre me ha gustado tu nombre. Cada vez que lo escucho es como música para mis oídos, porque en ese mismo instante pienso en ti, en tu cara, en tu pelo, en tus ojos. Tus ojos... -dice, y se queda unos instantes mirándome fijamente. -Pero hoy, lo he odiado profundamente. En cuanto lo escuché salir de los labios de esa estúpida mujer, deseé con todas mis fuerzas que te llamaras de cualquier otra forma. Deseé que te hubieran puesto el nombre más feo del mundo. Pero no. Tenías que llamarte Kate.
Sonrío tímidamente.
-Tienes que ganar, Kate -me dice. - Es más, vas a ganar, estoy seguro.
-Permíteme que lo dude. Hay que ser realista, Matt. No me puedo creer que yo lo haya aceptado antes que tú.
-¡Porque eres una maldita conformista! -me dice, levantándose bruscamente del sofá.
-No soy conformista. Soy realista. Y cuanto antes se asuman las cosas, mejor.
-No, no puedes decir eso. No te puedes rendir sin ni siquiera intentarlo. Tienes capacidad de sobra para conseguirlo. Aunque no lo hagas por ti, piensa en todos nosotros. En tus padres, en Nuka. ¿Quién va a hacer cosas de chicas con mis hermanas? ¿Quién me va a alegrar las mañanas en la tienda cantando cancioncillas mientras compartimos el desayuno? ¿Y qué pasa con tu padre? ¿Crees que saldrá adelante sin ti? ¿Y cómo conseguirá tu madre no volverse loca sin nadie abrazándola en el sofá frente a la chimenea hasta que se queda dormida? Eres una pieza imprescindible en la vida de todos nosotros, Kate. Eres... eres nuestro motor. -dice, y me mira como si eso fuera algo que ya debería saber.
No puedo contestarle. Se me ha hecho un fuerte nudo en la garganta que me produce mucho dolor. Tiene razón, me necesitan. No quiero ni pensar en mi hermano preguntando todos los días que cuándo voy a volver. No puedo rendirme.
-No voy a rendirme -le digo a Matt.
-Más te vale -me dice, y justo cuando se acerca para abrazarme, un Agente de la Paz abre la puerta y dice que todavía hay dos personas que quieren hablar conmigo, así que Matt tiene que irse ya porque, de lo contrario, se acabará el tiempo.
Nos damos un rápido abrazo y Matt me besa en la cabeza, quizá por última vez, y sale de la sala empujado por el Agente de la Paz.
Un par de minutos después entra Sophie, una antigua compañera de clase. Es una visita breve, en la que básicamente se limita a decirme que ella y las otras chicas del grupo me apoyan y que les parece una tragedia lo que ha pasado.
Solía pasármelo muy bien con ellas, íbamos a estudiar juntas, dábamos paseos y nos contábamos nuestros secretos. Recuerdo que a una de ellas, Karen, le gustaba Matt. Me había pedido que le preguntara a él si ella también le gustaba, pero su respuesta fue que «no estaba interesado en una chica tan aburrida y cabeza hueca como Karen.»
Después de abrazarme, Sophie se va sin necesidad de que un Agente de la Paz se lo ordene. Sé que ha venido simplemente para no tener remordimientos después. Cuando acabamos el colegio, hace dos años, perdí el contacto con ellas. Una vez mi madre me dijo, que la amistad es como una flor, que hay que cuidarla todos los días. Supongo que la mía con las chicas murió hace tiempo de deshidratación. Prefería dedicar mi tiempo a mi hermano, a Matt y a las gemelas. Siempre me he sentido muy cómoda rodeada de ellos, más que con cualquier otra persona.
Inmediatamente después de la salida de Sophie, la puerta se abre de nuevo. Para mi sorpresa, cruza el umbral un hombre al que no conozco de nada. Se sienta en una silla en frente de mi, y me mira con ojos de pena.
-Soy el padre de Frederick -suelta por fin.
Su aspecto es de total cansancio, y diría que aparenta muchos mas años de los que tiene.
-Oh... -me limito a decir. Mi capacidad expresiva en momentos así es desconcertante.
-Verás... sé que mi hijo no logrará ganar los juegos... en fin, solo tiene 14 años... así que te pediría que intentaras mantenerlo con vida el mayor tiempo posible... si no es mucho pedir, claro...
-No se preocupe -le contesto, con lágrimas en los ojos. No quiero ni imaginarme lo horrible que debe de ser ir mendigando a los demás unos días más de vida para tu hijo.- Le aseguro que haré todo lo posible para que su hijo sobreviva al resto. -no se me ocurre nada más que decir. No le voy a decir que lo protegeré con mi vida, porque yo también quiero vivir.
-Bueno, pues muchas gracias, aprecio tu gesto, y mi familia también.
Me levanto y le ofrezco mi mano, pero él se apresura a abrazarme, poniendo todas sus esperanzas en mí.
Al cabo de medio minuto, aproximadamente, me suelta y se va de la habitación.
Estoy sola de nuevo. Ahora sé que no va a venir nadie más. Según el gran reloj que cuelga en la pared, aún quedan 10 minutos antes de que termine la hora reglamentaria, así que me siento en el gran sofá marrón y me limito a intentar no pensar en nada.
Pero es imposible. En menos de unas dos semanas, estaré muerta. Supongo que tengo alguna posibilidad de ganar, por lo menos más de las que tiene Frederick, pero ahora mismo, son demasiado mínimas como para que siquiera me fije en ellas.

Capítulo 3


Dos o tres pares de brazos me levantan del suelo. Creo que me he desmayado. Son Agentes de la Paz, algo así como la policía del Capitolio y ahora mismo me están dirigiendo hacia el escenario. Busco a Matt en el bando de los chicos, y lo encuentro mirándome con cara de pánico. Me sueltan justo al llegar a las escaleras, pero me fallan las piernas y me tienen que sujetar de nuevo. Cuando llego arriba, todo está muy borroso. Veo la blanca y terrorífica sonrisa de Effie dirigiéndose hacia mí, agarrándome de la mano y llevándome hacia el centro del escenario. Al pasar por delante de los mentores, creo escuchar a Finnick Odair decirme algo, pero no llego a entender lo que es. Entonces Effie me coloca mirando hacia la plaza y me enfrento a todos esos ojos. Algunos reflejan alivio. La inmensa mayoría, lástima. Si antes creía que me dolía la cabeza, es que mi umbral del dolor está mucho más por debajo de lo que yo pensaba. Siento como si me estuvieran clavando cuchillos en las sienes, sin parar.
Effie me suelta y me tambaleo, pero me mantengo en pie.
-¿Alguna voluntaria para participar en lugar de Katherine? -pregunta Effie.
De nuevo, silencio. Pero no es el mismo silencio de antes. Está cargado de cobarde compasión.
Busco con la mirada a mi familia inconscientemente, pero todavía veo borroso y no alcanzo a verlos. Es mejor así, me digo a mi misma.
La voz de Effie me devuelve a la realidad de la situación.
-¡Y ahora, los caballeros! ¿Quién será el elegido este año? ¿Tendremos quizá otro trágico romance, como ocurrió el año pasado en el Distrito 12?
Y se acerca a la urna masculina. No se si es mi impresión, pero esta vez no tarda ni dos segundos en coger la papeleta.
Carraspea frente al micrófono, y anuncia:
-¡Frederick Humphrey!
Un pasillo se abre en el bando de los chicos y un niño de unos catorce años se acerca lloroso al escenario. Es moreno, con el pelo liso a la taza, y tiene ojos grisáceos.
-¿Algún voluntario? ¿Tampoco? Veo que estamos muy poco solidarios este año, ¿eh?
-¡¡Ofrécete tú!! -oigo que grita un hombre hacia el final de la plaza. Tres Agentes de la Paz se avalanzan sobre él y se lo llevan a rastras.
Effie hace oídos sordos a la sugerencia y prosigue con el espectáculo.
-Ahora, queridos míos, daos la mano en señal de orgullo y respeto hacia vuestro distrito.
Casi me tengo que agachar para darle la mano. Ambos parecemos mantequilla ahora mismo, así que nuestro apretón no es muy firme, que digamos.
Con un poco de suerte, lo matarán en el Baño de Sangre y no tendrás que hacerlo tú, me digo.
-¡Oh!¡Casi se me olvida! -grita Effie -¡Felices Juegos del Hambre, y que la suerte esté siempre de vuestra parte!

Aunque hoy en día, cualquiera se fía de la suerte.

Capítulo 2


Acabamos de llegar a la plaza del distrito, donde se celebra la Cosecha, y es la primera vez en seis años que realmente me fijo en la escena. Madres desesperadas porque puede que no vuelvan a ver a sus hijos, jóvenes que tuvieron que ejercer como padres de familia debido a las circunstancias y que ahora tienen que dejar a sus seres queridos hasta quién sabe cuando. Es verdaderamente deprimente.
-¡Vamos hija, no te quedes ahí pasmada!. -me apremia mi madre. 
Sin darme cuenta, ya estoy en la fila de las chicas, la fila que lleva al registro en donde nos pinchan en un dedo para comprobar nuestra identidad, para asegurarse de que no hay nadie intentando suplantar a su propia hija, o a su querido hermano. Acompaño a Melissa y a Spencer hasta el grupo de las niñas, y me reincorporo a la fila de reconocimiento.
El pinchazo me devuelve a la realidad.
Nos colocan en dos bandos: a la derecha, los chicos; a la izquierda, las chicas.
Tras unos interminables siete minutos, en los que intento sin éxito convencerme de nuevo a mí misma de que el papel con mi nombre no va a salir de la urna, aparece esa curiosa mujer, Effie Trincket. Sube al escenario y se acerca correteando al micrófono perdiendo el equilibrio un momento, algo que me hace soltar una especie de risita nerviosa, más bien histérica. Este año, su pelo es rojo, rojo fuego, y parece que le esté sangrando la cabeza. 
Da tres golpecitos en el micrófono que resuenan en toda la plaza, y hace que me duela aún más la cabeza.
-¡Bienvenidas y bienvenidos! ¡Hola a todas y a todos! -dice.- Bien, como todos los años, comenzaremos este maravilloso evento con un video llegado directamente ¡desde el mismísimo Capitolio! -se queda callada un momento, expectante. Creo que esperaba que gritáramos de la emoción o algo así. Al darse cuenta de que es inútil, continua. -Bueno, bien, eh... ¡adelante el video, por favor!
Es la misma historia de todos los años, en la que el Presidente Snow habla de la creación de Panem, el país que se levantó de las cenizas de un lugar antes llamado Norteamérica. Enumera la lista de desastres, las sequías, las tormentas, los incendios, los mares que subieron y se tragaron gran parte de la tierra, y la brutal guerra por hacerse con los pocos recursos que quedaron. El resultado fue Panem, un reluciente Capitolio rodeado por trece distritos, que llevó la paz y la prosperidad a sus ciudadanos. Entonces llegaron los Días Oscuros, la rebelión de los distritos contra el Capitolio. Derrotaron a doce de ellos y aniquilaron al decimotercero. 
El Tratado de la Traición nos dio unas nuevas leyes para garantizar la paz y, como recordatorio anual de que los Días Oscuros no deben volver a repetirse, nos dio también los Juegos del Hambre.

Las reglas de los Juegos del Hambre son sencillas: en castigo por la rebelión, cada uno de los doce distritos debe entregar a un chico y una chica, llamados tributos, para que participen. Los veinticuatro tributos se encierran en un enorme estadio al aire libre en el que puede haber cualquier cosa, desde un desierto abrasador hasta un páramo helado. Una vez dentro, los competidores tienen que luchar a muerte durante un periodo de varias semanas; el que quede vivo, gana.
Coger a los chicos de nuestros distritos y obligarlos a matarse entre ellos mientras los demás observamos; así nos recuerda el Capitolio que estamos completamente a su merced, y que tendríamos muy pocas posibilidades de sobrevivir a otra rebelión.
Al acabar el video, creo ver a Effie Trincket enjugarse un par de lágrimas de emoción.
-¡Precioso, me he quedado sin palabras! ¿Vosotros no? -sé que lanzó esa pregunta trampa para poder beneficiarse de nuestro silencio sepulcral. -¡Maravilloso! A continuación, es un placer para mí dar paso a mis queridísimos amigos y futuros mentores de los afortunados que salgáis elegidos hoy... ¡Maggs Sanders y Finnick Odair! ¡Un fuerte aplauso!
Un aplauso más o menos general resuena en la plaza cuando aparecen. Suben al escenario a paso igualado, notándose el esfuerzo de Finnick por no dejar a Maggs atrás, teniendo en cuenta que ella tiene 78 años.
Finnick es una figura importante en nuestro Distrito, ya que ganó los sexagésimo quintos Juegos del Hambre con tan solo 14 años. Cuando eso pasó, yo solo tenía 8 años, pero recuerdo a todo el mundo maravillado con semejante acontecimiento, como si de pronto Finnick fuera hijo de todo el Distrito 4. 
Uno de los factores que le ayudaron a ganar fue el obsequio que nuestro Distrito le envió cuando estaba en la arena: un tridente de unos dos metros de largo bañado en oro. Se dice que fue el regalo más caro que un Distrito haya hecho nunca a cualquier tributo. 
Pero lo que le ayudó a conseguir patrocinadores fue, claramente, su extraordinaria apariencia física y su popularidad en el Capitolio. Yo creo que nunca le hizo falta esforzarse para conseguir que la gente le quisiera, ya que ningún otro tributo pudo superar su belleza y encanto natural. Es alto, musculoso, con la piel de un ligero color bronce, el pelo castaño muy claro y unos increíbles ojos color verde mar que simplemente dejan sin palabras. 
Creo que Maggs ganó los décimo primeros Juegos del Hambre, aunque es difícil saberlo. Es una mujer bastante mayor, así que no se conservan muchas referencias sobre ese período de tiempo que tengan que ver con ella. Fue la mentora de Finnick en sus Juegos, así que supongo que habrán estrechado un lazo muy especial, debido a que ambos han vivido la misma experiencia y salieron vencedores.
-Bueno, ahora que estamos todos -dice Effie. Ya se me había olvidado que seguía allí.-¡vamos a dar comienzo al momento que todos estabais esperando! ¡Es la hora del sorteo!
Creo que voy a vomitar. Debo de estar muy pálida, porque la chica que se encuentra a mi derecha me mira con curiosidad. Nunca me había sentido así. Tan... vulnerable.
Effie Trincket dice lo de siempre: -¡Las damas primero! -Mataría por haber nacido chico ahora mismo. Ya tendrás tiempo de matar cuando estés en la arena, dice una voz dentro de mi cabeza. Intento borrar ese pensamiento inmediatamente. Sin mucho éxito, me temo.
Los dedos índice y pulgar de Effie Trincket revolotean sádicamente por encima de las papeletas durante unos largos segundos. Introduce la mano en la urna y saca un trozo de papel blanco, con un cierre con el símbolo del Capitolio. Se dirige de nuevo hacia el micrófono, y vuelve a perder el equilibrio al llegar, como si derrapara o algo así. Solo que esta vez, no me río.
Que no sea yo. Que no sea yo. Que no sea yo. Que no sea yo. Que no sea yo. Que no sea yo. Que no sea yo. Que no se...

-¡Katherine Bennett! -grita Effie, emocionada.

domingo, 24 de febrero de 2013

Capítulo 1

Gracias. Gracias a Dios que este año es mi último año en la Cosecha. Después de seis años de tortura, es la última vez que mi nombre entrará en esa maldita urna de cristal.
Pero, a pesar de todo, tengo casi la total certeza de que mi nombre no va a salir hoy. Siempre me he sentido afortunada, en cierto modo, claro, y algo me dice que mi suerte no va a cambiar esta vez. Vivo en uno de los Distritos más ricos de todo Panem, el número 4, dedicado en su totalidad a la pesca. Mis padres son dueños de la mayor pescadería del Distrito, y venden sus mejores productos al Capitolio. Esto siempre ha hecho que nunca nos faltara un plato de buena comida en la mesa, y nos permite disfrutar de ciertos lujos que en otros Distritos son impensables. Mi hermano Nuka solo tiene 7 años, así que todavía nos quedan unos 5 años de paz antes de que cumpla 12 y su nombre entre por primera vez en la urna.

-¡Kate! ¡Se hace tarde, ya casi es la hora! -dice mi madre desde la entrada de la casa. Su voz parece nerviosa, pero yo estoy muy tranquila. O eso creo.
Preparo los últimos detalles de mi atuendo: me abrocho los zapatos, me ajusto mi larga coleta rubia y me dispongo a bajar por las escaleras, cuando algo me detiene.
¿Y si sale mi nombre?¿Y si toda mi seguridad desbordante no fue más que una artimaña de mi subconsciente para no entrar en pánico antes de tiempo? No -me digo. Mi nombre no va a salir. Saldré sana y salva de la Cosecha, como ha pasado siempre. Mi nombre no va a salir.
Me sorprendo repitiendo esa frase en voz baja todo el trayecto hasta la puerta.
-No va a salir tu nombre, cariño. Lo sabes, ¿verdad? -dice mi padre, mirándome con lo que interpreto como compasión en sus ojos verdes y sinceros.
-¿Y si sale, qué? Yo no tengo ninguna habilidad, papá -empiezo a ponerme nerviosa- Yo no se cazar, no se luchar, no se tirar cuchillos, y sabes que pescar no es mi fuerte... Lo único que se hacer es engañarme a mi misma año tras año convenciéndome de que mi nombre no va a salir en la Cosecha, y ni siquiera eso me sale bien -una lágrima me resbala por la mejilla, y el orgullo hace que me arda la garganta.
Yo nunca lloro. Nunca. Siempre he creído que los sentimientos están sobre valorados. Para mí, llorar es mostrar tu debilidad al mundo, darles la información que necesitan para utilizarla en tu contra a su antojo. Pero hay algo en mi padre, que le da a mi orgullo una cura de humildad.
-No te voy a mentir, Kate. No eres lo que se dice, precisamente, una máquina de matar. Pero eres muy, muy lista. Estoy seguro de que sabrías aliarte con las personas adecuadas para salir ilesa, como siempre has hecho. No sé si tu nombre saldrá hoy o no, pero lo que si sé es que pase lo que pase, yo estaré orgulloso de ti, porque tú tienes lo necesario para ganarles a todos. Cerebro. -Su mirada me confirma que está diciendo la verdad. Realmente me cree capaz de ganar.- Pero no vas a salir, así que puedes olvidar todo lo que te acabo de decir.
No puedo evitar reírme. Sus palabras me han hecho sentir mucho mejor, pero sé que se esfumarán si mi nombre sale de los labios de la acompañante del Distrito 4.
-Venga, venga, ¡que no tenemos todo el día!. -advierte mi madre, tan eléctrica como siempre. Para ella, el día debería tener unas 35 horas, más o menos. Su filosofía se basa en que el tiempo nunca es suficiente. Pero tengo el presentimiento de que para mi va a ser una mañana muy larga.
En el porche de mi casa, nos espera Matt, mi mejor amigo, y sus hermanas pequeñas, las gemelas Melissa y Spencer. Para ellas, al contrario que para Matt y para mí, es su primer año en la Cosecha.
Matt, que es mucho más alto que yo, pasa un brazo sobre mis hombros y me da un beso en la cabeza, como lleva haciendo cada vez que nos vemos desde que nos conocimos a los nueve años. Acaricio las melenas de Melissa y Spencer, cada una con una mano.
Matt, Melissa y Spencer viven muy cerca de mi casa, y sus padres llevan el negocio de artículos de pesca del Distrito, algo bastante imprescindible en un lugar que se dedica casi en su totalidad a la explotación pesquera y al mundo marítimo en general.
-¿Qué crees que pasará este año? -me pregunta Matt.
-No lo sé, pero espero que cualquier cosa excepto los nombres de cualquiera de nosotros cuatro saliendo de las urnas.
-Eso espero -me dice, y emprendemos el camino hacia la plaza.