Silencio. Está todo muy oscuro, no veo nada. Solo algunos destellos de la luz artificial de la luna sobre el metal de la Cornucopia. El jugo de las almoras ha teñido mis manos de un tono rojizo. Parece sangre. Me las froto con nerviosismo contra mis pantalones, con asco.
Cuando llego a la Cornucopia, entro para ver si por casualidad queda algo aprovechable. Parece que ha pasado un tornado. Está todo vacío, excepto algunas cajas con fruta podrida por el calor. Entonces es cuando lo veo. Hay un cuerpo en el suelo. Está boca abajo, pero por la anchura de su cuerpo sé que es un chico. Su abdomen no toca el suelo. Me acerco despacio y me agacho cuando llego a su lado. Me quedo así un par de minutos, para asegurarme de que no respira. Trago saliva y le doy la vuelta. Unos 17 años, aproximadamente. No consigo recordar de qué Distrito era, pero por su tono de piel, supongo que del 11. Tiene un machete hundido en el estómago. Lleva la chaqueta desabrochada, y el que le clavó el machete debió de haberse ensañado, porque sus vísceras sobresalen de la herida en forma de estrella. La visión hace que se me revuelva el estómago y no puedo evitar vomitar.
Saco el machete de su abdomen con un movimiento limpio, aunque cuesta, y limpio la sangre espesa contra mi pantalón. Le miro por última vez y me pongo en pie.
Cuando salgo de la Cornucopia, el cielo ha cambiado. Luces cegadoras al rededor de la cúpula iluminan la Arena, pero no consigo ver de dónde vienen. No son focos. Son luces, simplemente. Me siento desprotegida en la gran explanada.
Y ahí está ella. Clove. Lleva el pelo suelto, ligeramente húmedo, tal vez por el sudor. Hace mucho calor. La luz me permite ver cómo me mira. Puedo ver su media sonrisa maliciosa, recreándose en su mente con todo lo que está a punto de pasar, algo que seguramente lleve pensando mucho tiempo. Se acerca, despacio, y yo también camino hacia ella. Pienso en lo entusiasmados que deben estar todos en el Capitolio. Pienso en quién, de todas las personas que conozco, estará viendo esto. Con esa excitación culpable por ver correr la sangre, pero procurando que nadie lo note. Los seres humanos somos simples. Pan y circo, nada más.
Cuando nos separan aproximadamente unos diez u once metros, lanza el primer cuchillo. Consigo esquivarlo con rapidez agachándome, pero no pasa ni medio segundo cuando lanza el siguiente, que me pasa rozando la cabeza y me abre una profunda brecha.
"Ahora o nunca", pienso. Vuelvo a ponerme de pie, algo mareada, y lanzo el machete con todas mis fuerzas contra ella. Éste vuela cortando el aire y se queda clavado, como un arpón, en su hombro. Clove suelta un grito que me hiela la sangre, porque no es de dolor. Es de ira. Con una frialdad de la que no creía capaz a nadie, coge el machete con firmeza y se lo saca del hombro sin mover ni un músculo de su cara de niña. En lugar de lanzármelo, lo deja caer a su lado. Nunca había visto una mirada tan agresiva como la suya. Empieza a caminar en mi dirección, casi corre, y se abalanza sobre mí. Caemos al suelo y mi espalda se lleva la peor parte. Rodamos por el suelo de un lado a otro hasta que consigo ponerme encima de ella. Coloco ambas manos en su cuello y aprieto con fuerza. Entonces veo sus ojos, y veo a la verdadera Clove. Es una cría, no debe de tener más de 15 años. Tiene miedo. Me mira a los ojos, a mí, a su asesina. Sin saber cómo, ni por qué, mis manos aflojan el agarre poco a poco. Pasan tan solo unos segundos, el tiempo suficiente para que se impulse, poniéndose encima de mí, y deslice su último cuchillo con rapidez por mi pálido cuello.
No me duele. Veo sus ojos, los mismos de antes, los de la Clove tributo. La visión se vuelve cada vez más borrosa, y entonces tengo miedo. Cierro los ojos poco a poco, entregándome a la extraña calidez de la muerte. He perdido. Caras aleatorias pasan por mi mente en mis últimos momentos de lucidez, cuando empiezo a atragantarme con mi propia sangre. Mamá. Papá. El chico del distrito 11. Nuka. Matt. Effie. Cato. Las chicas del colegio. Cinna. Las gemelas. Gloss. Glow. El mar. Finnick. Finnick. Finnick.
FIN
sábado, 23 de noviembre de 2013
martes, 9 de julio de 2013
Capítulo 28
Me siento al pie de un árbol, un poco antes de llegar a nuestro campamento, y el cielo se ilumina para dar paso a la lista de fallecidos en el día de hoy. Algunas caras me resultan familiares. Otras no me suenan de nada. Hacia el final del comunicado, veo la cara de Fred. La pena me invade. Creo que... no se merecía haber muerto. Quiero decir, sí, me traicionó, pero ¿no lo hubiera hecho cualquiera si fuese necesario? Justo después, Gloss y Glow. Recuerdo la expresión en el rostro de Gloss al mirar el cuerpo sin vida de su hermano, y un escalofrío me recorre la espalda. "Yo ya he muerto, Kate. Sin mi hermano, yo ya he muerto", me dijo. Supongo que al menos ahora están juntos.
Doce. Hoy han muerto doce. Si mis cálculos no fallan, quedamos cuatro. Dios mío, sólo cuatro...
Después de un par de minutos en silencio, pensando en las mil maneras en las que puede terminar todo ésto, decido ponerme en pie para volver junto a Cato. Al incorporarme, todavía con torpeza porque la herida me sigue doliendo, un trozo de papel cae de mi bolsillo.
-La nota de Finnick -me susurro a mí misma-
Desdoblo la nota con las manos repentinamente temblorosas, y leo en silencio:
Nada de lo que te diga ahora servirá para expresar todo lo que estoy sintiendo ahora mismo.
Lo estás haciendo genial, Kate, cada vez sois menos y tú sigues luchando, y eso es magnífico, pero a la
vez es algo terrible. Se acerca el final, y vas a tener que tomar muchas decisiones difíciles, vas a correr los
mayores riesgos de tu vida. Ojalá pudiera decirte qué va a pasar, cuál es el siguiente paso, cómo va a acabar todo ésto, pero no puedo. Cuando ví lo que Fred te hizo, yo... quise matarlo yo mismo. Confío en que la medicina que te envío te deje como nueva.
Te quiero, Kate. Te quiero. Te estaré esperando.
Finnick
Cuando las lágrimas han empapado la hoja tanto que es casi imposible leer lo que pone, la rompo y la entierro en el suelo. Si Cato la leyese sí que sería el final.
Creo que no era del todo consciente de la magnitud de la situación hasta este momento. He podido sentir su preocupación, las ansias de que todo acabe de una vez pero al mismo tiempo querer alargarlo lo máximo posible por miedo a lo que pueda pasar. También he sentido que me quiere, y eso lo cambia todo. Ambos sabemos que la situación es insostenible, que en cualquier momento algo fallará y... no quiero pensarlo.
Camino todavía algo confusa entre los árboles, hasta que por fin llego al campamento. La hoguera está apagada, algo que me resulta extraño teniendo en cuenta que han bajado las temperaturas. Miro hacia arriba, entre las copas de los árboles, pero no veo a Cato. Decido sentarme a esperarle, aunque soy consciente de que no es lo más inteligente, pero estoy muy cansada. Tengo las manos frías, así que me las meto en los bolsillos de la chaqueta y noto las bayas venenosas que todavía conservo, parte del obsequio de Katniss Everdeen. Si me las tomara... No, no puedo. Me odio a mí misma por haberlo pensado siquiera.
Un ruido llama mi atención entre los árboles y veo a Cato, que camina con paso lento y pesado. Intento descifrar la expresión de su rostro, pero me resulta imposible. Se sienta enfrente de mí, y al cabo de unos segundos levanta la vista y me mira.
-No era mi intención matarle... -me dice.
-Tranquilo, lo sé -contesto-.
Miente. Sabe que sé que miente, pero ni siquiera se preocupa por dar credibilidad a sus palabras. Simplemente lo ha dicho para asegurarse de que todavía me tiene, de que todavía pienso seguir a su lado, ya sea durante unas horas o un par de días.
Se sitúa a mi lado y me abraza por los hombros. Huele a una mezcla de sangre, sudor y tierra. Supongo que todos olemos así.
-Bueno... -empiezo. -Solo quedamos cuatro. Ambos sabemos que Clove no tardará en venir a por mí, así que... -vacilo un momento. ¿Qué estoy haciendo?. -Prefiero que me mates tú.
-¿Qu... qué? -me mira sin comprender, con el ceño fruncido y los ojos muy abiertos.
-Sé que no es fácil lo que te estoy pidiendo, pero prefiero que lo hagas tú antes que ella
Me pongo en pie y cojo una de las lanzas que descansan apoyadas junto al árbol en el que dormimos. Vuelvo a su lado y se la pongo en las manos, colocando la punta justo en mi corazón.
-Vamos, Cato -le digo con voz dulce, intentando que no se note que el propio miedo ya me está matando. - Hazlo.
Él no deja de mirarme a los ojos. Las manos le tiemblan, y no puede evitar que la lanza se le caiga.
-No puedo -me dice. Los ojos están a punto de salírsele de las órbitas. -No puedo hacerlo. No quiero matarte, Kate, no... Yo quiero estar contigo -dice con desesperación contenida.
Nunca le había visto así.
-Yo también quiero estar contigo -le miento-, pero me temo que no tardaremos mucho en separarnos. A no ser que... es igual, olvídalo.
-No, no te calles. ¿Qué ibas a decir?
-Iba a decir que, bueno... ¿recuerdas a Katniss y Peeta el año pasado?
Asiente.
-Ellos tampoco querían separarse, por eso recurrieron a... Ya sabes... El suicidio -le digo. Creo que me estoy arriesgando demasiado.
-¿Estás proponiéndome que nos suicidemos? ¿Crees que el Capitolio nos lo permitirá? -dice en un susurro, intentando evitar que los micrófonos lo escuchen.
-¿Y por qué no? Lo nuestro no es como lo del año pasado, Cato. Este año habrá vencedora, y será del Distrito 2. Clove. Tal y como tú querías. Estarás honrando a tu distrito con este sacrificio.
Tras unos minutos meditando, finalmente me da una respuesta.
-De acuerdo, hagámoslo -me dice, aparentemente seguro de lo que vamos a hacer.
Me acerco a él dejando la lanza a un lado y le beso en los labios. Él sostiene con fuerza mi cintura, como si temiese que me fuera a algún sitio, y yo rodeo su cuello con mis brazos, atrayéndolo más hacia mí e imaginando a duras penas que se trata de Finnick.
Finalmente, nos separamos.
-¿Cómo lo hacemos?
-Había pensado en bayas. Jaulas de Noche. Son rápidas, prácticamente indoloras y fáciles de conseguir. Iré a buscar unas cuantas -le digo.
-Voy contigo -dice, siguiéndome.
-Es mejor que te quedes aquí por si acaso aparece Clove, ¿no crees? -le digo, intentando sonar lo más inocente posible. -No tardaré, te lo prometo.
-Está bien, me quedaré por aquí.
Me alejo por un estrecho camino hasta llegar a uno de los arbustos que dan almoras, muy similares a las Jaulas de Noche (tanto que es fácil confundirlas) pero que sin embargo son totalmente comestibles, cojo unas cuantas, las meto en el bolsillo contrario en el que se encuentran las Jaulas de Noche y emprendo el camino de vuelta.
Cuando llego, me lo encuentro sentado en un tronco, preocupado. En cuanto me ve, la expresión de su cara cambia a una especie de alivio.
-Ya las tengo -le digo, y deposito las Jaulas de Noche en su mano.
Sostengo las almoras en mi mano y nos colocamos de rodillas el uno frente al otro.
-Espera un momento -me dice.
Me ha pillado.
-¿Estás segura de todo esto? No te ofendas, pero no quiero que te arrepientas cuando yo ya tenga las bayas en la boca.
-Vaya... creí que después de todo, tenías algo de confianza en mí -digo haciéndome la dolida.
-Sí, tienes razón... -me acaricia la mejilla. -Lo siento.
Le sonrío.
-¿Preparado?
-Sí.
-Contemos juntos, a la de tres.
1
2
y 3.
Ambos nos metemos las bayas en la boca. Las almoras estallan en mi boca con su sabor ácido, haciendo que me lloren los ojos. Cato se lleva las manos a la garganta, señal de que las Jaulas de Noche están haciendo efecto. Me quedo ahí, de rodillas, hasta que deja de luchar y se escucha el cañonazo. Le miro. Es solo una víctima más de todo ésto. Le cierro los ojos suavemente, me pongo en pie de nuevo y pongo rumbo hacia la Cornucopia.
Doce. Hoy han muerto doce. Si mis cálculos no fallan, quedamos cuatro. Dios mío, sólo cuatro...
Después de un par de minutos en silencio, pensando en las mil maneras en las que puede terminar todo ésto, decido ponerme en pie para volver junto a Cato. Al incorporarme, todavía con torpeza porque la herida me sigue doliendo, un trozo de papel cae de mi bolsillo.
-La nota de Finnick -me susurro a mí misma-
Desdoblo la nota con las manos repentinamente temblorosas, y leo en silencio:
Nada de lo que te diga ahora servirá para expresar todo lo que estoy sintiendo ahora mismo.
Lo estás haciendo genial, Kate, cada vez sois menos y tú sigues luchando, y eso es magnífico, pero a la
vez es algo terrible. Se acerca el final, y vas a tener que tomar muchas decisiones difíciles, vas a correr los
mayores riesgos de tu vida. Ojalá pudiera decirte qué va a pasar, cuál es el siguiente paso, cómo va a acabar todo ésto, pero no puedo. Cuando ví lo que Fred te hizo, yo... quise matarlo yo mismo. Confío en que la medicina que te envío te deje como nueva.
Te quiero, Kate. Te quiero. Te estaré esperando.
Finnick
Cuando las lágrimas han empapado la hoja tanto que es casi imposible leer lo que pone, la rompo y la entierro en el suelo. Si Cato la leyese sí que sería el final.
Creo que no era del todo consciente de la magnitud de la situación hasta este momento. He podido sentir su preocupación, las ansias de que todo acabe de una vez pero al mismo tiempo querer alargarlo lo máximo posible por miedo a lo que pueda pasar. También he sentido que me quiere, y eso lo cambia todo. Ambos sabemos que la situación es insostenible, que en cualquier momento algo fallará y... no quiero pensarlo.
Camino todavía algo confusa entre los árboles, hasta que por fin llego al campamento. La hoguera está apagada, algo que me resulta extraño teniendo en cuenta que han bajado las temperaturas. Miro hacia arriba, entre las copas de los árboles, pero no veo a Cato. Decido sentarme a esperarle, aunque soy consciente de que no es lo más inteligente, pero estoy muy cansada. Tengo las manos frías, así que me las meto en los bolsillos de la chaqueta y noto las bayas venenosas que todavía conservo, parte del obsequio de Katniss Everdeen. Si me las tomara... No, no puedo. Me odio a mí misma por haberlo pensado siquiera.
Un ruido llama mi atención entre los árboles y veo a Cato, que camina con paso lento y pesado. Intento descifrar la expresión de su rostro, pero me resulta imposible. Se sienta enfrente de mí, y al cabo de unos segundos levanta la vista y me mira.
-No era mi intención matarle... -me dice.
-Tranquilo, lo sé -contesto-.
Miente. Sabe que sé que miente, pero ni siquiera se preocupa por dar credibilidad a sus palabras. Simplemente lo ha dicho para asegurarse de que todavía me tiene, de que todavía pienso seguir a su lado, ya sea durante unas horas o un par de días.
Se sitúa a mi lado y me abraza por los hombros. Huele a una mezcla de sangre, sudor y tierra. Supongo que todos olemos así.
-Bueno... -empiezo. -Solo quedamos cuatro. Ambos sabemos que Clove no tardará en venir a por mí, así que... -vacilo un momento. ¿Qué estoy haciendo?. -Prefiero que me mates tú.
-¿Qu... qué? -me mira sin comprender, con el ceño fruncido y los ojos muy abiertos.
-Sé que no es fácil lo que te estoy pidiendo, pero prefiero que lo hagas tú antes que ella
Me pongo en pie y cojo una de las lanzas que descansan apoyadas junto al árbol en el que dormimos. Vuelvo a su lado y se la pongo en las manos, colocando la punta justo en mi corazón.
-Vamos, Cato -le digo con voz dulce, intentando que no se note que el propio miedo ya me está matando. - Hazlo.
Él no deja de mirarme a los ojos. Las manos le tiemblan, y no puede evitar que la lanza se le caiga.
-No puedo -me dice. Los ojos están a punto de salírsele de las órbitas. -No puedo hacerlo. No quiero matarte, Kate, no... Yo quiero estar contigo -dice con desesperación contenida.
Nunca le había visto así.
-Yo también quiero estar contigo -le miento-, pero me temo que no tardaremos mucho en separarnos. A no ser que... es igual, olvídalo.
-No, no te calles. ¿Qué ibas a decir?
-Iba a decir que, bueno... ¿recuerdas a Katniss y Peeta el año pasado?
Asiente.
-Ellos tampoco querían separarse, por eso recurrieron a... Ya sabes... El suicidio -le digo. Creo que me estoy arriesgando demasiado.
-¿Estás proponiéndome que nos suicidemos? ¿Crees que el Capitolio nos lo permitirá? -dice en un susurro, intentando evitar que los micrófonos lo escuchen.
-¿Y por qué no? Lo nuestro no es como lo del año pasado, Cato. Este año habrá vencedora, y será del Distrito 2. Clove. Tal y como tú querías. Estarás honrando a tu distrito con este sacrificio.
Tras unos minutos meditando, finalmente me da una respuesta.
-De acuerdo, hagámoslo -me dice, aparentemente seguro de lo que vamos a hacer.
Me acerco a él dejando la lanza a un lado y le beso en los labios. Él sostiene con fuerza mi cintura, como si temiese que me fuera a algún sitio, y yo rodeo su cuello con mis brazos, atrayéndolo más hacia mí e imaginando a duras penas que se trata de Finnick.
Finalmente, nos separamos.
-¿Cómo lo hacemos?
-Había pensado en bayas. Jaulas de Noche. Son rápidas, prácticamente indoloras y fáciles de conseguir. Iré a buscar unas cuantas -le digo.
-Voy contigo -dice, siguiéndome.
-Es mejor que te quedes aquí por si acaso aparece Clove, ¿no crees? -le digo, intentando sonar lo más inocente posible. -No tardaré, te lo prometo.
-Está bien, me quedaré por aquí.
Me alejo por un estrecho camino hasta llegar a uno de los arbustos que dan almoras, muy similares a las Jaulas de Noche (tanto que es fácil confundirlas) pero que sin embargo son totalmente comestibles, cojo unas cuantas, las meto en el bolsillo contrario en el que se encuentran las Jaulas de Noche y emprendo el camino de vuelta.
Cuando llego, me lo encuentro sentado en un tronco, preocupado. En cuanto me ve, la expresión de su cara cambia a una especie de alivio.
-Ya las tengo -le digo, y deposito las Jaulas de Noche en su mano.
Sostengo las almoras en mi mano y nos colocamos de rodillas el uno frente al otro.
-Espera un momento -me dice.
Me ha pillado.
-¿Estás segura de todo esto? No te ofendas, pero no quiero que te arrepientas cuando yo ya tenga las bayas en la boca.
-Vaya... creí que después de todo, tenías algo de confianza en mí -digo haciéndome la dolida.
-Sí, tienes razón... -me acaricia la mejilla. -Lo siento.
Le sonrío.
-¿Preparado?
-Sí.
-Contemos juntos, a la de tres.
1
2
y 3.
Ambos nos metemos las bayas en la boca. Las almoras estallan en mi boca con su sabor ácido, haciendo que me lloren los ojos. Cato se lleva las manos a la garganta, señal de que las Jaulas de Noche están haciendo efecto. Me quedo ahí, de rodillas, hasta que deja de luchar y se escucha el cañonazo. Le miro. Es solo una víctima más de todo ésto. Le cierro los ojos suavemente, me pongo en pie de nuevo y pongo rumbo hacia la Cornucopia.
lunes, 27 de mayo de 2013
Capítulo 27
Despierto y ya ha anochecido. Ya ha pasado otro día. La cabeza me da vueltas y siento una presión en el costado derecho que hace que me cueste un poco respirar, pero no me duele. Empiezo a recordar lo que ha pasado: Fred mirándome con cara de alivio al mismo tiempo que espanto. Fred abrazándome muy fuerte, como si no quisiera despegarse de mí. Fred clavándome su cuchillo con la única intención de acabar con mi vida. Parece que no lo ha conseguido. Me pregunto qué pensarán sus padres. El hombre que casi me suplicó que protegiese a su hijo, el mismo que me traicionó de la peor forma. ¿Por qué lo hizo? Quiero decir, ¿por qué a mí? Tal vez porque sabía que yo nunca se lo haría a él.
Oigo ruidos de movimiento a mi lado. Estoy tumbada en el suelo, sobre un par de mantas, y sentada junto a mí, veo a Gloss. Juguetea con un trozo de hoja, y la tira a un lado cuando ve que intento levantarme.
-Menos mal, creí que no despertarías -dice, con alivio sincero.
-Si te soy sincera, yo también -le digo, y me incorporo poco a poco hasta quedar sentada a su lado.- ¿Dónde está todo el mundo?
-Cato se ha ido a dormir, estaba cansado. Y mi hermano anda por ahí haciendo guardia -guarda silencio unos segundos.- Menudo susto nos has dado, ¿eh? La próxima vez tienes que estar más atenta.
-Si, lo... lo siento -me froto la frente con nerviosismo.- ¿Dónde está?
-¿El crío de tu distrito? Digamos que Cato se ha hecho cargo.
-En el fondo siento pena por él, ¿sabes? Sé que no quería hacerlo.
-Eso da igual, Kate. Lo hizo. Punto.
Asiento en silencio. Sé que tiene razón, pero uno de mis mayores defectos es ser demasiado compasiva. Nada en exceso es bueno.
Alguien se acerca a nosotras desde la zona de penumbra. Es Cato.
-Eh, cuatro, ¿te duele? -dice, y se deja caer en frente de nosotras.
Me reconforta que no me llame Kate.
-Sorprendentemente no... -me toco la herida instintivamente- ¿Cómo se ha curado?
Siento a Gloss echando una mirada rápida a Cato, mirada que él no parece captar.
-Inmediatamente después de que ese imbécil te atacara, llegó un paracaídas de tu distrito. Era de tu mentor, ese tal Finnick. Uno de esos ungüentos milagrosos, ya sabes. La medicina del Capitolio -dice, restándole importancia.
-No había ninguna nota -suelta Gloss, sabiendo que era exactamente lo que estaba a punto de preguntar.
-¿Ah, no? -pregunto, intentando que Cato no note cómo me tiembla la voz.
-No. Nada. Ese tío es un imbécil, ¿a que sí, Cato?
-Y tanto. No me importaría tener unas palabras con él. En fin, ya tendré tiempo de hacerlo cuando acabe todo esto.
-Si, si -dice Gloss, ignorando completamente su ataque de soberbia. -Oye, ¿podrías ir a buscar a mi hermano? Está tardando mucho y estoy preocupada.
-Como quieras -contesta él sin más, y desaparece entre la arboleda.
Dejo caer mi cabeza hacia delante, sobre mis manos, intentando sofocar mis ganas de llorar. Gloss parece notarlo, porque se inclina sobre mí y me abraza. Noto cómo mete algo en mi bolsillo.
-No podía dejar que lo viera -susurra en mi oído. -No lo mires hasta que se haya dormido.
La miro, con la vista todavía borrosa por las lágrimas. Intento decírselo todo con la mirada, agradecerle todo lo que está haciendo por mí sin esperar nada a cambio, y parece entenderlo. Me sonríe.
Algo cambia de repente. La sonrisa desaparece, abre mucho los ojos y frunce el ceño hasta que sus cejas casi se juntan entre sí. Pánico. Rápidamente, se pone en pie y echa a correr por donde de había ido Cato.
Voy detrás de ella, lo más rápido que puedo teniendo en cuenta que respirar me supone un esfuerzo y todavía estoy algo mareada.
Cuando por fin llego a donde están los demás, veo a Glow tendido en el suelo boca arriba, moviéndose con espasmos, casi convulsionando. Puedo ver un hilo de sangre bajando por la comisura de su boca. Gloss está arrodillada a su lado, llorando con desesperación y abrazándole con fuerza, atrayéndolo hacia ella. Cato está de pie, a un par de metros de ellos, observando la escena. Sostiene algo en una mano. Es la hoz que me prestó por la mañana. La sangre gotea a borbotones. Le miro, pero él no me mira a mí.
Decido acercarme a los gemelos. Me arrodillo junto a Gloss en silencio, mientras ella acaricia la cara de su reflejo con delicadeza, al tiempo que éste comienza a cerrar los ojos. Me fijo mejor y veo el profundo tajo que le atraviesa el vientre; si fuese un poco más grande, tal vez se le hubiesen salido las tripas.
Un cañonazo nos sobresalta. Glow ya no está con nosotros.
De repente, Gloss aparta la mirada de él y la clava en Cato. Tiene la cara roja y desencajada.
-Tú... ¡Has sido tú! ¡¡Tú le has matado!! -grita, poniéndose de pie con intención de abalanzarse sobre él. Me levanto rápidamente y la sujeto por los hombros, susurrándole que se tranquilice.
-Ha sido sin querer, ¿vale? -contesta Cato, sin ningún tipo de expresión en la cara. -No le escuché llegar y actué por instinto. Es culpa suya, yo no tenía por qué saber que era él.
-¡¿Qué?! ¿Tienes la poca decencia de echarle la culpa a mi hermano? ¡Su cuerpo todavía está caliente! -grita ella, y al darse cuenta de la realidad de sus palabras, comienza a llorar de nuevo y vuelve junto al cuerpo de su hermano.
Ésta vez, Cato sí me mira. Mis deseos ahora mismo se resumen en su muerte inminente, pero no sería lo más inteligente en mi estado.
-Creo que deberías irte -le digo sin que Gloss me oiga e intentando sonar neutral.
Me sostiene la mirada un rato, pero finalmente asiente y se va cabizbajo. Parece muy cansado.
Me acerco de nuevo a Gloss, que observa la cara de su hermano con detenimiento, como si esperara que en cualquier momento éste hiciese una mueca o un gesto.
De pronto me mira, con unos ojos ya sin vida.
-Necesito tu ayuda -me dice con un hilo de voz.
-Claro -le digo. -Haré lo que me pidas.
Hace una pausa y continúa.
-Yo ya no puedo seguir con ésto. Lo sabes, ¿verdad? Te lo expliqué cuando llegamos aquí. No puedo vivir sin mi hermano. Ya estoy muerta, ¿entiendes? Necesito que me ayudes -dice, y me agarra con firmeza por las solapas de la chaqueta.
-¿Me estás pidiendo que te mate? -le pregunto con incredulidad. Ella asiente. -No. No, me niego. No pienso hacer eso.
-Me lo prometiste -dice, con tono suplicante pero severo. -Dijiste que harías cualquier cosa.
-Pero no puedes pedirme algo así -le digo, poniéndome de pie. -No es justo.
-¿Y ésto sí? -dice, y mira a su hermano.
Nos quedamos en silencio durante unos minutos.
Entonces recuerdo las bayas venenosas que Katniss Everdeen me envió. "Úsalas bien", decía.
Busco en uno de mis bolsillos y las cojo. Algunas están un poco aplastadas, pero todavía sirven. Escojo unas cuantas y guardo el resto de vuelta en mi bolsillo. Me agacho de nuevo a su lado y se las pongo en la mano.
-¿Funcionará? -me pregunta.
Asiento en silencio.
-Gracias -me dice. Siento la gratitud en su voz.
-Gracias a ti -le digo. -Por todo.
Asiente y su cara adopta una expresión que podría ser una sonrisa, si no hubiese perdido ya la capacidad de sonreír.
Nos abrazamos con fuerza. Voy a perderla. Ahora estoy sola. Nos separamos, ambas con lágrimas en los ojos.
-¿Te importa dejarnos solos?
-Claro, lo siento -digo poniéndome en pie.
-Adiós, Kate -me dice.
-Adiós -contesto, y me alejo entre la maleza.
A los pocos minutos, un cañonazo me hiela la sangre.
Oigo ruidos de movimiento a mi lado. Estoy tumbada en el suelo, sobre un par de mantas, y sentada junto a mí, veo a Gloss. Juguetea con un trozo de hoja, y la tira a un lado cuando ve que intento levantarme.
-Menos mal, creí que no despertarías -dice, con alivio sincero.
-Si te soy sincera, yo también -le digo, y me incorporo poco a poco hasta quedar sentada a su lado.- ¿Dónde está todo el mundo?
-Cato se ha ido a dormir, estaba cansado. Y mi hermano anda por ahí haciendo guardia -guarda silencio unos segundos.- Menudo susto nos has dado, ¿eh? La próxima vez tienes que estar más atenta.
-Si, lo... lo siento -me froto la frente con nerviosismo.- ¿Dónde está?
-¿El crío de tu distrito? Digamos que Cato se ha hecho cargo.
-En el fondo siento pena por él, ¿sabes? Sé que no quería hacerlo.
-Eso da igual, Kate. Lo hizo. Punto.
Asiento en silencio. Sé que tiene razón, pero uno de mis mayores defectos es ser demasiado compasiva. Nada en exceso es bueno.
Alguien se acerca a nosotras desde la zona de penumbra. Es Cato.
-Eh, cuatro, ¿te duele? -dice, y se deja caer en frente de nosotras.
Me reconforta que no me llame Kate.
-Sorprendentemente no... -me toco la herida instintivamente- ¿Cómo se ha curado?
Siento a Gloss echando una mirada rápida a Cato, mirada que él no parece captar.
-Inmediatamente después de que ese imbécil te atacara, llegó un paracaídas de tu distrito. Era de tu mentor, ese tal Finnick. Uno de esos ungüentos milagrosos, ya sabes. La medicina del Capitolio -dice, restándole importancia.
-No había ninguna nota -suelta Gloss, sabiendo que era exactamente lo que estaba a punto de preguntar.
-¿Ah, no? -pregunto, intentando que Cato no note cómo me tiembla la voz.
-No. Nada. Ese tío es un imbécil, ¿a que sí, Cato?
-Y tanto. No me importaría tener unas palabras con él. En fin, ya tendré tiempo de hacerlo cuando acabe todo esto.
-Si, si -dice Gloss, ignorando completamente su ataque de soberbia. -Oye, ¿podrías ir a buscar a mi hermano? Está tardando mucho y estoy preocupada.
-Como quieras -contesta él sin más, y desaparece entre la arboleda.
Dejo caer mi cabeza hacia delante, sobre mis manos, intentando sofocar mis ganas de llorar. Gloss parece notarlo, porque se inclina sobre mí y me abraza. Noto cómo mete algo en mi bolsillo.
-No podía dejar que lo viera -susurra en mi oído. -No lo mires hasta que se haya dormido.
La miro, con la vista todavía borrosa por las lágrimas. Intento decírselo todo con la mirada, agradecerle todo lo que está haciendo por mí sin esperar nada a cambio, y parece entenderlo. Me sonríe.
Algo cambia de repente. La sonrisa desaparece, abre mucho los ojos y frunce el ceño hasta que sus cejas casi se juntan entre sí. Pánico. Rápidamente, se pone en pie y echa a correr por donde de había ido Cato.
Voy detrás de ella, lo más rápido que puedo teniendo en cuenta que respirar me supone un esfuerzo y todavía estoy algo mareada.
Cuando por fin llego a donde están los demás, veo a Glow tendido en el suelo boca arriba, moviéndose con espasmos, casi convulsionando. Puedo ver un hilo de sangre bajando por la comisura de su boca. Gloss está arrodillada a su lado, llorando con desesperación y abrazándole con fuerza, atrayéndolo hacia ella. Cato está de pie, a un par de metros de ellos, observando la escena. Sostiene algo en una mano. Es la hoz que me prestó por la mañana. La sangre gotea a borbotones. Le miro, pero él no me mira a mí.
Decido acercarme a los gemelos. Me arrodillo junto a Gloss en silencio, mientras ella acaricia la cara de su reflejo con delicadeza, al tiempo que éste comienza a cerrar los ojos. Me fijo mejor y veo el profundo tajo que le atraviesa el vientre; si fuese un poco más grande, tal vez se le hubiesen salido las tripas.
Un cañonazo nos sobresalta. Glow ya no está con nosotros.
De repente, Gloss aparta la mirada de él y la clava en Cato. Tiene la cara roja y desencajada.
-Tú... ¡Has sido tú! ¡¡Tú le has matado!! -grita, poniéndose de pie con intención de abalanzarse sobre él. Me levanto rápidamente y la sujeto por los hombros, susurrándole que se tranquilice.
-Ha sido sin querer, ¿vale? -contesta Cato, sin ningún tipo de expresión en la cara. -No le escuché llegar y actué por instinto. Es culpa suya, yo no tenía por qué saber que era él.
-¡¿Qué?! ¿Tienes la poca decencia de echarle la culpa a mi hermano? ¡Su cuerpo todavía está caliente! -grita ella, y al darse cuenta de la realidad de sus palabras, comienza a llorar de nuevo y vuelve junto al cuerpo de su hermano.
Ésta vez, Cato sí me mira. Mis deseos ahora mismo se resumen en su muerte inminente, pero no sería lo más inteligente en mi estado.
-Creo que deberías irte -le digo sin que Gloss me oiga e intentando sonar neutral.
Me sostiene la mirada un rato, pero finalmente asiente y se va cabizbajo. Parece muy cansado.
Me acerco de nuevo a Gloss, que observa la cara de su hermano con detenimiento, como si esperara que en cualquier momento éste hiciese una mueca o un gesto.
De pronto me mira, con unos ojos ya sin vida.
-Necesito tu ayuda -me dice con un hilo de voz.
-Claro -le digo. -Haré lo que me pidas.
Hace una pausa y continúa.
-Yo ya no puedo seguir con ésto. Lo sabes, ¿verdad? Te lo expliqué cuando llegamos aquí. No puedo vivir sin mi hermano. Ya estoy muerta, ¿entiendes? Necesito que me ayudes -dice, y me agarra con firmeza por las solapas de la chaqueta.
-¿Me estás pidiendo que te mate? -le pregunto con incredulidad. Ella asiente. -No. No, me niego. No pienso hacer eso.
-Me lo prometiste -dice, con tono suplicante pero severo. -Dijiste que harías cualquier cosa.
-Pero no puedes pedirme algo así -le digo, poniéndome de pie. -No es justo.
-¿Y ésto sí? -dice, y mira a su hermano.
Nos quedamos en silencio durante unos minutos.
Entonces recuerdo las bayas venenosas que Katniss Everdeen me envió. "Úsalas bien", decía.
Busco en uno de mis bolsillos y las cojo. Algunas están un poco aplastadas, pero todavía sirven. Escojo unas cuantas y guardo el resto de vuelta en mi bolsillo. Me agacho de nuevo a su lado y se las pongo en la mano.
-¿Funcionará? -me pregunta.
Asiento en silencio.
-Gracias -me dice. Siento la gratitud en su voz.
-Gracias a ti -le digo. -Por todo.
Asiente y su cara adopta una expresión que podría ser una sonrisa, si no hubiese perdido ya la capacidad de sonreír.
Nos abrazamos con fuerza. Voy a perderla. Ahora estoy sola. Nos separamos, ambas con lágrimas en los ojos.
-¿Te importa dejarnos solos?
-Claro, lo siento -digo poniéndome en pie.
-Adiós, Kate -me dice.
-Adiós -contesto, y me alejo entre la maleza.
A los pocos minutos, un cañonazo me hiela la sangre.
martes, 14 de mayo de 2013
Capítulo 26
La recuerdo. Como para no hacerlo. "La chica en llamas". Me pregunto si en el Capitolio sabrán que me ha enviado estas bayas...
Aunque no sé muy bien qué quiere que haga con ellas. ¿Que me suicide? ¿Que haga que los demás se las coman? No creo que cuele.
"Úsalas bien", vuelvo a leer.
Me sobresalto con el sonido de un cañonazo, señal de que un Tributo ha muerto. Solo que no sabremos quién es hasta el final del día.
Tiro la cápsula tras un arbusto y me guardo las bayas en el bolsillo de la chaqueta.
Desgraciadamente para mí, el estruendo despierta a Cato, que comienza a llamarme desde lo alto del árbol.
-¿Qué haces ahí abajo?
-Escuché unos ruidos y pensé que Clove podría haber vuelto -contesto.
-¿Y?
-Nada. No hay nadie.
Algo llama mi atención entre los árboles. Mi mano se mueve rápida hacia el cuchillo, y entonces distingo una cara familiar. Es Fred. Ambos nos quedamos mirándonos el uno al otro, con una mezcla entre alivio y confusión. Cato todavía no le ha visto.
-Oye, Cato -le digo- voy a echar un vistazo por aquí, tal vez Clove viniera a buscarnos anoche y ande deambulando todavía.
-¿Estás segura? -me pregunta, y antes de dejarme contestar, prosigue. -Bueno, está bien, pero llévate ésto.
Una hoz de metal, afilada y visiblemente muy pesada cae a mis pies. Si hubiese estado un par de centímetros más adelante, me hubiese atravesado la cabeza, pienso.
Sin mediar más palabra, cojo la hoz y me dirijo hacia Fred, que sigue oculto.
Me sonríe. Cuando estamos seguros de que nadie puede vernos (nadie presente en la Arena, al menos), nos abrazamos.
-¿Estás bien? -le pregunto. Su cabeza coincide justo debajo de mi barbilla.
-Si te contestara que sí creo que habría perdido la cabeza del todo -bromea, y se separa de mí. -Te veo bien. ¿Qué tal con los profesionales?
-Es seguro... pero frustrante.
Hace una mueca.
-Oye, Kate... Lo siento, ¿vale? Ojalá esto no tuviera que ser así.
-¿A qué te refieres? -pregunto extrañada.
Y clava un grueso puñal en mi costado derecho.
Dicen que sin confianza no hay traición. Tal vez esa haya sido siempre mi mayor debilidad.
El dolor es tan intenso como insoportable. Estoy segura de que me ha tocado el pulmón, porque respirar se vuelve casi imposible.
Le miro mientras mis manos tiemblan sobre la empuñadura del puñal, sin comprender. Él me sostiene la mirada, disculpándose. Puedo ver la culpa y la vergüenza en sus ojos, así como siento la muerte en los míos.
Me dice algo, pero su voz se vuelve distorsionada, al igual que su imagen.
Las rodillas comienzan a fallarme y caigo al suelo, apoyándome sobre las manos. Me tumbo sobre el costado izquierdo y lo único en lo que puedo pensar es en lo mucho que deseo escuchar el cañonazo que indique que ya me he muerto. Sorprendentemente, el dolor va desapareciendo, a medida que me desangro. Imágenes aleatorias vagan por mi cabeza: veo a mi madre, peinando a Nuka frente al espejo, mientras él llora porque siempre ha sido un enemigo declarado de los peines. Veo a mi padre, preparándose el desayuno por la mañana, muy temprano, con los ojos medio cerrados todavía y sin mediar palabra con nadie hasta tener el estómago lleno. Veo a Matt, prestándome su cazadora aquel día de invierno en que se nos hizo tarde en el muelle y mi madre nos echó la bronca. Veo a Finnick. Acariciándome la espalda aquella noche que compartimos en la que durante unos días fue mi cama. Susurrándome al oído que jamás se había sentido así, y que se odiaba por ello, que se sentía egoísta, pero que no lo podía evitar. Veo sus ojos verdes como el mar, brillantes, puros. Veo su boca, repitiendo una y otra vez "te quiero".
Y entonces, escucho el cañonazo.
Aunque no sé muy bien qué quiere que haga con ellas. ¿Que me suicide? ¿Que haga que los demás se las coman? No creo que cuele.
"Úsalas bien", vuelvo a leer.
Me sobresalto con el sonido de un cañonazo, señal de que un Tributo ha muerto. Solo que no sabremos quién es hasta el final del día.
Tiro la cápsula tras un arbusto y me guardo las bayas en el bolsillo de la chaqueta.
Desgraciadamente para mí, el estruendo despierta a Cato, que comienza a llamarme desde lo alto del árbol.
-¿Qué haces ahí abajo?
-Escuché unos ruidos y pensé que Clove podría haber vuelto -contesto.
-¿Y?
-Nada. No hay nadie.
Algo llama mi atención entre los árboles. Mi mano se mueve rápida hacia el cuchillo, y entonces distingo una cara familiar. Es Fred. Ambos nos quedamos mirándonos el uno al otro, con una mezcla entre alivio y confusión. Cato todavía no le ha visto.
-Oye, Cato -le digo- voy a echar un vistazo por aquí, tal vez Clove viniera a buscarnos anoche y ande deambulando todavía.
-¿Estás segura? -me pregunta, y antes de dejarme contestar, prosigue. -Bueno, está bien, pero llévate ésto.
Una hoz de metal, afilada y visiblemente muy pesada cae a mis pies. Si hubiese estado un par de centímetros más adelante, me hubiese atravesado la cabeza, pienso.
Sin mediar más palabra, cojo la hoz y me dirijo hacia Fred, que sigue oculto.
Me sonríe. Cuando estamos seguros de que nadie puede vernos (nadie presente en la Arena, al menos), nos abrazamos.
-¿Estás bien? -le pregunto. Su cabeza coincide justo debajo de mi barbilla.
-Si te contestara que sí creo que habría perdido la cabeza del todo -bromea, y se separa de mí. -Te veo bien. ¿Qué tal con los profesionales?
-Es seguro... pero frustrante.
Hace una mueca.
-Oye, Kate... Lo siento, ¿vale? Ojalá esto no tuviera que ser así.
-¿A qué te refieres? -pregunto extrañada.
Y clava un grueso puñal en mi costado derecho.
Dicen que sin confianza no hay traición. Tal vez esa haya sido siempre mi mayor debilidad.
El dolor es tan intenso como insoportable. Estoy segura de que me ha tocado el pulmón, porque respirar se vuelve casi imposible.
Le miro mientras mis manos tiemblan sobre la empuñadura del puñal, sin comprender. Él me sostiene la mirada, disculpándose. Puedo ver la culpa y la vergüenza en sus ojos, así como siento la muerte en los míos.
Me dice algo, pero su voz se vuelve distorsionada, al igual que su imagen.
Las rodillas comienzan a fallarme y caigo al suelo, apoyándome sobre las manos. Me tumbo sobre el costado izquierdo y lo único en lo que puedo pensar es en lo mucho que deseo escuchar el cañonazo que indique que ya me he muerto. Sorprendentemente, el dolor va desapareciendo, a medida que me desangro. Imágenes aleatorias vagan por mi cabeza: veo a mi madre, peinando a Nuka frente al espejo, mientras él llora porque siempre ha sido un enemigo declarado de los peines. Veo a mi padre, preparándose el desayuno por la mañana, muy temprano, con los ojos medio cerrados todavía y sin mediar palabra con nadie hasta tener el estómago lleno. Veo a Matt, prestándome su cazadora aquel día de invierno en que se nos hizo tarde en el muelle y mi madre nos echó la bronca. Veo a Finnick. Acariciándome la espalda aquella noche que compartimos en la que durante unos días fue mi cama. Susurrándome al oído que jamás se había sentido así, y que se odiaba por ello, que se sentía egoísta, pero que no lo podía evitar. Veo sus ojos verdes como el mar, brillantes, puros. Veo su boca, repitiendo una y otra vez "te quiero".
Y entonces, escucho el cañonazo.
sábado, 11 de mayo de 2013
Capítulo 25
Encuentro a Cato apoyado en la Cornucopia, con la cara escondida en las manos.
Al oírme llegar, se endereza y me mira de reojo, disimulando.
Le ofrezco un trozo de pan mientras le doy un mordisco al mío.
-¿Estás bien? -le pregunto.
-Si, es que siempre me ha sacado de quicio... -dice cogiendo el pan.
-¿Os conocíais? Antes de la Cosecha, me refiero.
-Si, mi madre y la suya eran amigas y coincidíamos a veces. Siempre ha estado un poco loca, solo hay que verla.
-Pero te importa -le digo.
-¿Por qué dices eso? -pregunta él curioso.
-Por cómo te has puesto. Si no te importara lo que piense de ti, no hubieses reaccionado así.
-Bueno, en nuestra situación, creo que da bastante igual lo que pensemos los unos de los otros.
Nos quedamos en silencio durante un rato. Me pregunto dónde estará Fred. Si estará solo. Si se habrá aliado con alguien. Si se estará muriendo.
-¿No hace mucho calor? -me pregunta mientras se pasa las manos por el pelo.
-Si, y es raro, siendo de noche...
-Creo que deberíamos volver, no es muy inteligente estar aquí sin armas.
-Habla por ti -le digo, palmeando el bolsillo derecho de mi pantalón, del que sobresale el mango de un cuchillo.
Él sonríe divertido y apoya una mano en mi espalda para encaminarnos de vuelta a nuestro campamento.
El camino no es muy largo y no es que vayamos a toda prisa, pero cuando llegamos, ambos nos hemos quitado las chaquetas y el sudor nos resbala por la frente.
-Vaya, menos mal -dice Glow en cuanto nos ve, mientras utiliza una esterilla para ventilarse torpemente. -Creía que éramos los únicos.
-¿A qué viene este calor? -pregunta Cato a nadie en concreto mientras se quita la camiseta. Alcanzo a ver una cicatriz en la parte derecha del bajo vientre. Apendicitis, supongo.
El calor es insoportable, cuesta respirar. Los pies me arden.
-Viene del suelo -digo.
Gloss me mira como si acabase de decir que he visto un cerdo volando.
-¿Del suelo?
Me agacho y pongo una mano en la tierra bajo mis pies. Tengo que apartarla rápidamente, y cuando la miro, está roja, como si hubiese tocado una estufa.
-Compruébalo tú misma -le digo, y mientras ella y su hermano toquetean el suelo incrédulos, me acerco a Cato. -Tenemos que hacer algo, está demasiado oscuro para ir a otro sitio pero no podemos dormir aquí.
-¿Qué sugieres? -me pregunta.
Echo una mirada a los árboles que nos rodean.
-Son bastante altos, podemos intentarlo, al menos. La temperatura seguirá subiendo, si nos quedamos en el suelo, probablemente no lleguemos a mañana.
-Tú mandas -dice él, sin pensárselo dos veces- Eres el cerebro del grupo.
Despierto con los rayos del sol quemándome la piel que no cubre la sombra del árbol. Cato me abraza, durmiendo todavía. "Es una suerte que quepamos los dos", dijo. Yo asentí y sonreí. Soy una buena mentirosa.
He soñado con Finnick. Mi cerebro tiende a pensar en él durante todo el día, pero me obligo a mí misma a no hacerlo. Aunque el subconsciente es incontrolable.
No era un sueño claro, no recuerdo bien qué se supone que pasaba, pero recuerdo ver su cara como si la tuviese delante ahora mismo. Sus ojos, su boca, su pelo. Pero no está. No está aquí conmigo.
Algo pequeño y plateado llama mi atención en el suelo, debido a que los rayos del sol hacen que destelle y me ciegue por momentos. Al principio pienso que es un cuchillo, pero me extraña que se nos haya olvidado algo tan necesario como un cuchillo en el suelo. Me deshago del abrazo de Cato con cuidado y bajo torpemente del árbol. Me dejo caer cuando estoy lo suficientemente cerca del suelo, pero una oleada de dolor me recorre desde los talones hasta la cabeza. Demasiado alto. Me acerco al objeto brillante y descubro que se trata de una cápsula metálica, de esas que los patrocinadores envían a los tributos para echarles un cable. Pone "Katherine". Me aseguro de que nadie me ve y la abro con ansia, esperando que sea de parte de Finnick.
Es del Distrito 12. Bayas venenosas. Jaulas de Noche, concretamente. Van acompañadas de una nota. "Úsalas bien. Firmado: Katniss Everdeen"
jueves, 18 de abril de 2013
Capítulo 24
-Venga,
vamos -dice Cato, tirando de mi brazo.
Echo
una última mirada hacia atrás. No puedo contar el número de
cadáveres que yacen inmóviles en las inmediaciones de la
Cornucopia. Fred no está, o eso creo.
Llegamos
a uno de los oasis que hay en la Arena, los árboles son bastante
frondosos, por lo que será fácil esconderse.
Nos
sentamos en la orilla de un pequeño lago, no muy grande, pero con un
poco de suerte, un buen suministro de agua.
-No
ha estado mal -comenta Gloss, con una sonrisa, mientras se sienta al
lado de su hermano.
Todos
concuerdan con ella y comentan cómo les ha ido. Yo no sé muy bien
qué hacer. ¿Han visto el vídeo? Claro que lo han hecho. No
entiendo por qué Cato hace como si nada. Es repugnante, si, pero
aunque suene raro, creí que... No sé.
-Se
está haciendo de noche -dice Clove, muy seria. -Deberíamos ir a
buscar leña para hacer fuego.
-¿Con
el calor que hace? Creo que no nos hará falta, enana -dice, soltando
una risa burlona que hace que las finas facciones de Clove se tensen
y sus mejillas adopten un color rojizo.
-Creo
que tiene razón -digo, y la risa de Cato para. Trago saliva y
continúo. -Recuerda que todo está controlado por ordenador, puede
que ahora haga calor y dentro de 10 minutos esté nevando. No está
de más tener provisiones.
-Hum...
bueno, es cierto -dice Cato, mientras se levanta.
Comienza
a caminar en dirección a la parte frondosa del oasis, con Glow a su
derecha y Clove siguiéndoles un par de pasos por detrás.
-Oye,
Kate -me dice Gloss, apartándose el pelo hacia atrás con un gesto
que catalogaría como lo más elegante que he visto en mi vida. -Te
noto rara, ¿te pasa algo?
-No,
bueno -miro a mi alrededor- todo esto es... inquietante. Además
-decido sincerarme- estoy un poco preocupada por, ya sabes... el
vídeo.
-Oh,
ya decía yo... Le quieres, ¿verdad? A tu mentor. Finnick, ¿no? -me
pregunta.
Casi
pude sentir cómo se me paraba el corazón. Siendo consciente de mi
estupefacción, continúa.
-Escucha
-dice, sentándose frente a mí con las piernas cruzadas- a veces,
los mentores no son del todo... éticos. Conozco casos de chicas que
han tenido que acostarse con sus mentores para conseguir
patrocinadores. Le puede pasar a cualquiera. Convencí a Cato de que
te había pasado algo así. Que había hablado contigo un momento
después de las entrevistas y que te habías desahogado conmigo. Le
dije que hubieras sido tonta si te hubieses resistido, y pareció
entenderlo. Quiero decir, los patrocinadores valen tu vida.
Literalmente. Yo, por ejemplo, nunca lo hubiera hecho, porque los
patrocinadores me importan más bien poco. Sé que mi hermano y yo no
podemos ganar porque solo se permite un ganador. Ambos sabemos que
vamos a morir, porque yo no podría vivir sin él, ni él sin mí. O
sea que es cuestión de tiempo -hace una pausa- Pero tú has venido
sola. Tiene mucho sentido. Eres guapa, él no está nada mal -sonríe
de lado- Tienes todo el derecho del mundo a luchar por tu vida, sea
como sea. Aquí no hay normas, Kate. Esto es la supervivencia. Y
puedes estar tranquila, haré lo que esté en mi mano para que salgas
de aquí por tus propios medios. Pero tienes que ser feroz, Kate. No dejes que te pisen. No les dejes creer que eres débil. Y menos a Clove. Sé que sientes lástima por ella. La implicación emocional está bien, hasta cierto punto. El punto en el que se convierte en un esfuerzo excesivo. Y siendo benévola no vas a conseguir nada.
Las
palabras se arremolinan en mi garganta, peleándose entre ellas por
ver cuál sale primero. Me acerco a ella y la abrazo con todas mis
fuerzas. Ella corresponde mi abrazo, y aunque no le veo la cara, sé
que sonríe.
-Gracias
-susurro, con las lágrimas a punto de salir.
-Vaya, vaya, vaya, qué escenita, señoritas -dice una voz desconocida.
Ambas nos separamos. Es un chico, pero no recuerdo haberle visto antes. Tiene el pelo negro y los ojos azules y ansiosos. Lleva el número 5 bordado en la manga de su camiseta, y un cuchillo largo y de dientes afilados en su mano izquierda. Sonríe con malicia.
Me levanto rápido y me dirijo a buscar cualquiera de las armas que hemos cogido, pero la velocidad de reacción de Gloss me supera con creces, y para cuando me giro, ya le está apuntando con el arco.
-¿Decías? -dice ella, sonriendo orgullosa, y dispara una flecha metálica que se incrusta lentamente en el pecho del chico.
Éste hace una mueca de pánico, cayendo de rodillas, hasta que finalmente se desploma debido a la pérdida de sangre.
-Machista asqueroso -murmura Gloss, asestándole una patada en el hombro.
Me siento inútil en estos momentos. Probablemente estaría muerta ahora mismo si ella no hubiese estado aquí. O tal vez no.
Cuando los demás vuelven, ya ha anochecido. Mientras preparamos algo para comer, el cielo se ilumina de pronto: van a pasar la lista de los Tributos que han fallecido hoy.
Observo el firmamento atenta, deseando con todas mis fuerzas que la cara de Fred no aparezca.
Han sido un total de 8: Los dos del 5, el chico del 7, la chica del 9, los dos del 8, la chica del 11 y la chica del 12.
Respiro con alivio, aunque con la angustia de que tal vez no muriera hoy, pero puede que lo haga mañana.
De pronto, Clove se pone en pie.
-¿Cómo sabemos que nos quedaremos todos dormidos al mismo tiempo? ¿Cómo sé que nadie -me mira- me atravesará con una lanza mientras duermo?
Decido contestarle.
-En eso consiste una alianza, Clove. En confiar en un grupo de desconocidos que podrían matarte sin que ni siquiera te diera tiempo a abrir los ojos. Pero, si no estás segura de esto, puedes irte ahora. Te prometo que no te atacaré por la espalda. O quizá sí. ¿Quién sabe?
Cato, Gloss y Glow se carcajean.
Casi sin que nos demos cuenta, Clove coge uno de sus cuchillos y lo lanza a la altura de mi cabeza, pero afortunadamente para mí, tengo buenos reflejos.
-Vamos, Clove -le dice Cato. -No hace falta ponerse así, solo era una broma.
Ella arde de rabia. Mira a Cato con seriedad.
-Estás traicionando al Distrito -dice, casi en un susurro.
Él se pone en pie, como impulsado por un resorte invisible, y se coloca frente a ella, muy cerca.
-¿Qué has dicho? -le pregunta mientras avanza, haciendo que ella se aleje hacia atrás.
Cato es mucho más alto que Clove, así que tiene que agacharse para poder mirarla a la cara.
-He dicho que... -dice ella con rabia- Nada.
-Más te vale. Sabes que no me costaría nada partirte el cuello ahora mismo -sentencia él, dándole la espalda, y comienza a caminar alejándose del grupo, dirigiéndose otra vez a la zona de la Cornucopia.
Gloss y Glow se miran, conversando en su idioma silencioso.
El pecho de Clove se hincha y deshincha con rapidez. Lanza un último cuchillo que sujetaba con fuerza en su mano contra el suelo, dejándolo clavado hasta el mango, y camina en dirección contraria, hacia la zona de los árboles.
Guardo silencio un momento, intentando recuperar la calma después de lo que acaba de pasar, y decido ir a buscar a Cato.
viernes, 22 de marzo de 2013
Capítulo 23
-No
sé lo que pueden estar pensando los profesionales. Tal vez vayan a
por mí desde el principio. He traicionado la confianza de Cato.
-Bueno,
tendrás que confiar en tu instinto, preciosa -me dice Cinna,
mientras me ayuda a abrocharme el chubasquero.
Estamos
ya en la sala en la que se encuentra el tubo que me llevará directa
a la Arena. He decidido no despedirme de Finnick ni de Fred. Mis
despedidas ya han quedado por escrito. Prefiero quedarme con los
recuerdos que me dejó el día de ayer, y no con caras de funeral. El
mío, por ejemplo.
-¿Qué
hago si veo que soy su objetivo principal? ¿Me arriesgo e intento
coger algunas provisiones o escapo lo más lejos posible de la
Cornucopia?
-Creo
que deberías arriesgarte. Finnick hará lo posible por intentar
mantener la fidelidad de los patrocinadores que ya habíais
conseguido, pero no sabemos si sus ayudas serán suficientes para
mantenerte con vida si estás con las manos vacías.
-Tienes
razón. Tendré que arriesgarme y que sea lo que Dios quiera.
-No.
Todo depende de tí, única y exclusivamente de tí. No esperes un
empujón divino, porque no lo tendrás. Tú eres la única que puede
luchar por tu vida.
-Ya
es la hora -me dice Cinna, y algo da un bote en mi estómago. -¿Estás
lista?
-No
-contesto.
-Tranquila
Kate. Confío en ti. Saldrá bien.
Puedo
ver la mentira en sus pequeños ojos negros. Cinna me dirige hacia el
tubo que me llevará directamente a la Arena. Sin que me dé tiempo a
decir nada más, la cápsula se cierra y la plataforma empieza a
subir.
Tras
un par de segundos de ascenso, salgo a la superficie. Un sol cegador
me deslumbra y hace que me cueste tener los ojos abiertos. Coloco una
mano sobre mis ojos para proporcionarme algo de sombra, y descubro
que este año, la Arena se basa en una especie de sabana extensa y
llana. No hay muchos árboles, excepto algunos oasis flanqueando la
Cornucopia. Hace mucho calor.
Dirijo
mi mirada hacia mi derecha. Ahí está Cato. Está serio, pero no
hace ningún gesto que indique mi muerte inminente, y eso me
tranquiliza de algún modo. Entonces alguien llama mi atención. Es
Glow. Me saluda con la mano. Creo que nunca conseguiré entender su
optimismo. Espera, me está saludando. Sonríe. Eso solo puede
significar que al menos él no está enfadado conmigo. ¿Por qué no
lo está? No lo entiendo. Inconscientemente, vuelvo a mirar a Cato.
Si mi mente no me traiciona, y espero que no lo esté haciendo,
consigo leer en sus labios un “tú tranquila”.
La
emoción que siento en ese momento es descomunal. No está todo
perdido. Lo sabía.
10,
9, 8...
Me
preparo. Las armas y los víveres están colocados estratégicamente.
Las peores cosas (mochilas casi vacías, cuchillos de dudosa calidad,
y cantimploras sin agua) las han dejado por la parte más cercana a
las plataformas de los Tributos y, por ello, son las más fáciles de
conseguir, pero también las más inútiles. Si quieres conseguir
algo de provecho, tienes que correr riesgos y acercarte más a la
Cornucopia. Cuanto más te adentres en la boca del lobo, mejores
cosas encontrarás. El irónico humor del Capitolio, supongo.
6,
5, 4...
Voy
a arriesgarme. Tengo posibilidades. Busco a Fred con la mirada, pero
no logro localizarle.
3,
2, 1...
Un
cañonazo ensordecedor indica que los Juegos han empezado. Intento
evitar mirar a los demás, y me concentro en llegar a la Cornucopia
lo antes posible. La distacia que tengo que recorrer es de unos
cuarenta metros, aproximadamente. Voy lo más rápido que puedo,
tratando de esquivar al resto de Tributos y los bártulos que hay
desperdigados por el suelo. Mi concentración se desvanece durante un
momento cuando acierto a ver a Clove lanzando un cuchillo, que
aterriza en el pecho de una niña de no más de 15 años. Esta cae de
rodillas al suelo, echándose las manos a la sangrante herida, pero
antes de que consiga tocar el cuchillo, se desploma boca abajo en el
árido suelo. Vuelvo la mirada hacia Clove, que sonríe fanfarrona.
Cuando
llego a la Cornucopia, mi primera reacción es empezar a rebuscar
entre las cosas con la intención de encontrar algo con lo que
defenderme. Para cuando me doy cuenta, Cato está a mi derecha.
-Los
gemelos y Clove nos cubren. Ten, usa esto -me tiende una especie de
hacha con la cuchilla algo más redondeada de lo normal. Yo estoy...
alucinando, basicamente. Cojo el hacha ante su mirada amable, y acto
seguido me dedica una sonrisa de complicidad.
Mi
adrenalina está a niveles superlativos ahora mismo. Siento que algo
se acerca por mi izquierda. Mi brazo, el que sostiene el hacha, se
acciona víctima de un acto reflejo lanzando un golpe preciso hacia
donde procede el sonido. Un ruido sordo. Un impacto certero. Todavía
inconsciente de lo que ha pasado, tiro del hacha y la observo: la
sangre, espesa y oscura, resbala por el filo de la cuchilla. Algo cae
a mi lado, chocando con mi pierna izquierda. Giro la cabeza
lentamente para encontratme con una chica que yace en el suelo, con
los ojos muy abiertos y una gran herida abierta en el pecho. La
recuerdo de los entrenamientos. Distrito 3. Tiene mi edad. Tenía.
Todo se vuelve muy borroso. Es la primera persona a la que... mato, y
aunque me siento un monstruo, una parte de mí espera que no sea la
última. ¿Estoy cambiando? ¿Ya han empezado los Juegos a hacer
efecto? Vuelvo a mirarla. Me obligo a mí misma a memorizarla. Nunca
la olvidaré.
La
mano de Cato me palmea el hombro un par de veces. Salgo de mi trance.
-Vaya,
no ha estado mal -me dice- Empiezas fuerte.
Acto
seguido, gira sobre sí mismo y, tras dar unos ocho o nueve pasos,
sujeta de la cabeza a un niño algo más pequeño que Fred,
partiéndole el cuello y dejándolo caer. Es increíble como no se le
borra la sonrisa de la cara. Realmente está disfrutando.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)