lunes, 27 de mayo de 2013

Capítulo 27

Despierto y ya ha anochecido. Ya ha pasado otro día. La cabeza me da vueltas y siento una presión en el costado derecho que hace que me cueste un poco respirar, pero no me duele. Empiezo a recordar lo que ha pasado: Fred mirándome con cara de alivio al mismo tiempo que espanto. Fred abrazándome muy fuerte, como si no quisiera despegarse de mí. Fred clavándome su cuchillo con la única intención de acabar con mi vida. Parece que no lo ha conseguido. Me pregunto qué pensarán sus padres. El hombre que casi me suplicó que protegiese a su hijo, el mismo que me traicionó de la peor forma. ¿Por qué lo hizo? Quiero decir, ¿por qué a mí? Tal vez porque sabía que yo nunca se lo haría a él.
Oigo ruidos de movimiento a mi lado. Estoy tumbada en el suelo, sobre un par de mantas, y sentada junto a mí, veo a Gloss. Juguetea con un trozo de hoja, y la tira a un lado cuando ve que intento levantarme.
-Menos mal, creí que no despertarías -dice, con alivio sincero.
-Si te soy sincera, yo también -le digo, y me incorporo poco a poco hasta quedar sentada a su lado.- ¿Dónde está todo el mundo?
-Cato se ha ido a dormir, estaba cansado. Y mi hermano anda por ahí haciendo guardia -guarda silencio unos segundos.- Menudo susto nos has dado, ¿eh? La próxima vez tienes que estar más atenta.
-Si, lo... lo siento -me froto la frente con nerviosismo.- ¿Dónde está?
-¿El crío de tu distrito? Digamos que Cato se ha hecho cargo.
-En el fondo siento pena por él, ¿sabes? Sé que no quería hacerlo.
-Eso da igual, Kate. Lo hizo. Punto. 
Asiento en silencio. Sé que tiene razón, pero uno de mis mayores defectos es ser demasiado compasiva. Nada en exceso es bueno.
Alguien se acerca a nosotras desde la zona de penumbra. Es Cato.
-Eh, cuatro, ¿te duele? -dice, y se deja caer en frente de nosotras.
Me reconforta que no me llame Kate.
-Sorprendentemente no... -me toco la herida instintivamente- ¿Cómo se ha curado?
Siento a Gloss echando una mirada rápida a Cato, mirada que él no parece captar.
-Inmediatamente después de que ese imbécil te atacara, llegó un paracaídas de tu distrito. Era de tu mentor, ese tal Finnick. Uno de esos ungüentos milagrosos, ya sabes. La medicina del Capitolio -dice, restándole importancia.
-No había ninguna nota -suelta Gloss, sabiendo que era exactamente lo que estaba a punto de preguntar.
-¿Ah, no? -pregunto, intentando que Cato no note cómo me tiembla la voz.
-No. Nada. Ese tío es un imbécil, ¿a que sí, Cato?
-Y tanto. No me importaría tener unas palabras con él. En fin, ya tendré tiempo de hacerlo cuando acabe todo esto.
-Si, si -dice Gloss, ignorando completamente su ataque de soberbia. -Oye, ¿podrías ir a buscar a mi hermano? Está tardando mucho y estoy preocupada.
-Como quieras -contesta él sin más, y desaparece entre la arboleda.
Dejo caer mi cabeza hacia delante, sobre mis manos, intentando sofocar mis ganas de llorar. Gloss parece notarlo, porque se inclina sobre mí y me abraza. Noto cómo mete algo en mi bolsillo.
-No podía dejar que lo viera -susurra en mi oído. -No lo mires hasta que se haya dormido.
La miro, con la vista todavía borrosa por las lágrimas. Intento decírselo todo con la mirada, agradecerle todo lo que está haciendo por mí sin esperar nada a cambio, y parece entenderlo. Me sonríe.
Algo cambia de repente. La sonrisa desaparece, abre mucho los ojos y frunce el ceño hasta que sus cejas casi se juntan entre sí. Pánico. Rápidamente, se pone en pie y echa a correr por donde de había ido Cato.
Voy detrás de ella, lo más rápido que puedo teniendo en cuenta que respirar me supone un esfuerzo y todavía estoy algo mareada.
Cuando por fin llego a donde están los demás, veo a Glow tendido en el suelo boca arriba, moviéndose con espasmos, casi convulsionando. Puedo ver un hilo de sangre bajando por la comisura de su boca. Gloss está arrodillada a su lado, llorando con desesperación y abrazándole con fuerza, atrayéndolo hacia ella. Cato está de pie, a un par de metros de ellos, observando la escena. Sostiene algo en una mano. Es la hoz que me prestó por la mañana. La sangre gotea a borbotones. Le miro, pero él no me mira a mí.
Decido acercarme a los gemelos. Me arrodillo junto a Gloss en silencio, mientras ella acaricia la cara de su reflejo con delicadeza, al tiempo que éste comienza a cerrar los ojos. Me fijo mejor y veo el profundo tajo que le atraviesa el vientre; si fuese un poco más grande, tal vez se le hubiesen salido las tripas.
Un cañonazo nos sobresalta. Glow ya no está con nosotros. 
De repente, Gloss aparta la mirada de él y la clava en Cato. Tiene la cara roja y desencajada.
-Tú... ¡Has sido tú! ¡¡Tú le has matado!! -grita, poniéndose de pie con intención de abalanzarse sobre él. Me levanto rápidamente y la sujeto por los hombros, susurrándole que se tranquilice.
-Ha sido sin querer, ¿vale? -contesta Cato, sin ningún tipo de expresión en la cara. -No le escuché llegar y actué por instinto. Es culpa suya, yo no tenía por qué saber que era él.
-¡¿Qué?! ¿Tienes la poca decencia de echarle la culpa a mi hermano? ¡Su cuerpo todavía está caliente! -grita ella, y al darse cuenta de la realidad de sus palabras, comienza a llorar de nuevo y vuelve junto al cuerpo de su hermano.
Ésta vez, Cato sí me mira. Mis deseos ahora mismo se resumen en su muerte inminente, pero no sería lo más inteligente en mi estado.
-Creo que deberías irte -le digo sin que Gloss me oiga e intentando sonar neutral.
Me sostiene la mirada un rato, pero finalmente asiente y se va cabizbajo. Parece muy cansado.

Me acerco de nuevo a Gloss, que observa la cara de su hermano con detenimiento, como si esperara que en cualquier momento éste hiciese una mueca o un gesto.
De pronto me mira, con unos ojos ya sin vida.
-Necesito tu ayuda -me dice con un hilo de voz.
-Claro -le digo. -Haré lo que me pidas.
Hace una pausa y continúa.
-Yo ya no puedo seguir con ésto. Lo sabes, ¿verdad? Te lo expliqué cuando llegamos aquí. No puedo vivir sin mi hermano. Ya estoy muerta, ¿entiendes? Necesito que me ayudes -dice, y me agarra con firmeza por las solapas de la chaqueta.
-¿Me estás pidiendo que te mate? -le pregunto con incredulidad. Ella asiente. -No. No, me niego. No pienso hacer eso.
-Me lo prometiste -dice, con tono suplicante pero severo. -Dijiste que harías cualquier cosa.
-Pero no puedes pedirme algo así -le digo, poniéndome de pie. -No es justo.
-¿Y ésto sí? -dice, y mira a su hermano.
Nos quedamos en silencio durante unos minutos.
Entonces recuerdo las bayas venenosas que Katniss Everdeen me envió. "Úsalas bien", decía.
Busco en uno de mis bolsillos y las cojo. Algunas están un poco aplastadas, pero todavía sirven. Escojo unas cuantas y guardo el resto de vuelta en mi bolsillo. Me agacho de nuevo a su lado y se las pongo en la mano. 
-¿Funcionará? -me pregunta.
Asiento en silencio.
-Gracias -me dice. Siento la gratitud en su voz.
-Gracias a ti -le digo. -Por todo.
Asiente y su cara adopta una expresión que podría ser una sonrisa, si no hubiese perdido ya la capacidad de sonreír. 
Nos abrazamos con fuerza. Voy a perderla. Ahora estoy sola. Nos separamos, ambas con lágrimas en los ojos.
-¿Te importa dejarnos solos?
-Claro, lo siento -digo poniéndome en pie.
-Adiós, Kate -me dice.
-Adiós -contesto, y me alejo entre la maleza.
A los pocos minutos, un cañonazo me hiela la sangre.





No hay comentarios:

Publicar un comentario