martes, 14 de mayo de 2013

Capítulo 26

La recuerdo. Como para no hacerlo. "La chica en llamas". Me pregunto si en el Capitolio sabrán que me ha enviado estas bayas...
Aunque no sé muy bien qué quiere que haga con ellas. ¿Que me suicide? ¿Que haga que los demás se las coman? No creo que cuele.
"Úsalas bien", vuelvo a leer.
Me sobresalto con el sonido de un cañonazo, señal de que un Tributo ha muerto. Solo que no sabremos quién es hasta el final del día.
Tiro la cápsula tras un arbusto y me guardo las bayas en el bolsillo de la chaqueta.
Desgraciadamente para mí, el estruendo despierta a Cato, que comienza a llamarme desde lo alto del árbol.
-¿Qué haces ahí abajo?
-Escuché unos ruidos y pensé que Clove podría haber vuelto -contesto.
-¿Y?
-Nada. No hay nadie.
Algo llama mi atención entre los árboles. Mi mano se mueve rápida hacia el cuchillo, y entonces distingo una cara familiar. Es Fred. Ambos nos quedamos mirándonos el uno al otro, con una mezcla entre alivio y confusión. Cato todavía no le ha visto.
-Oye, Cato -le digo- voy a echar un vistazo por aquí, tal vez Clove viniera a buscarnos anoche y ande deambulando todavía.
-¿Estás segura? -me pregunta, y antes de dejarme contestar, prosigue. -Bueno, está bien, pero llévate ésto.
Una hoz de metal, afilada y visiblemente muy pesada cae a mis pies. Si hubiese estado un par de centímetros más adelante, me hubiese atravesado la cabeza, pienso.
Sin mediar más palabra, cojo la hoz y me dirijo hacia Fred, que sigue oculto.
Me sonríe. Cuando estamos seguros de que nadie puede vernos (nadie presente en la Arena, al menos), nos abrazamos.
-¿Estás bien? -le pregunto. Su cabeza coincide justo debajo de mi barbilla.
-Si te contestara que sí creo que habría perdido la cabeza del todo -bromea, y se separa de mí. -Te veo bien. ¿Qué tal con los profesionales?
-Es seguro... pero frustrante.
Hace una mueca.
-Oye, Kate... Lo siento, ¿vale? Ojalá esto no tuviera que ser así.
-¿A qué te refieres? -pregunto extrañada.
Y clava un grueso puñal en mi costado derecho.

Dicen que sin confianza no hay traición. Tal vez esa haya sido siempre mi mayor debilidad. 
El dolor es tan intenso como insoportable. Estoy segura de que me ha tocado el pulmón, porque respirar se vuelve casi imposible.
Le miro mientras mis manos tiemblan sobre la empuñadura del puñal, sin comprender. Él me sostiene la mirada, disculpándose. Puedo ver la culpa y la vergüenza en sus ojos, así como siento la muerte en los míos.
Me dice algo, pero su voz se vuelve distorsionada, al igual que su imagen. 
Las rodillas comienzan a fallarme y caigo al suelo, apoyándome sobre las manos. Me tumbo sobre el costado izquierdo y lo único en lo que puedo pensar es en lo mucho que deseo escuchar el cañonazo que indique que ya me he muerto. Sorprendentemente, el dolor va desapareciendo, a medida que me desangro. Imágenes aleatorias vagan por mi cabeza: veo a mi madre, peinando a Nuka frente al espejo, mientras él llora porque siempre ha sido un enemigo declarado de los peines. Veo a mi padre, preparándose el desayuno por la mañana, muy temprano, con los ojos medio cerrados todavía y sin mediar palabra con nadie hasta tener el estómago lleno. Veo a Matt, prestándome su cazadora aquel día de invierno en que se nos hizo tarde en el muelle y mi madre nos echó la bronca. Veo a Finnick. Acariciándome la espalda aquella noche que compartimos en la que durante unos días fue mi cama. Susurrándome al oído que jamás se había sentido así, y que se odiaba por ello, que se sentía egoísta, pero que no lo podía evitar.  Veo sus ojos verdes como el mar, brillantes, puros. Veo su boca, repitiendo una y otra vez "te quiero".
Y entonces, escucho el cañonazo.



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