sábado, 23 de noviembre de 2013

Capítulo 29 (final)

Silencio. Está todo muy oscuro, no veo nada. Solo algunos destellos de la luz artificial de la luna sobre el metal de la Cornucopia. El jugo de las almoras ha teñido mis manos de un tono rojizo. Parece sangre. Me las froto con nerviosismo contra mis pantalones, con asco.
Cuando llego a la Cornucopia, entro para ver si por casualidad queda algo aprovechable. Parece que ha pasado un tornado. Está todo vacío, excepto algunas cajas con fruta podrida por el calor. Entonces es cuando lo veo. Hay un cuerpo en el suelo. Está boca abajo, pero por la anchura de su cuerpo sé que es un chico. Su abdomen no toca el suelo. Me acerco despacio y me agacho cuando llego a su lado. Me quedo así un par de minutos, para asegurarme de que no respira. Trago saliva y le doy la vuelta. Unos 17 años, aproximadamente. No consigo recordar de qué Distrito era, pero por su tono de piel, supongo que del 11. Tiene un machete hundido en el estómago. Lleva la chaqueta desabrochada, y el que le clavó el machete debió de haberse ensañado, porque sus vísceras sobresalen de la herida en forma de estrella. La visión hace que se me revuelva el estómago y no puedo evitar vomitar.
Saco el machete de su abdomen con un movimiento limpio, aunque cuesta, y limpio la sangre espesa contra mi pantalón. Le miro por última vez y me pongo en pie.
Cuando salgo de la Cornucopia, el cielo ha cambiado. Luces cegadoras al rededor de la cúpula iluminan la Arena, pero no consigo ver de dónde vienen. No son focos. Son luces, simplemente. Me siento desprotegida en la gran explanada.
Y ahí está ella. Clove. Lleva el pelo suelto, ligeramente húmedo, tal vez por el sudor. Hace mucho calor. La luz me permite ver cómo me mira. Puedo ver su media sonrisa maliciosa, recreándose en su mente con todo lo que está a punto de pasar, algo que seguramente lleve pensando mucho tiempo. Se acerca, despacio, y yo también camino hacia ella. Pienso en lo entusiasmados que deben estar todos en el Capitolio. Pienso en quién, de todas las personas que conozco, estará viendo esto. Con esa excitación culpable por ver correr la sangre, pero procurando que nadie lo note. Los seres humanos somos simples. Pan y circo, nada más.
Cuando nos separan aproximadamente unos diez u once metros, lanza el primer cuchillo. Consigo esquivarlo con rapidez agachándome, pero no pasa ni medio segundo cuando lanza el siguiente, que me pasa rozando la cabeza y me abre una profunda brecha.
"Ahora o nunca", pienso. Vuelvo a ponerme de pie, algo mareada, y lanzo el machete con todas mis fuerzas contra ella. Éste vuela cortando el aire y se queda clavado, como un arpón, en su hombro. Clove suelta un grito que me hiela la sangre, porque no es de dolor. Es de ira. Con una frialdad de la que no creía capaz a nadie, coge el machete con firmeza y se lo saca del hombro sin mover ni un músculo de su cara de niña. En lugar de lanzármelo, lo deja caer a su lado. Nunca había visto una mirada tan agresiva como la suya. Empieza a caminar en mi dirección, casi corre, y se abalanza sobre mí. Caemos al suelo y mi espalda se lleva la peor parte. Rodamos por el suelo de un lado a otro hasta que consigo ponerme encima de ella. Coloco ambas manos en su cuello y aprieto con fuerza. Entonces veo sus ojos, y veo a la verdadera Clove. Es una cría, no debe de tener más de 15 años. Tiene miedo. Me mira a los ojos, a mí, a su asesina. Sin saber cómo, ni por qué, mis manos aflojan el agarre poco a poco. Pasan tan solo unos segundos, el tiempo suficiente para que se impulse, poniéndose encima de mí, y deslice su último cuchillo con rapidez por mi pálido cuello.
No me duele. Veo sus ojos, los mismos de antes, los de la Clove tributo. La visión se vuelve cada vez más borrosa, y entonces tengo miedo. Cierro los ojos poco a poco, entregándome a la extraña calidez de la muerte. He perdido. Caras aleatorias pasan por mi mente en mis últimos momentos de lucidez, cuando empiezo a atragantarme con mi propia sangre. Mamá. Papá. El chico del distrito 11. Nuka. Matt. Effie. Cato. Las chicas del colegio. Cinna. Las gemelas. Gloss. Glow. El mar. Finnick. Finnick. Finnick.







                                                                             FIN

martes, 9 de julio de 2013

Capítulo 28

Me siento al pie de un árbol, un poco antes de llegar a nuestro campamento, y el cielo se ilumina para dar paso a la lista de fallecidos en el día de hoy. Algunas caras me resultan familiares. Otras no me suenan de nada. Hacia el final del comunicado, veo la cara de Fred. La pena me invade. Creo que... no se merecía haber muerto. Quiero decir, sí, me traicionó, pero ¿no lo hubiera hecho cualquiera si fuese necesario? Justo después, Gloss y Glow. Recuerdo la expresión en el rostro de Gloss al mirar el cuerpo sin vida de su hermano, y un escalofrío me recorre la espalda. "Yo ya he muerto, Kate. Sin mi hermano, yo ya he muerto", me dijo. Supongo que al menos ahora están juntos.

Doce. Hoy han muerto doce. Si mis cálculos no fallan, quedamos cuatro. Dios mío, sólo cuatro...
Después de un par de minutos en silencio, pensando en las mil maneras en las que puede terminar todo ésto, decido ponerme en pie para volver junto a Cato. Al incorporarme, todavía con torpeza porque la herida me sigue doliendo, un trozo de papel cae de mi bolsillo. 
-La nota de Finnick -me susurro a mí misma-
Desdoblo la nota con las manos repentinamente temblorosas, y leo en silencio:


Nada de lo que te diga ahora servirá para expresar todo lo que estoy sintiendo ahora mismo.
Lo estás haciendo genial, Kate, cada vez sois menos y tú sigues luchando, y eso es magnífico, pero a la
vez es algo terrible. Se acerca el final, y vas a tener que tomar muchas decisiones difíciles, vas a correr los 
mayores riesgos de tu vida. Ojalá pudiera decirte qué va a pasar, cuál es el siguiente paso, cómo va a  acabar todo ésto, pero no puedo. Cuando ví lo que Fred te hizo, yo... quise matarlo yo mismo. Confío en que la medicina que te envío te deje como nueva. 
Te quiero, Kate. Te quiero. Te estaré esperando.

                                                                                                                               Finnick



Cuando las lágrimas han empapado la hoja tanto que es casi imposible leer lo que pone, la rompo y la entierro en el suelo. Si Cato la leyese sí que sería el final.
Creo que no era del todo consciente de la magnitud de la situación hasta este momento. He podido sentir su preocupación, las ansias de que todo acabe de una vez pero al mismo tiempo querer alargarlo lo máximo posible por miedo a lo que pueda pasar. También he sentido que me quiere, y eso lo cambia todo. Ambos sabemos que la situación es insostenible, que en cualquier momento algo fallará y... no quiero pensarlo.
Camino todavía algo confusa entre los árboles, hasta que por fin llego al campamento. La hoguera está apagada, algo que me resulta extraño teniendo en cuenta que han bajado las temperaturas. Miro hacia arriba, entre las copas de los árboles, pero no veo a Cato. Decido sentarme a esperarle, aunque soy consciente de que no es lo más inteligente, pero estoy muy cansada. Tengo las manos frías, así que me las meto en los bolsillos de la chaqueta y noto las bayas venenosas que todavía conservo, parte del obsequio de Katniss Everdeen. Si me las tomara... No, no puedo. Me odio a mí misma por haberlo pensado siquiera. 
Un ruido llama mi atención entre los árboles y veo a Cato, que camina con paso lento y pesado. Intento descifrar la expresión de su rostro, pero me resulta imposible. Se sienta enfrente de mí, y al cabo de unos segundos levanta la vista y me mira. 
-No era mi intención matarle... -me dice.
-Tranquilo, lo sé -contesto-.
Miente. Sabe que sé que miente, pero ni siquiera se preocupa por dar credibilidad a sus palabras. Simplemente lo ha dicho para asegurarse de que todavía me tiene, de que todavía pienso seguir a su lado, ya sea durante unas horas o un par de días.
Se sitúa a mi lado y me abraza por los hombros. Huele a una mezcla de sangre, sudor y tierra. Supongo que todos olemos así.
-Bueno... -empiezo. -Solo quedamos cuatro. Ambos sabemos que Clove no tardará en venir a por mí, así que... -vacilo un momento. ¿Qué estoy haciendo?. -Prefiero que me mates tú.
-¿Qu... qué? -me mira sin comprender, con el ceño fruncido y los ojos muy abiertos.
-Sé que no es fácil lo que te estoy pidiendo, pero prefiero que lo hagas tú antes que ella 
Me pongo en pie y cojo una de las lanzas que descansan apoyadas junto al árbol en el que dormimos. Vuelvo a su lado y se la pongo en las manos, colocando la punta justo en mi corazón.
-Vamos, Cato -le digo con voz dulce, intentando que no se note que el propio miedo ya me está matando. - Hazlo.
Él no deja de mirarme a los ojos. Las manos le tiemblan, y no puede evitar que la lanza se le caiga.
-No puedo -me dice. Los ojos están a punto de salírsele de las órbitas. -No puedo hacerlo. No quiero matarte, Kate, no... Yo quiero estar contigo -dice con desesperación contenida.
Nunca le había visto así.
-Yo también quiero estar contigo -le miento-, pero me temo que no tardaremos mucho en separarnos. A no ser que... es igual, olvídalo.
-No, no te calles. ¿Qué ibas a decir?
-Iba a decir que, bueno... ¿recuerdas a Katniss y Peeta el año pasado?
Asiente.
-Ellos tampoco querían separarse, por eso recurrieron a... Ya sabes... El suicidio -le digo. Creo que me estoy arriesgando demasiado.
-¿Estás proponiéndome que nos suicidemos? ¿Crees que el Capitolio nos lo permitirá? -dice en un susurro, intentando evitar que los micrófonos lo escuchen.
-¿Y por qué no? Lo nuestro no es como lo del año pasado, Cato. Este año habrá vencedora, y será del Distrito 2. Clove. Tal y como tú querías. Estarás honrando a tu distrito con este sacrificio. 
Tras unos minutos meditando, finalmente me da una respuesta.
-De acuerdo, hagámoslo -me dice, aparentemente seguro de lo que vamos a hacer.
Me acerco a él dejando la lanza a un lado y le beso en los labios. Él sostiene con fuerza mi cintura, como si temiese que me fuera a algún sitio, y yo rodeo su cuello con mis brazos, atrayéndolo más hacia mí e imaginando a duras penas que se trata de Finnick.
Finalmente, nos separamos.
-¿Cómo lo hacemos?
-Había pensado en bayas. Jaulas de Noche. Son rápidas, prácticamente indoloras y fáciles de conseguir. Iré a buscar unas cuantas -le digo.
-Voy contigo -dice, siguiéndome.
-Es mejor que te quedes aquí por si acaso aparece Clove, ¿no crees? -le digo, intentando sonar lo más inocente posible. -No tardaré, te lo prometo.
-Está bien, me quedaré por aquí.

Me alejo por un estrecho camino hasta llegar a uno de los arbustos que dan almoras, muy similares a las Jaulas de Noche (tanto que es fácil confundirlas) pero que sin embargo son totalmente comestibles, cojo unas cuantas, las meto en el bolsillo contrario en el que se encuentran las Jaulas de Noche y emprendo el camino de vuelta.
Cuando llego, me lo encuentro sentado en un tronco, preocupado. En cuanto me ve, la expresión de su cara cambia a una especie de alivio.
-Ya las tengo -le digo, y deposito las Jaulas de Noche en su mano.
Sostengo las almoras en mi mano y nos colocamos de rodillas el uno frente al otro.
-Espera un momento -me dice.
Me ha pillado.
-¿Estás segura de todo esto? No te ofendas, pero no quiero que te arrepientas cuando yo ya tenga las bayas en la boca.
-Vaya... creí que después de todo, tenías algo de confianza en mí -digo haciéndome la dolida.
-Sí, tienes razón... -me acaricia la mejilla. -Lo siento.
Le sonrío.
-¿Preparado?
-Sí.
-Contemos juntos, a la de tres.
1
2
y 3.
Ambos nos metemos las bayas en la boca. Las almoras estallan en mi boca con su sabor ácido, haciendo que me lloren los ojos. Cato se lleva las manos a la garganta, señal de que las Jaulas de Noche están haciendo efecto. Me quedo ahí, de rodillas, hasta que deja de luchar y se escucha el cañonazo. Le miro. Es solo una víctima más de todo ésto. Le cierro los ojos suavemente, me pongo en pie de nuevo y pongo rumbo hacia la Cornucopia.

lunes, 27 de mayo de 2013

Capítulo 27

Despierto y ya ha anochecido. Ya ha pasado otro día. La cabeza me da vueltas y siento una presión en el costado derecho que hace que me cueste un poco respirar, pero no me duele. Empiezo a recordar lo que ha pasado: Fred mirándome con cara de alivio al mismo tiempo que espanto. Fred abrazándome muy fuerte, como si no quisiera despegarse de mí. Fred clavándome su cuchillo con la única intención de acabar con mi vida. Parece que no lo ha conseguido. Me pregunto qué pensarán sus padres. El hombre que casi me suplicó que protegiese a su hijo, el mismo que me traicionó de la peor forma. ¿Por qué lo hizo? Quiero decir, ¿por qué a mí? Tal vez porque sabía que yo nunca se lo haría a él.
Oigo ruidos de movimiento a mi lado. Estoy tumbada en el suelo, sobre un par de mantas, y sentada junto a mí, veo a Gloss. Juguetea con un trozo de hoja, y la tira a un lado cuando ve que intento levantarme.
-Menos mal, creí que no despertarías -dice, con alivio sincero.
-Si te soy sincera, yo también -le digo, y me incorporo poco a poco hasta quedar sentada a su lado.- ¿Dónde está todo el mundo?
-Cato se ha ido a dormir, estaba cansado. Y mi hermano anda por ahí haciendo guardia -guarda silencio unos segundos.- Menudo susto nos has dado, ¿eh? La próxima vez tienes que estar más atenta.
-Si, lo... lo siento -me froto la frente con nerviosismo.- ¿Dónde está?
-¿El crío de tu distrito? Digamos que Cato se ha hecho cargo.
-En el fondo siento pena por él, ¿sabes? Sé que no quería hacerlo.
-Eso da igual, Kate. Lo hizo. Punto. 
Asiento en silencio. Sé que tiene razón, pero uno de mis mayores defectos es ser demasiado compasiva. Nada en exceso es bueno.
Alguien se acerca a nosotras desde la zona de penumbra. Es Cato.
-Eh, cuatro, ¿te duele? -dice, y se deja caer en frente de nosotras.
Me reconforta que no me llame Kate.
-Sorprendentemente no... -me toco la herida instintivamente- ¿Cómo se ha curado?
Siento a Gloss echando una mirada rápida a Cato, mirada que él no parece captar.
-Inmediatamente después de que ese imbécil te atacara, llegó un paracaídas de tu distrito. Era de tu mentor, ese tal Finnick. Uno de esos ungüentos milagrosos, ya sabes. La medicina del Capitolio -dice, restándole importancia.
-No había ninguna nota -suelta Gloss, sabiendo que era exactamente lo que estaba a punto de preguntar.
-¿Ah, no? -pregunto, intentando que Cato no note cómo me tiembla la voz.
-No. Nada. Ese tío es un imbécil, ¿a que sí, Cato?
-Y tanto. No me importaría tener unas palabras con él. En fin, ya tendré tiempo de hacerlo cuando acabe todo esto.
-Si, si -dice Gloss, ignorando completamente su ataque de soberbia. -Oye, ¿podrías ir a buscar a mi hermano? Está tardando mucho y estoy preocupada.
-Como quieras -contesta él sin más, y desaparece entre la arboleda.
Dejo caer mi cabeza hacia delante, sobre mis manos, intentando sofocar mis ganas de llorar. Gloss parece notarlo, porque se inclina sobre mí y me abraza. Noto cómo mete algo en mi bolsillo.
-No podía dejar que lo viera -susurra en mi oído. -No lo mires hasta que se haya dormido.
La miro, con la vista todavía borrosa por las lágrimas. Intento decírselo todo con la mirada, agradecerle todo lo que está haciendo por mí sin esperar nada a cambio, y parece entenderlo. Me sonríe.
Algo cambia de repente. La sonrisa desaparece, abre mucho los ojos y frunce el ceño hasta que sus cejas casi se juntan entre sí. Pánico. Rápidamente, se pone en pie y echa a correr por donde de había ido Cato.
Voy detrás de ella, lo más rápido que puedo teniendo en cuenta que respirar me supone un esfuerzo y todavía estoy algo mareada.
Cuando por fin llego a donde están los demás, veo a Glow tendido en el suelo boca arriba, moviéndose con espasmos, casi convulsionando. Puedo ver un hilo de sangre bajando por la comisura de su boca. Gloss está arrodillada a su lado, llorando con desesperación y abrazándole con fuerza, atrayéndolo hacia ella. Cato está de pie, a un par de metros de ellos, observando la escena. Sostiene algo en una mano. Es la hoz que me prestó por la mañana. La sangre gotea a borbotones. Le miro, pero él no me mira a mí.
Decido acercarme a los gemelos. Me arrodillo junto a Gloss en silencio, mientras ella acaricia la cara de su reflejo con delicadeza, al tiempo que éste comienza a cerrar los ojos. Me fijo mejor y veo el profundo tajo que le atraviesa el vientre; si fuese un poco más grande, tal vez se le hubiesen salido las tripas.
Un cañonazo nos sobresalta. Glow ya no está con nosotros. 
De repente, Gloss aparta la mirada de él y la clava en Cato. Tiene la cara roja y desencajada.
-Tú... ¡Has sido tú! ¡¡Tú le has matado!! -grita, poniéndose de pie con intención de abalanzarse sobre él. Me levanto rápidamente y la sujeto por los hombros, susurrándole que se tranquilice.
-Ha sido sin querer, ¿vale? -contesta Cato, sin ningún tipo de expresión en la cara. -No le escuché llegar y actué por instinto. Es culpa suya, yo no tenía por qué saber que era él.
-¡¿Qué?! ¿Tienes la poca decencia de echarle la culpa a mi hermano? ¡Su cuerpo todavía está caliente! -grita ella, y al darse cuenta de la realidad de sus palabras, comienza a llorar de nuevo y vuelve junto al cuerpo de su hermano.
Ésta vez, Cato sí me mira. Mis deseos ahora mismo se resumen en su muerte inminente, pero no sería lo más inteligente en mi estado.
-Creo que deberías irte -le digo sin que Gloss me oiga e intentando sonar neutral.
Me sostiene la mirada un rato, pero finalmente asiente y se va cabizbajo. Parece muy cansado.

Me acerco de nuevo a Gloss, que observa la cara de su hermano con detenimiento, como si esperara que en cualquier momento éste hiciese una mueca o un gesto.
De pronto me mira, con unos ojos ya sin vida.
-Necesito tu ayuda -me dice con un hilo de voz.
-Claro -le digo. -Haré lo que me pidas.
Hace una pausa y continúa.
-Yo ya no puedo seguir con ésto. Lo sabes, ¿verdad? Te lo expliqué cuando llegamos aquí. No puedo vivir sin mi hermano. Ya estoy muerta, ¿entiendes? Necesito que me ayudes -dice, y me agarra con firmeza por las solapas de la chaqueta.
-¿Me estás pidiendo que te mate? -le pregunto con incredulidad. Ella asiente. -No. No, me niego. No pienso hacer eso.
-Me lo prometiste -dice, con tono suplicante pero severo. -Dijiste que harías cualquier cosa.
-Pero no puedes pedirme algo así -le digo, poniéndome de pie. -No es justo.
-¿Y ésto sí? -dice, y mira a su hermano.
Nos quedamos en silencio durante unos minutos.
Entonces recuerdo las bayas venenosas que Katniss Everdeen me envió. "Úsalas bien", decía.
Busco en uno de mis bolsillos y las cojo. Algunas están un poco aplastadas, pero todavía sirven. Escojo unas cuantas y guardo el resto de vuelta en mi bolsillo. Me agacho de nuevo a su lado y se las pongo en la mano. 
-¿Funcionará? -me pregunta.
Asiento en silencio.
-Gracias -me dice. Siento la gratitud en su voz.
-Gracias a ti -le digo. -Por todo.
Asiente y su cara adopta una expresión que podría ser una sonrisa, si no hubiese perdido ya la capacidad de sonreír. 
Nos abrazamos con fuerza. Voy a perderla. Ahora estoy sola. Nos separamos, ambas con lágrimas en los ojos.
-¿Te importa dejarnos solos?
-Claro, lo siento -digo poniéndome en pie.
-Adiós, Kate -me dice.
-Adiós -contesto, y me alejo entre la maleza.
A los pocos minutos, un cañonazo me hiela la sangre.





martes, 14 de mayo de 2013

Capítulo 26

La recuerdo. Como para no hacerlo. "La chica en llamas". Me pregunto si en el Capitolio sabrán que me ha enviado estas bayas...
Aunque no sé muy bien qué quiere que haga con ellas. ¿Que me suicide? ¿Que haga que los demás se las coman? No creo que cuele.
"Úsalas bien", vuelvo a leer.
Me sobresalto con el sonido de un cañonazo, señal de que un Tributo ha muerto. Solo que no sabremos quién es hasta el final del día.
Tiro la cápsula tras un arbusto y me guardo las bayas en el bolsillo de la chaqueta.
Desgraciadamente para mí, el estruendo despierta a Cato, que comienza a llamarme desde lo alto del árbol.
-¿Qué haces ahí abajo?
-Escuché unos ruidos y pensé que Clove podría haber vuelto -contesto.
-¿Y?
-Nada. No hay nadie.
Algo llama mi atención entre los árboles. Mi mano se mueve rápida hacia el cuchillo, y entonces distingo una cara familiar. Es Fred. Ambos nos quedamos mirándonos el uno al otro, con una mezcla entre alivio y confusión. Cato todavía no le ha visto.
-Oye, Cato -le digo- voy a echar un vistazo por aquí, tal vez Clove viniera a buscarnos anoche y ande deambulando todavía.
-¿Estás segura? -me pregunta, y antes de dejarme contestar, prosigue. -Bueno, está bien, pero llévate ésto.
Una hoz de metal, afilada y visiblemente muy pesada cae a mis pies. Si hubiese estado un par de centímetros más adelante, me hubiese atravesado la cabeza, pienso.
Sin mediar más palabra, cojo la hoz y me dirijo hacia Fred, que sigue oculto.
Me sonríe. Cuando estamos seguros de que nadie puede vernos (nadie presente en la Arena, al menos), nos abrazamos.
-¿Estás bien? -le pregunto. Su cabeza coincide justo debajo de mi barbilla.
-Si te contestara que sí creo que habría perdido la cabeza del todo -bromea, y se separa de mí. -Te veo bien. ¿Qué tal con los profesionales?
-Es seguro... pero frustrante.
Hace una mueca.
-Oye, Kate... Lo siento, ¿vale? Ojalá esto no tuviera que ser así.
-¿A qué te refieres? -pregunto extrañada.
Y clava un grueso puñal en mi costado derecho.

Dicen que sin confianza no hay traición. Tal vez esa haya sido siempre mi mayor debilidad. 
El dolor es tan intenso como insoportable. Estoy segura de que me ha tocado el pulmón, porque respirar se vuelve casi imposible.
Le miro mientras mis manos tiemblan sobre la empuñadura del puñal, sin comprender. Él me sostiene la mirada, disculpándose. Puedo ver la culpa y la vergüenza en sus ojos, así como siento la muerte en los míos.
Me dice algo, pero su voz se vuelve distorsionada, al igual que su imagen. 
Las rodillas comienzan a fallarme y caigo al suelo, apoyándome sobre las manos. Me tumbo sobre el costado izquierdo y lo único en lo que puedo pensar es en lo mucho que deseo escuchar el cañonazo que indique que ya me he muerto. Sorprendentemente, el dolor va desapareciendo, a medida que me desangro. Imágenes aleatorias vagan por mi cabeza: veo a mi madre, peinando a Nuka frente al espejo, mientras él llora porque siempre ha sido un enemigo declarado de los peines. Veo a mi padre, preparándose el desayuno por la mañana, muy temprano, con los ojos medio cerrados todavía y sin mediar palabra con nadie hasta tener el estómago lleno. Veo a Matt, prestándome su cazadora aquel día de invierno en que se nos hizo tarde en el muelle y mi madre nos echó la bronca. Veo a Finnick. Acariciándome la espalda aquella noche que compartimos en la que durante unos días fue mi cama. Susurrándome al oído que jamás se había sentido así, y que se odiaba por ello, que se sentía egoísta, pero que no lo podía evitar.  Veo sus ojos verdes como el mar, brillantes, puros. Veo su boca, repitiendo una y otra vez "te quiero".
Y entonces, escucho el cañonazo.



sábado, 11 de mayo de 2013

Capítulo 25

Encuentro a Cato apoyado en la Cornucopia, con la cara escondida en las manos. 
Al oírme llegar, se endereza y me mira de reojo, disimulando.
Le ofrezco un trozo de pan mientras le doy un mordisco al mío.
-¿Estás bien? -le pregunto.
-Si, es que siempre me ha sacado de quicio... -dice cogiendo el pan.
-¿Os conocíais? Antes de la Cosecha, me refiero.
-Si, mi madre y la suya eran amigas y coincidíamos a veces. Siempre ha estado un poco loca, solo hay que verla. 
-Pero te importa -le digo.
-¿Por qué dices eso? -pregunta él curioso.
-Por cómo te has puesto. Si no te importara lo que piense de ti, no hubieses reaccionado así.
-Bueno, en nuestra situación, creo que da bastante igual lo que pensemos los unos de los otros.
Nos quedamos en silencio durante un rato. Me pregunto dónde estará Fred. Si estará solo. Si se habrá aliado con alguien. Si se estará muriendo.
-¿No hace mucho calor? -me pregunta mientras se pasa las manos por el pelo.
-Si, y es raro, siendo de noche... 
-Creo que deberíamos volver, no es muy inteligente estar aquí sin armas.
-Habla por ti -le digo, palmeando el bolsillo derecho de mi pantalón, del que sobresale el mango de un cuchillo.
Él sonríe divertido y apoya una mano en mi espalda para encaminarnos de vuelta a nuestro campamento.
El camino no es muy largo y no es que vayamos a toda prisa, pero cuando llegamos, ambos nos hemos quitado las chaquetas y el sudor nos resbala por la frente.
-Vaya, menos mal -dice Glow en cuanto nos ve, mientras utiliza una esterilla para ventilarse torpemente. -Creía que éramos los únicos.
-¿A qué viene este calor? -pregunta Cato a nadie en concreto mientras se quita la camiseta. Alcanzo a ver una cicatriz en la parte derecha del bajo vientre. Apendicitis, supongo.
El calor es insoportable, cuesta respirar. Los pies me arden. 
-Viene del suelo -digo.
Gloss me mira como si acabase de decir que he visto un cerdo volando.
-¿Del suelo?
Me agacho y pongo una mano en la tierra bajo mis pies. Tengo que apartarla rápidamente, y cuando la miro,  está roja, como si hubiese tocado una estufa.
-Compruébalo tú misma -le digo, y mientras ella y su hermano toquetean el suelo incrédulos, me acerco a Cato. -Tenemos que hacer algo, está demasiado oscuro para ir a otro sitio pero no podemos dormir aquí.
-¿Qué sugieres? -me pregunta.
Echo una mirada a los árboles que nos rodean.
-Son bastante altos, podemos intentarlo, al menos. La temperatura seguirá subiendo, si nos quedamos en el suelo, probablemente no lleguemos a mañana.
-Tú mandas -dice él, sin pensárselo dos veces- Eres el cerebro del grupo.

Despierto con los rayos del sol quemándome la piel que no cubre la sombra del árbol. Cato me abraza, durmiendo todavía. "Es una suerte que quepamos los dos", dijo. Yo asentí y sonreí. Soy una buena mentirosa. 
He soñado con Finnick. Mi cerebro tiende a pensar en él durante todo el día, pero me obligo a mí misma a no hacerlo. Aunque el subconsciente es incontrolable.
No era un sueño claro, no recuerdo bien qué se supone que pasaba, pero recuerdo ver su cara como si la tuviese delante ahora mismo. Sus ojos, su boca, su pelo. Pero no está. No está aquí conmigo.
Algo pequeño y plateado llama mi atención en el suelo, debido a que los rayos del sol hacen que destelle y me ciegue por momentos. Al principio pienso que es un cuchillo, pero me extraña que se nos haya olvidado algo tan necesario como un cuchillo en el suelo. Me deshago del abrazo de Cato con cuidado y bajo torpemente del árbol. Me dejo caer cuando estoy lo suficientemente cerca del suelo, pero una oleada de dolor me recorre desde los talones hasta la cabeza. Demasiado alto. Me acerco al objeto brillante y descubro que se trata de una cápsula metálica, de esas que los patrocinadores envían a los tributos para echarles un cable. Pone "Katherine". Me aseguro de que nadie me ve y la abro con ansia, esperando que sea de parte de Finnick. 
Es del Distrito 12. Bayas venenosas. Jaulas de Noche, concretamente. Van acompañadas de una nota. "Úsalas bien. Firmado: Katniss Everdeen"

jueves, 18 de abril de 2013

Capítulo 24


-Venga, vamos -dice Cato, tirando de mi brazo.
Echo una última mirada hacia atrás. No puedo contar el número de cadáveres que yacen inmóviles en las inmediaciones de la Cornucopia. Fred no está, o eso creo.
Llegamos a uno de los oasis que hay en la Arena, los árboles son bastante frondosos, por lo que será fácil esconderse.
Nos sentamos en la orilla de un pequeño lago, no muy grande, pero con un poco de suerte, un buen suministro de agua.
-No ha estado mal -comenta Gloss, con una sonrisa, mientras se sienta al lado de su hermano.
Todos concuerdan con ella y comentan cómo les ha ido. Yo no sé muy bien qué hacer. ¿Han visto el vídeo? Claro que lo han hecho. No entiendo por qué Cato hace como si nada. Es repugnante, si, pero aunque suene raro, creí que... No sé.
-Se está haciendo de noche -dice Clove, muy seria. -Deberíamos ir a buscar leña para hacer fuego.
-¿Con el calor que hace? Creo que no nos hará falta, enana -dice, soltando una risa burlona que hace que las finas facciones de Clove se tensen y sus mejillas adopten un color rojizo.
-Creo que tiene razón -digo, y la risa de Cato para. Trago saliva y continúo. -Recuerda que todo está controlado por ordenador, puede que ahora haga calor y dentro de 10 minutos esté nevando. No está de más tener provisiones.
-Hum... bueno, es cierto -dice Cato, mientras se levanta.
Comienza a caminar en dirección a la parte frondosa del oasis, con Glow a su derecha y Clove siguiéndoles un par de pasos por detrás.
-Oye, Kate -me dice Gloss, apartándose el pelo hacia atrás con un gesto que catalogaría como lo más elegante que he visto en mi vida. -Te noto rara, ¿te pasa algo?
-No, bueno -miro a mi alrededor- todo esto es... inquietante. Además -decido sincerarme- estoy un poco preocupada por, ya sabes... el vídeo.
-Oh, ya decía yo... Le quieres, ¿verdad? A tu mentor. Finnick, ¿no? -me pregunta.
Casi pude sentir cómo se me paraba el corazón. Siendo consciente de mi estupefacción, continúa.
-Escucha -dice, sentándose frente a mí con las piernas cruzadas- a veces, los mentores no son del todo... éticos. Conozco casos de chicas que han tenido que acostarse con sus mentores para conseguir patrocinadores. Le puede pasar a cualquiera. Convencí a Cato de que te había pasado algo así. Que había hablado contigo un momento después de las entrevistas y que te habías desahogado conmigo. Le dije que hubieras sido tonta si te hubieses resistido, y pareció entenderlo. Quiero decir, los patrocinadores valen tu vida. Literalmente. Yo, por ejemplo, nunca lo hubiera hecho, porque los patrocinadores me importan más bien poco. Sé que mi hermano y yo no podemos ganar porque solo se permite un ganador. Ambos sabemos que vamos a morir, porque yo no podría vivir sin él, ni él sin mí. O sea que es cuestión de tiempo -hace una pausa- Pero tú has venido sola. Tiene mucho sentido. Eres guapa, él no está nada mal -sonríe de lado- Tienes todo el derecho del mundo a luchar por tu vida, sea como sea. Aquí no hay normas, Kate. Esto es la supervivencia. Y puedes estar tranquila, haré lo que esté en mi mano para que salgas de aquí por tus propios medios. Pero tienes que ser feroz, Kate. No dejes que te pisen. No les dejes creer que eres débil. Y menos a Clove. Sé que sientes lástima por ella. La implicación emocional está bien, hasta cierto punto. El punto en el que se convierte en un esfuerzo excesivo. Y siendo benévola no vas a conseguir nada.
Las palabras se arremolinan en mi garganta, peleándose entre ellas por ver cuál sale primero. Me acerco a ella y la abrazo con todas mis fuerzas. Ella corresponde mi abrazo, y aunque no le veo la cara, sé que sonríe.
-Gracias -susurro, con las lágrimas a punto de salir.
-Vaya, vaya, vaya, qué escenita, señoritas -dice una voz desconocida.
Ambas nos separamos. Es un chico, pero no recuerdo haberle visto antes. Tiene el pelo negro y los ojos azules y ansiosos. Lleva el número 5 bordado en la manga de su camiseta, y un cuchillo largo y de dientes afilados en su mano izquierda. Sonríe con malicia.
Me levanto rápido y me dirijo a buscar cualquiera de las armas que hemos cogido, pero la velocidad de reacción de Gloss me supera con creces, y para cuando me giro, ya le está apuntando con el arco.
-¿Decías? -dice ella, sonriendo orgullosa, y dispara una flecha metálica que se incrusta lentamente en el pecho del chico.
Éste hace una mueca de pánico, cayendo de rodillas, hasta que finalmente se desploma debido a la pérdida de sangre.
-Machista asqueroso -murmura Gloss, asestándole una patada en el hombro.
Me siento inútil en estos momentos. Probablemente estaría muerta ahora mismo si ella no hubiese estado aquí. O tal vez no.

Cuando los demás vuelven, ya ha anochecido. Mientras preparamos algo para comer, el cielo se ilumina de pronto: van a pasar la lista de los Tributos que han fallecido hoy.
Observo el firmamento atenta, deseando con todas mis fuerzas que la cara de Fred no aparezca.
Han sido un total de 8: Los dos del 5, el chico del 7, la chica del 9, los dos del 8, la chica del 11 y la chica del 12.
Respiro con alivio, aunque con la angustia de que tal vez no muriera hoy, pero puede que lo haga mañana.
De pronto, Clove se pone en pie.
-¿Cómo sabemos que nos quedaremos todos dormidos al mismo tiempo? ¿Cómo sé que nadie -me mira- me atravesará con una lanza mientras duermo?
Decido contestarle.
-En eso consiste una alianza, Clove. En confiar en un grupo de desconocidos que podrían matarte  sin que ni siquiera te diera tiempo a abrir los ojos. Pero, si no estás segura de esto, puedes irte ahora. Te prometo que no te atacaré por la espalda. O quizá sí. ¿Quién sabe?
Cato, Gloss y Glow se carcajean.
Casi sin que nos demos cuenta, Clove coge uno de sus cuchillos y lo lanza a la altura de mi cabeza, pero afortunadamente para mí, tengo buenos reflejos.
-Vamos, Clove -le dice Cato. -No hace falta ponerse así, solo era una broma.
Ella arde de rabia. Mira a Cato con seriedad.
-Estás traicionando al Distrito -dice, casi en un susurro.
Él se pone en pie, como impulsado por un resorte invisible, y se coloca frente a ella, muy cerca.
-¿Qué has dicho? -le pregunta mientras avanza, haciendo que ella se aleje hacia atrás.
Cato es mucho más alto que Clove, así que tiene que agacharse para poder mirarla a la cara.
-He dicho que...  -dice ella con rabia- Nada. 
-Más te vale. Sabes que no me costaría nada partirte el cuello ahora mismo -sentencia él, dándole la espalda, y comienza a caminar alejándose del grupo, dirigiéndose otra vez a la zona de la Cornucopia.
Gloss y Glow se miran, conversando en su idioma silencioso.
El pecho de Clove se hincha y deshincha con rapidez. Lanza un último cuchillo que sujetaba con fuerza en su mano contra el suelo, dejándolo clavado hasta el mango, y camina en dirección contraria, hacia la zona de los árboles.
Guardo silencio un momento, intentando recuperar la calma después de lo que acaba de pasar, y decido ir a buscar a Cato.





viernes, 22 de marzo de 2013

Capítulo 23


-No sé lo que pueden estar pensando los profesionales. Tal vez vayan a por mí desde el principio. He traicionado la confianza de Cato.
-Bueno, tendrás que confiar en tu instinto, preciosa -me dice Cinna, mientras me ayuda a abrocharme el chubasquero.
Estamos ya en la sala en la que se encuentra el tubo que me llevará directa a la Arena. He decidido no despedirme de Finnick ni de Fred. Mis despedidas ya han quedado por escrito. Prefiero quedarme con los recuerdos que me dejó el día de ayer, y no con caras de funeral. El mío, por ejemplo.
-¿Qué hago si veo que soy su objetivo principal? ¿Me arriesgo e intento coger algunas provisiones o escapo lo más lejos posible de la Cornucopia?
-Creo que deberías arriesgarte. Finnick hará lo posible por intentar mantener la fidelidad de los patrocinadores que ya habíais conseguido, pero no sabemos si sus ayudas serán suficientes para mantenerte con vida si estás con las manos vacías.
-Tienes razón. Tendré que arriesgarme y que sea lo que Dios quiera.
-No. Todo depende de tí, única y exclusivamente de tí. No esperes un empujón divino, porque no lo tendrás. Tú eres la única que puede luchar por tu vida.
-Ya es la hora -me dice Cinna, y algo da un bote en mi estómago. -¿Estás lista?
-No -contesto.
-Tranquila Kate. Confío en ti. Saldrá bien.
Puedo ver la mentira en sus pequeños ojos negros. Cinna me dirige hacia el tubo que me llevará directamente a la Arena. Sin que me dé tiempo a decir nada más, la cápsula se cierra y la plataforma empieza a subir.
Tras un par de segundos de ascenso, salgo a la superficie. Un sol cegador me deslumbra y hace que me cueste tener los ojos abiertos. Coloco una mano sobre mis ojos para proporcionarme algo de sombra, y descubro que este año, la Arena se basa en una especie de sabana extensa y llana. No hay muchos árboles, excepto algunos oasis flanqueando la Cornucopia. Hace mucho calor.
Dirijo mi mirada hacia mi derecha. Ahí está Cato. Está serio, pero no hace ningún gesto que indique mi muerte inminente, y eso me tranquiliza de algún modo. Entonces alguien llama mi atención. Es Glow. Me saluda con la mano. Creo que nunca conseguiré entender su optimismo. Espera, me está saludando. Sonríe. Eso solo puede significar que al menos él no está enfadado conmigo. ¿Por qué no lo está? No lo entiendo. Inconscientemente, vuelvo a mirar a Cato. Si mi mente no me traiciona, y espero que no lo esté haciendo, consigo leer en sus labios un “tú tranquila”.
La emoción que siento en ese momento es descomunal. No está todo perdido. Lo sabía.
10, 9, 8...
Me preparo. Las armas y los víveres están colocados estratégicamente. Las peores cosas (mochilas casi vacías, cuchillos de dudosa calidad, y cantimploras sin agua) las han dejado por la parte más cercana a las plataformas de los Tributos y, por ello, son las más fáciles de conseguir, pero también las más inútiles. Si quieres conseguir algo de provecho, tienes que correr riesgos y acercarte más a la Cornucopia. Cuanto más te adentres en la boca del lobo, mejores cosas encontrarás. El irónico humor del Capitolio, supongo.
6, 5, 4...
Voy a arriesgarme. Tengo posibilidades. Busco a Fred con la mirada, pero no logro localizarle.
3, 2, 1...
Un cañonazo ensordecedor indica que los Juegos han empezado. Intento evitar mirar a los demás, y me concentro en llegar a la Cornucopia lo antes posible. La distacia que tengo que recorrer es de unos cuarenta metros, aproximadamente. Voy lo más rápido que puedo, tratando de esquivar al resto de Tributos y los bártulos que hay desperdigados por el suelo. Mi concentración se desvanece durante un momento cuando acierto a ver a Clove lanzando un cuchillo, que aterriza en el pecho de una niña de no más de 15 años. Esta cae de rodillas al suelo, echándose las manos a la sangrante herida, pero antes de que consiga tocar el cuchillo, se desploma boca abajo en el árido suelo. Vuelvo la mirada hacia Clove, que sonríe fanfarrona.
Cuando llego a la Cornucopia, mi primera reacción es empezar a rebuscar entre las cosas con la intención de encontrar algo con lo que defenderme. Para cuando me doy cuenta, Cato está a mi derecha.
-Los gemelos y Clove nos cubren. Ten, usa esto -me tiende una especie de hacha con la cuchilla algo más redondeada de lo normal. Yo estoy... alucinando, basicamente. Cojo el hacha ante su mirada amable, y acto seguido me dedica una sonrisa de complicidad.
Mi adrenalina está a niveles superlativos ahora mismo. Siento que algo se acerca por mi izquierda. Mi brazo, el que sostiene el hacha, se acciona víctima de un acto reflejo lanzando un golpe preciso hacia donde procede el sonido. Un ruido sordo. Un impacto certero. Todavía inconsciente de lo que ha pasado, tiro del hacha y la observo: la sangre, espesa y oscura, resbala por el filo de la cuchilla. Algo cae a mi lado, chocando con mi pierna izquierda. Giro la cabeza lentamente para encontratme con una chica que yace en el suelo, con los ojos muy abiertos y una gran herida abierta en el pecho. La recuerdo de los entrenamientos. Distrito 3. Tiene mi edad. Tenía. Todo se vuelve muy borroso. Es la primera persona a la que... mato, y aunque me siento un monstruo, una parte de mí espera que no sea la última. ¿Estoy cambiando? ¿Ya han empezado los Juegos a hacer efecto? Vuelvo a mirarla. Me obligo a mí misma a memorizarla. Nunca la olvidaré.
La mano de Cato me palmea el hombro un par de veces. Salgo de mi trance.
-Vaya, no ha estado mal -me dice- Empiezas fuerte.
Acto seguido, gira sobre sí mismo y, tras dar unos ocho o nueve pasos, sujeta de la cabeza a un niño algo más pequeño que Fred, partiéndole el cuello y dejándolo caer. Es increíble como no se le borra la sonrisa de la cara. Realmente está disfrutando.

lunes, 18 de marzo de 2013

Empieza la 2ª parte.

¡Empiezan los Juegos! ¿No estáis nerviosos? Yo si. Bueno, en realidad no, porque yo ya sé lo que va a pasar, je. Pero me gustaría saber qué pensáis que va a pasar, qué creéis que va a pasar con los profesionales, si creéis que Kate va a poder darse el "gustazo" de matar a Cato, o si es algo que se le escapa de las manos. Quiero saber qué pensáis de Fred, de cómo ha ido evolucionando, de cómo los Juegos y el Capitolio en general le han ido cambiando. Me haría mucha ilusión que me lo contarais todo, todo lo que pensáis, vuestras cábalas sobre el futuro de Kate, de Fred, o incluso de Finnick. Solo espero no decepcionaros, dentro de un rato subiré el siguiente capítulo, pero quería hacer esta "pausa para reflexionar".   Así que ya sabéis, dejádmelo en los comentarios, o bien en MD en twitter o simplemente en mención, os contestaré de cualquiera de las tres formas. Nada más que añadir, solo deciros que muchísimas gracias por todos esos mensajes que me habéis mandado y que me han hecho sentir bastante mejor de lo que estaba, sois maravillosos.

Capítulo 22


Está amaneciendo. Es irónico, pero siento que he estado muerta todo este tiempo y que ahora, a escasas horas de enfrentarme con la muerte, he empezado a vivir.
Los finos rayos de sol que entran por la ventana acarician a Finnick, que está a mi lado, abrazándome, y me devuelven una imagen digna de recordar para siempre.
Es una sensación curiosa la que experimentas cuando te das cuenta de que quieres a alguien. Es como cuando buscas algo desesperadamente por todas partes, hasta que te das cuenta de que lo tienes justo delante, y piensas: “Vaya, qué tonta, ¿cómo es que no te he visto antes? ¿Has estado ahí todo este tiempo y yo no me he dado cuenta?”
No quiero moverme de aquí. Que vengan a buscarme los Agentes de la Paz, si quieren. No pienso salir de esta cama en mi vida.
Pero antes tengo un par de cosas que hacer. Me separo delicadamente de Finnick, intentando con éxito no despertarle. Me estiro, todavía sentada en la cama, y localizo un montón de folios y sobres y un par de bolígrafos que pedí anteayer a una de las chicas del servicio.
Los cojo y vuelvo a meterme en la cama. Apoyándolos sobre mis piernas, empiezo a escribir. Primero, una carta a mis padres y a mi hermano. La siguiente, una más breve, para las gemelas. El siguiente en mi lista de cosas por hacer es Matt. La suya es la que más me cuesta escribir. Le sigue la de Fred, que solo recibirá si es el ganador, y espero que lo sea. Dejo para el final la de Finnick y, para cuando termino de escribirla, lo descubro mirándome. Seca una lágrima que resbala por mi mejilla con su mano izquierda.
-Si las cosas salen mal -hago una pausa. Claro que van a salir mal, estúpida. -Te dejo encargado de esto. Hay una para ti. Otra para Fred y el resto para mi familia. Prométeme que se las harás llegar. Por favor.
Se queda un momento en silencio, e intuyo que acaba de volver a la realidad después de esa pausa de ensueño en la que estábamos.
-Haré lo que sea necesario para que lleguen, de eso no te preocupes.
-Bien -le digo, y me quedo un rato mirándole. -Voy a ducharme.
Una vez en la ducha, mi mente me juega una mala pasada y no puedo evitar ponerme en lo peor. Me imagino a mi misma muriendo en el Baño de Sangre de un golpe seco en la cabeza, porqué no, dado por Cato. Solo pensarlo, un escalofrío me recorre la espalda.
O tal vez sería peor un par de cuchillos de Clove, ante la triste mirada de Fred. Mientras las cámaras me graban perdiendo la vida, enviándo esas imagenes directamente a la retina de las personas que más quiero.
Quiero llorar. Tengo muchas ganas, lo necesito. Pero ya no me sale.
Salgo de la ducha, me seco y me visto con la ropa especial para los Juegos. Botas de montaña. Chubasquero con el número 4 a la espalda. Decido sujetarme el pelo en una coleta alta. Salgo del baño. Finnick ya no está.












viernes, 15 de marzo de 2013

Capítulo 21


Bajamos hasta el piso -2, donde están situados los estudios de televisión destinados exclusivamente a las entrevistas de los tributos. Un par de minutos después, nos encontramos en la fila para ser entrevistados. Está a punto de tocarnos. Primero va Fred, después yo. Me ha parecido extraño que Caesar no le mencionara a Cato nada de “lo nuestro”. Tal vez se esté reservando para soltármelo a mí. Fred ya ha vuelto, dejando al público enfervorecido. Es mi turno. Estoy preparada. Escucho la voz de Caesar Flickerman:
-Y ahora, también del Distrito 4, ¡recibamos con un fuerte aplauso a Katherine Bennett!
Un hombre mucho más bajo que yo con unos enormes uriculares me acompaña hasta el final de las escaleras que suben al escenario. La gente aplaude como loca. Eso hace que me sienta mejor. Cuando llego al centro del escenario, Caesar coge mi mano y la besa.
-Bienvenida, Katherine -dice. -¿No está deslumbrante? -pregunta al público, que comienza a gritar, mientras Caesar me hace dar una vuelta sobre mí misma. -De acuerdo, de acuerdo, sentémonos. -Bueno... ¿estás preparada para la primera pregunta? -me dice, con gesto interesante.
-Si -me limito a contestar, notablemente nerviosa. Me sudan las manos y me tiemblan las piernas.
-Está bien, y la pregunta es... ¿cómo estás?
No puedo evitar dar un soplido de alivio bastante sonoro, así que tanto Caesar como el público comienzan a reir.
-Katherine, eres adorable -me dice él, todavía con las risas del público de fondo.
-Gracias -contesto, ahora más relajada.
-Bueno, querida Kate... puedo llamarte Kate, ¿verdad?
-Claro.
-Fantástico. Quiero que sepas que no estoy a favor de la pregunta que te haré a continuación. Verás, corre el rumor por el Capitolio de que las cámaras de seguridad del centro de entrenamiento, han captado unas imágenes que nos gustaría que vieras, para después hablar sobre ello. El vídeo, por favor.
Caesar me señala con un gesto la enorme pantalla situada justo detrás de nosotros.
No, no somos Fred y yo discutiendo. No, no somos Cato y yo en el invernadero.
Somos Finnick y yo. En el ascensor. Besándonos.
Empiezo a marearme, como el día que dijeron mi nombre en la cosecha.
-¿Estás bien, querida? -me pregunta Caesar, colocando su mano suavemente sobre mi rodilla.
Los murmullos de la gente no me permiten pensar con claridad. Esto no debería estar pasando. No formaba parte del plan.
Me mareo, no consigo ver con claridad. Todo es demasiado confuso.
-No, no me encuentro bien... lo siento, discúlpame -le digo y, sin más, me levanto y me dirijo yo sola hacia el ascensor, ante la mirada atónita de todo Panem. Oigo a Finnick gritar detrás de mí, pidiéndome que le espere, pero yo dejo cerrarse la puerta del ascensor.
Me encuentro conmigo misma en el reflejo del espejo. Se acabó. Estoy muerta, incluso antes de empezar. Acabo de firmar mi sentencia de suicidio.
Cuando llego al cuarto piso, ni siquiera soy capaz de llegar a mi habitación. Me derrumbo de rodillas en mitad del salón, como si acabara de recibir un balazo en la espalda. Empiezo a llorar como un bebé que ha perdido su único chupete, y siento los fuertes brazos de Finnick levantándome del suelo sin ningún esfuerzo y llevándome en volandas hasta el sofá. Me abraza como si temiera que me fuera a escapar a algún sitio, y yo me centro en su respiración, tranquila, acompasada. Noto los latidos de su corazón, que suenan al ritmo del reloj de cuco que hay colgado en la pared.
Me obligo a mí misma a registrar su olor en mi cerebro para siempre. Huele a dulce, como a algodón de azúcar. Huele a Finnick. Noto sus besos en mi cabeza, en mi frente. Me abrazo más fuerte a él, si es que eso es posible, y él me responde con lo mismo.
Cuando noto que ya estoy más calmada, levanto la cabeza para incorporarme, y entonces ocurre.
Finnick me besa de nuevo. Solo que este beso sabe a lágrimas, tanto mías como suyas.
-Lo siento muchísimo -me dice, sujetando mi cabeza entre sus manos. -Es todo culpa mía.
-No, no lo es -le contesto, limpiándome las lágrimas. -Yo no me arrepiento. ¿Sabes qué decía siempre mi madre? “Nunca te arrepientas de nada de lo que hagas porque, en su momento, era exactamente lo que querías hacer”. Sé las consecuencias que traerá esto y, aunque suene incoherente, las acepto.
-Te quiero -me suelta de pronto.
No soy capaz de articular palabra. ¿Que me quiere? ¿Por qué? Gracias al cielo, Effie, Fred, Cinna y Portia aparecen en ese momento.
-¡Cariño...! -dice Effie, mientras avanza hacia mí con los brazos abiertos, para intentar reconfortarme con uno de sus abrazos.
Me dejo abrazar por ella, mientras observo el panorama de reojo. Cinna y Finnick se abrazan, dándose un par de palmadas en la espalda. Fred no para de tocarse la cabeza, resoplando.
-¿Cómo estás? -me pregunta en voz baja Fred cuando Effie me suelta para ir a consolar a Finnick.
Le respondo con una mueca de resignación, y él me hace una caricia en la cara que hace que, a pesar de todo lo que se me viene encima, sonría.
-Vale, esto es malo, esto es muy malo -dice Effie, que empieza a hacer gestos con los brazos para que le prestemos atención.
-¿Por qué? -pregunto. -Lo malo sería pasar mis últimos días de vida reprimiendo lo que siento y dejando cuentas pendientes. Eso si sería malo -siento la mano de Finnick apoyarse sobre la parte baja de mi cuello.
-Oh, por favor, ¿te estás oyendo? -me pregunta Effie, indignada. -Tenemos un problema muy gordo, señorita. ¿Qué piensas hacer ahora? ¿Qué pasa con Cato y todo lo que habíamos trabajado? Se ha ido al garete por vuestros líos afectivos.
-Vale, lo entiendo -contesto. -Y lo siento. Pero, como tú has dicho, ahora soy yo la que tengo que plantarles cara a mis problemas. En la Arena estaré sola, no habrá un antes ni un después, seremos yo y mi capacidad de estrategia. Y, hoy por hoy, es lo único de mi que creo que no ha cambiado en absoluto. Llámame ilusa, pero creo que aún hay esperanza.
-Pues, por mucho que me duela sí, eres una ilusa, Kate -responde ella, y su labio inferior empieza a temblar, como haciendo pucheros, y me levanto a abrazarla.
-No te pongas así, tonta. Que la que se juega el pescuezo soy yo -le digo, intentando suavizar el asunto, si es que eso es posible, pero solo consigo que se intensifique su llanto.
Afortunadamente, Portia se ofrece a llevársela fuera hasta que se calme.
-Kate -me llama Cinna y, cuando me acerco a él, me mira fijamente, sujetándome de los brazos. - Escucha atentamente lo que te voy a decir, no quiero que se te olvide nunca. Jamás. ¿Me has entendido?
Asiento, y él continúa:
-Confío en tí. Eres lista, fuerte, tienes carisma. Pondría la mano en el fuego por tí, y sé que no me quemaría. Eres muy especial. Vas a sobrevivir, ¿me oyes? Vas a volver a casa. Lo sé. No tengo ninguna duda. Esto es todo lo que puedo hacer. Creer en tí.
-Muchas gracias, Cinna -le digo, nos damos un fuerte abrazo, probablemente el último y, acto seguido, abandona también la estancia, dejándonos solos a Fred, a Finnick y a mí.
Me dejo caer en el sofá entre ambos. Fred apoya su cabeza sobre mis piernas, como un niño pequeño, y yo empiezo a acariciarle el pelo.
Giro la cabeza hacia mi izquierda y me encuentro con la mirada despistada de Finnick, que me dedica una bonita sonrisa.
Creo que estoy aún más loca de lo que pensaba, porque creo que, ahora mismo, soy casi feliz. No sabría explicar por qué, simplemente me siento así. “La felicidad se basa en las pequeñas cosas”, dijo alguien una vez. Creo que se refería a esto. A este momento. Todo está mal a mi alrededor, todo es caos. Gente a la que mi vida le es indiferente está preguntándose cual va a ser el siguiente paso. Y, sin embargo, aquí estoy yo. Rodeada de las que, sin duda, son dos de las personas más importantes en mi vida. He pasado del llanto a los suspiros de tranquilidad. Del caos a la calma.
Al cabo de unos diez minutos, siento que Fred se ha quedado dormido. Finnick se ofrece a llevarlo a cuestas hasta su cuarto para intentar no despertarle, así que yo aprovecho y me pongo el pijama.
Una vez vestida, al girarme para colgar en vestido en una percha, descubro Finnick apoyado en el quicio de mi puerta.
-¿En qué piensas? -le pregunto.
Se acerca a mí con paso lento y, sujetándome la cara suavemente con ambas manos, me besa. Sus manos van bajando hasta mi cintura y yo, dando rienda suelta a mis sentimientos por primera vez, le abrazo por el cuello, aumentando así la intensidad del beso y también los latidos de mi corazón.
-Oh, mira qué tarde es -dice, al escuchar de fondo el reloj de cuco cantar la medianoche. -Si fuera un mentor decente te dejaría descansar.
-Bueno, creo que ha quedado claro que ninguno de los dos somos lo suficientemente decentes -le digo, y ambos sonreímos, todavía con nuestros labios a escasos milímetros.
-Eres increíble. En vez de odiarme por destrozarte la vida, estás gastando tu valioso tiempo conmigo.
-Shh... -le digo, colocando dos dedos en sus labios. -No lo estropées.
Tengo muchísimo miedo por lo que pasará mañana, pero me obligo a mí misma a centrarme en lo bueno que me queda. Ahora soy yo la que le beso, diciéndole todo lo que no pude hasta este momento.
-Ven -le digo, tirando de él hacia mí en dirección a mi cama, y él me responde con una pícara sonrisa de medio lado insoportablemente irresistible.
Voy caminando hacia atrás, y cuando mis piernas chocan con la cama, le beso de nuevo.
-Duerme conmigo -le pido.
-Moriría contigo ahora mismo si me lo pidieses.
Bajo la cabeza y él besa mi frente.
-Finnick.
-¿Si?
-Te quiero.

Capítulo 20


Esta mañana ha sido la exhibición frente al Alto Mando de nuestras habilidades. He optado por seguir el consejo de Finnick, y me he decantado por algo fácil, he hecho una hoguera en 35 segundos y he lanzado 7 cuchillos a los objetivos móviles. Solo he acertado 4, pero han decidido darme un 6. No está nada mal, teniendo en cuenta que se supone que soy una inútil. Lo que más me ha sorprendido ha sido Fred. Le han dado un 10. Me he quedado muy asombrada, no me lo esperaba y, aunque me mata la curiosidad, he decidido que no le preguntaré qué hizo. A Cato le han dado un 12. Es la máxima puntuación. No sé si eso me beneficia o me perjudica aún más. Finnick no ha hablado conmigo desde lo de ayer. Tan solo breves comentarios, me felicitó por mi puntuación, pero poco más.
Esta noche es la entrevista con Caesar Flickerman. Esta noche todo Panem me verá. Tendré que hablar en público, responder a las preguntas que me haga el entrevistador y caerles bien, hacer que me quieran. Es una incertidumbre que me carcome por dentro, pero estoy bastante segura de mí misma y creo que podré manejarlo.
A las 7 de la tarde, Effie irrumpe en mi habitación con un largo vestido azul, el que quieren que me ponga para el evento. La acompaña una chica del servicio que lleva consigo unos bonitos zapatos de tacón plateados, y unos maravillosos pendientes de plata con una piedra azul en el medio, acompañados de su gargantilla a juego. Me visto con ayuda de Effie y, mientras una de las chicas del Centro de Renovación me peina, llaman a mi puerta. Es Finnick.
-Hola, guapo -dice la chica, con un tono de voz un tanto... sugerente.
Me he fijado en el efecto que Finnick causa en las chicas del Capitolio. Todas lo tienen por una especie de dios, o algo así. Su actitud cambia completamente en cuento lo ven llegar.
-Hola, Marlene -le contesta él, con una sonrisa divertida. - Buen trabajo -le dice, señalando a mi peinado. -¿Te importaría dejarnos un minuto a solas, por favor?
-Claro -contesta ella, claramente decepcionada, y dejando con fuerza el peine sobre la mesa situada a mi lado, sale airada de la habitación.
Me encuentro sentada de espaldas a él, así que dirijo mi mirada hacia él por encima de mi hombro.
Él sigue parado, apoyado en el marco de la puerta con aspecto relajado. Finalmente, avanza hacia mi cama y se sienta, situándose frente a mí. Separa las piernas y apoya los codos sobre sus rodillas.
-Estás preciosa -me dice de pronto, y noto que está nervioso.
-Gracias -me limito a contestar.
-¿Estás nerviosa? -me pregunta.
-Mucho. No porque crea que no lo podré manejar, sino porque me preocupa lo que me pueda preguntar. Cato no ha sido discreto precisamente, y temo que saquen ese tema. No sabría qué contestar.
-Bueno, intenta llevarlo todo hacia un tono de humor. Si te pregunta: “¿Estás enamorada de él?” limítate a contestar “Cato es un amante excepcional, pero no quiero hacerle mucha propaganda ya que habrá 11 chicas más en la Arena y no quiero que me hagan competencia” o algo así. Te ganarás la carcajada del público, esos estúpidos se ríen por cualquier cosa. Todo va a salir bien, Kate -me asegura, cogiéndome de las manos.
Algo en mi estómago empieza a moverse, y en lo único que puedo pensar es en que quiero que me bese otra vez. Es más, creo que lo necesito más que cualquier otra cosa. Pero no soy lo suficientemente valiente como para dar yo el paso, hecho que hace que me den ganas de pegarme una patada en el culo a mí misma. Nos quedamos en silencio un par de minutos, hasta que Effie irrumpe de nuevo, seguida por Enobaria, que me mira como si yo fuera el enemigo público Nº1.
-Finnick, querido, te tienes que ir -le dice Effie, levantándolo de mi cama cogiéndolo por el brazo, y dirigiéndolo hacia la puerta, sin darle oportunidad de articular palabra.
Marlene continúa peinándome, pero esta vez lo hace de manera bastante más brusca. No la culpo.
Cuando terminan de arreglarme, salgo de la habitación y encuentro a Fred dando vueltas por el salón con un nerviosismo que hacía tiempo que no veía en él.
-Estás muy guapo -le digo con una sonrisa, intentando ser amable con él. Le han puesto un esmoquin, con la chaqueta de color azul oscuro y una camisa blanca por debajo.
-Sí, sí, tú también -me dice, casi sin mirarme, mientras camina de un lado a otro.
Me gustaría que nuestra relación no se hubiese enfriado tanto, poder darle un abrazo, poder ponernos nerviosos juntos, llorar juntos, reir juntos.
No me lo pienso más, avanzo hacia él y lo intercepto con un fuerte abrazo que, para mi sorpresa, él corresponde. Cuando nos separamos, las palabras me salen solas.
-Estoy muy orgullosa de tí. Eres la persona más valiente que conozco, y me haría muy feliz que ganarás tú. Te lo digo de corazón, Fred. Has sido muy importante para mí aquí, de alguna manera mi conexión con mi vida en nuestro Distrito, con mi familia, con mis amigos. Quería que lo supieras.
-Eres genial, Kate -me contesta, con una gran sonrisa en la cara, que me sienta como un soplo de aire fresco. -Y yo sí que estoy orgulloso de tí. Ahora lo entiendo. Y quiero que me perdones por mi comportamiento.
-No tienes que pedirme perdón por nada, tonto -le digo, alborotándole el pelo. -Oye, ¿puedo hacerte una pregunta?
-Claro -contesta.
-¿Qué hiciste en la exhibición?
-Espadas y arco. Soy una máquina -me dice, con un gesto de autosuficiencia que, al contrario que en Cato, en Fred me parece adorable.

domingo, 10 de marzo de 2013

Capítulo 19


La comida transcurre de un modo poco usual. Todos son muy amables conmigo, incluso Fred. Supongo que temen que los mate, o algo así. Decido seguir el consejo de Finnick y como hasta que siento que voy a explotar.
-Ahora te toca a tí entrenar, señorita -me dice Finnick, mientras se levanta de su silla y se dirige a mí tendiéndome su mano.
Aunque de primeras su gesto me pilla un poco por sorpresa, no tardo ni medio segundo en cogerle la mano, abandonando la batalla con un último trozo de pastel que se negaba a subirse a mi tenedor.
Cuando llegamos a la planta de entrenamiento, no hay nadie todavía. Nosotros hemos comido pronto precisamente para sacar algo de ventaja.
Ni siquiera sé si podemos estar aquí a esta hora, se supone que hay unos horarios, pero prefiero no preguntar.
-Empezaremos por espadas -empieza Finnick, y su tono de voz, su actitud en general, cambian completamente. Ahora está serio, concentrado, con una entereza admirable, quizá la que a mí me está faltando. -Cuando acabemos, pasaremos a los cuchillos, luego tiro con arco y, por último, cuerpo a cuerpo. Creo que con estas cuatro técnicas tendrás suficiente para poder atacar y defenderte. ¿Estás preparada?
-Nací preparada.

Cinco horas después estoy en mi cuarto. Suelo escribir lo que siento cuando me pasa algo demasiado fuerte y necesito soltarlo cuanto antes. Es un método que siempre hace que me sienta mucho mejor. Cuando termine de escribir esto, lo quemaré.

Finnick me ha besado.
No sé ni cómo, ni porqué ha pasado, pero lo ha hecho. No sé exactamente como me siento. Pero mal no es la respuesta. Tampoco lo es decepcionada, disgustada, enfadada, ni siquiera molesta. La verdad es que no sé exactamente cómo debería sentirme, no se si es correcto lo que estoy experimentando, si debería o no debería, si se puede o no se puede... Pero no puedo evitarlo.
Siempre me había preguntado cómo sería mi primer beso. No era algo que ocupara mi mente a menudo pero, a veces, al mirar a Matt, me preguntaba si sería él quien me lo diera. Sí, vale, sé que Cato ya lo ha hecho en varias ocasiones, pero para mí era como besar a un perro. Como besar un trozo de cemento. No me producía ningún tipo de sensación, más bien me daba asco. Mi primer beso me lo ha dado Finnick. Lo que nunca me hubiera llegado a imaginar es que sería así. Nunca hubiera imaginado que sabría tanto a despedida como a primer encuentro. Como echar a correr, libre de nuevo, y darte cuenta de que te diriges a un precipicio. Felicidad y tristeza. Mejor de lo que me esperaba y peor de lo que nunca hubiera imaginado.
Estábamos terminando de entrenar, todo había ido muy bien, yo estaba contenta, y Finnick también. Pero estaba raro. He de decir que Cato también estaba en el recinto, junto con Clove y su mentor. Quizá por eso se le notaba molesto. No sé qué se le pasó por la cabeza en ese momento pero, cuando subíamos en el ascensor para volver a nuestro piso, nada más cerrarse la puerta, me agarró por la cintura y me besó. Durante todo el trayecto del ascensor. Cuando la puerta se abrió de nuevo, señal de que ya habíamos llegado, simplemente se separó de mi, se quedó unos segundos mirándome y echó a andar rumbo a su habitación. Me quedé parada frente al ascensor unos veinte minutos, y mi siguiente reacción fue venir aquí y escribir esto. Así que lo estoy haciendo.
Me alegro de que haya sido Finnick en lugar de Matt. Quiero muchísimo a Matt, pero no de la manera que todos querrían que lo quisiera. No es que quiera a Finnick... no, no lo quiero. No se quiere a alguien así como así, ¿no? ¿o sí? No lo se. Me gustaría poder decir que me queda mucho tiempo para averiguarlo, pero no es así. Supongo que me tendré que centrar en el presente, y ya está. No puedo trazar un plan a largo plazo. Lo único que puedo hacer es luchar con uñas y dientes por recuperar mi vida.


Cuando termino de escribir, busco un mechero y quemo la hoja.

sábado, 9 de marzo de 2013

Capítulo 18


Vuelvo al piso nº 4 y, como todavía no hay nadie despierto, decido hacer yo misma los honores de empezar el desayuno y darme un pequeño homenaje. Tengo un hambre atroz, ya que ayer no comí prácticamente nada debido al cansancio.
Oigo una puerta que se abre. Distingo el sonido del grifo de la ducha que, al cabo de unos 10 minutos, se cierra. Poco después, Finnick sale de su cuarto.
-¡Buenos días por la mañana! -me dice, secándose todavía el pelo con una toalla. Parece de muy buen humor.
-Buenos días -contesto, también con una sonrisa en la cara.
-¿Qué tal te ha ido con los profesionales? -me pregunta, mientras se sienta junto a mi en la mesa y se sirve un inmenso trozo de pastel.
-Bien y mal -contesto, y al ver interés en su mirada, continúo. -El plan va viento en popa, pero cada vez me resulta más difícil soportarlos, sobre todo a Cato.
-Te admiro, ¿sabes? -me dice. -Yo sería incapaz de estar rodeado de esa gente sin tener instintos asesinos cada vez que abran la boca.
-Créeme, los tengo. Sobre todo hoy. Hasta ahora lo llevaba bien, hasta me divertía contemplar la estupidez de Cato, pero hoy ha sido distinto... me he sentido muy inferior a ellos, como si estuviera perdiendo el control de la situación. Y entonces Cato ha hecho un comentario, bueno, más que un comentario ha sido un gesto, que me ha hecho sentir sucia, me he odiado a mi misma, le he odiado a él aún más de lo que ya lo hacía, he odiado a todos y cada uno de los habitantes de este mundo. Me trata como si le perteneciera, como si fuera mi dueño y fuera yo la inocente que está cavando su propia tumba. Pues está muy equivocado. Pienso matarlo yo misma en la Arena. Voy a borrar de una vez por todas esa estúpida y vomitiva sonrisa que...
-Kate... vamos suelta eso... -me dice Finnick.
Extrañada, sigo su mirada, que apunta en dirección a mi mano derecha. Un cuchillo bastante afilado que había olvidado que seguía en mi mano descansa ahora en la mesa, rodeado de un charco de considerables dimensiones de un espeso líquido rojo oscuro. Es sangre. La mía. En lugar de cogerlo por el mango, lo hice por la cuchilla, y la impotencia de la situación hizo el resto.
Es irónico, pero no soporto la sangre, así que no tardo mucho en desmayarme.

Me despierto en mi cama. Alguien me ha vendado la mano, supongo que Finnick, o quizá Effie. No se cuanto tiempo ha pasado desde que mi cerebro decidió tomarse un descanso, pero no oigo nada al otro lado de mi puerta, y eso solo puede significar dos cosas: o bien no ha pasado mucho tiempo y Fred todavía no se ha levantado, o bien es mucho más tarde de lo que yo pensaba y se han ido sin mí.
La segunda opción me pone tan furiosa que me levanto de golpe de la cama, lo que hace que me marée y vuelva a caer de nuevo, sentada sobre la almohada. La ridiculez de la situación me obliga a reirme, pero no es una risa normal, me rio como una histérica, y esa risa pronto deja paso a un llanto infantil que me hace enfadarme más todavía conmigo misma. Me estoy volviendo loca. Es oficial.
Después de lamentarme en silencio de mi nueva condición mental, decido que ya es hora de hacer algo de provecho. Salgo de mi cuarto y, efectivamente, no hay nadie. Inconscientemente me acerco a la gran mesa de desayuno, ahora vacía, pero el repentino recuerdo de mi episodio con el cuchillo hace que retroceda. Echo un vistazo a toda la estancia en busca de algo que me explique donde está todo el mundo, y encuentro un papel pegado con cinta adhesiva a la puerta de entrada.

Kate:
Si estás leyendo esto es que, obviamente, ya te has despertado. Después de lo del cuchillo, vendé tu mano y te llevé a tu habitación. No quiero que te sientas culpable por ello, es normal, perdiste los nervios y la situación se te fue de las manos.
Como estabas descansando, me he ido con Fred a entrenar hasta la hora de comer. Por la tarde iremos tú y yo. No te preocupes, lo de la mano no te impedirá estar al 100%, como sé que lo estarás. Deberías intentar comer algo ya que, si no llevo mal la cuenta, llevas exactamente dos días sin comer, y no es algo muy apropiado. Y míralo por el lado bueno, no tendrás que volver a ver al imbécil de Cato hasta que estéis en la Arena, donde podrás dar rienda suelta a tu locura transitoria.

Finnick.