-No
sé lo que pueden estar pensando los profesionales. Tal vez vayan a
por mí desde el principio. He traicionado la confianza de Cato.
-Bueno,
tendrás que confiar en tu instinto, preciosa -me dice Cinna,
mientras me ayuda a abrocharme el chubasquero.
Estamos
ya en la sala en la que se encuentra el tubo que me llevará directa
a la Arena. He decidido no despedirme de Finnick ni de Fred. Mis
despedidas ya han quedado por escrito. Prefiero quedarme con los
recuerdos que me dejó el día de ayer, y no con caras de funeral. El
mío, por ejemplo.
-¿Qué
hago si veo que soy su objetivo principal? ¿Me arriesgo e intento
coger algunas provisiones o escapo lo más lejos posible de la
Cornucopia?
-Creo
que deberías arriesgarte. Finnick hará lo posible por intentar
mantener la fidelidad de los patrocinadores que ya habíais
conseguido, pero no sabemos si sus ayudas serán suficientes para
mantenerte con vida si estás con las manos vacías.
-Tienes
razón. Tendré que arriesgarme y que sea lo que Dios quiera.
-No.
Todo depende de tí, única y exclusivamente de tí. No esperes un
empujón divino, porque no lo tendrás. Tú eres la única que puede
luchar por tu vida.
-Ya
es la hora -me dice Cinna, y algo da un bote en mi estómago. -¿Estás
lista?
-No
-contesto.
-Tranquila
Kate. Confío en ti. Saldrá bien.
Puedo
ver la mentira en sus pequeños ojos negros. Cinna me dirige hacia el
tubo que me llevará directamente a la Arena. Sin que me dé tiempo a
decir nada más, la cápsula se cierra y la plataforma empieza a
subir.
Tras
un par de segundos de ascenso, salgo a la superficie. Un sol cegador
me deslumbra y hace que me cueste tener los ojos abiertos. Coloco una
mano sobre mis ojos para proporcionarme algo de sombra, y descubro
que este año, la Arena se basa en una especie de sabana extensa y
llana. No hay muchos árboles, excepto algunos oasis flanqueando la
Cornucopia. Hace mucho calor.
Dirijo
mi mirada hacia mi derecha. Ahí está Cato. Está serio, pero no
hace ningún gesto que indique mi muerte inminente, y eso me
tranquiliza de algún modo. Entonces alguien llama mi atención. Es
Glow. Me saluda con la mano. Creo que nunca conseguiré entender su
optimismo. Espera, me está saludando. Sonríe. Eso solo puede
significar que al menos él no está enfadado conmigo. ¿Por qué no
lo está? No lo entiendo. Inconscientemente, vuelvo a mirar a Cato.
Si mi mente no me traiciona, y espero que no lo esté haciendo,
consigo leer en sus labios un “tú tranquila”.
La
emoción que siento en ese momento es descomunal. No está todo
perdido. Lo sabía.
10,
9, 8...
Me
preparo. Las armas y los víveres están colocados estratégicamente.
Las peores cosas (mochilas casi vacías, cuchillos de dudosa calidad,
y cantimploras sin agua) las han dejado por la parte más cercana a
las plataformas de los Tributos y, por ello, son las más fáciles de
conseguir, pero también las más inútiles. Si quieres conseguir
algo de provecho, tienes que correr riesgos y acercarte más a la
Cornucopia. Cuanto más te adentres en la boca del lobo, mejores
cosas encontrarás. El irónico humor del Capitolio, supongo.
6,
5, 4...
Voy
a arriesgarme. Tengo posibilidades. Busco a Fred con la mirada, pero
no logro localizarle.
3,
2, 1...
Un
cañonazo ensordecedor indica que los Juegos han empezado. Intento
evitar mirar a los demás, y me concentro en llegar a la Cornucopia
lo antes posible. La distacia que tengo que recorrer es de unos
cuarenta metros, aproximadamente. Voy lo más rápido que puedo,
tratando de esquivar al resto de Tributos y los bártulos que hay
desperdigados por el suelo. Mi concentración se desvanece durante un
momento cuando acierto a ver a Clove lanzando un cuchillo, que
aterriza en el pecho de una niña de no más de 15 años. Esta cae de
rodillas al suelo, echándose las manos a la sangrante herida, pero
antes de que consiga tocar el cuchillo, se desploma boca abajo en el
árido suelo. Vuelvo la mirada hacia Clove, que sonríe fanfarrona.
Cuando
llego a la Cornucopia, mi primera reacción es empezar a rebuscar
entre las cosas con la intención de encontrar algo con lo que
defenderme. Para cuando me doy cuenta, Cato está a mi derecha.
-Los
gemelos y Clove nos cubren. Ten, usa esto -me tiende una especie de
hacha con la cuchilla algo más redondeada de lo normal. Yo estoy...
alucinando, basicamente. Cojo el hacha ante su mirada amable, y acto
seguido me dedica una sonrisa de complicidad.
Mi
adrenalina está a niveles superlativos ahora mismo. Siento que algo
se acerca por mi izquierda. Mi brazo, el que sostiene el hacha, se
acciona víctima de un acto reflejo lanzando un golpe preciso hacia
donde procede el sonido. Un ruido sordo. Un impacto certero. Todavía
inconsciente de lo que ha pasado, tiro del hacha y la observo: la
sangre, espesa y oscura, resbala por el filo de la cuchilla. Algo cae
a mi lado, chocando con mi pierna izquierda. Giro la cabeza
lentamente para encontratme con una chica que yace en el suelo, con
los ojos muy abiertos y una gran herida abierta en el pecho. La
recuerdo de los entrenamientos. Distrito 3. Tiene mi edad. Tenía.
Todo se vuelve muy borroso. Es la primera persona a la que... mato, y
aunque me siento un monstruo, una parte de mí espera que no sea la
última. ¿Estoy cambiando? ¿Ya han empezado los Juegos a hacer
efecto? Vuelvo a mirarla. Me obligo a mí misma a memorizarla. Nunca
la olvidaré.
La
mano de Cato me palmea el hombro un par de veces. Salgo de mi trance.
-Vaya,
no ha estado mal -me dice- Empiezas fuerte.
Acto
seguido, gira sobre sí mismo y, tras dar unos ocho o nueve pasos,
sujeta de la cabeza a un niño algo más pequeño que Fred,
partiéndole el cuello y dejándolo caer. Es increíble como no se le
borra la sonrisa de la cara. Realmente está disfrutando.