viernes, 22 de marzo de 2013

Capítulo 23


-No sé lo que pueden estar pensando los profesionales. Tal vez vayan a por mí desde el principio. He traicionado la confianza de Cato.
-Bueno, tendrás que confiar en tu instinto, preciosa -me dice Cinna, mientras me ayuda a abrocharme el chubasquero.
Estamos ya en la sala en la que se encuentra el tubo que me llevará directa a la Arena. He decidido no despedirme de Finnick ni de Fred. Mis despedidas ya han quedado por escrito. Prefiero quedarme con los recuerdos que me dejó el día de ayer, y no con caras de funeral. El mío, por ejemplo.
-¿Qué hago si veo que soy su objetivo principal? ¿Me arriesgo e intento coger algunas provisiones o escapo lo más lejos posible de la Cornucopia?
-Creo que deberías arriesgarte. Finnick hará lo posible por intentar mantener la fidelidad de los patrocinadores que ya habíais conseguido, pero no sabemos si sus ayudas serán suficientes para mantenerte con vida si estás con las manos vacías.
-Tienes razón. Tendré que arriesgarme y que sea lo que Dios quiera.
-No. Todo depende de tí, única y exclusivamente de tí. No esperes un empujón divino, porque no lo tendrás. Tú eres la única que puede luchar por tu vida.
-Ya es la hora -me dice Cinna, y algo da un bote en mi estómago. -¿Estás lista?
-No -contesto.
-Tranquila Kate. Confío en ti. Saldrá bien.
Puedo ver la mentira en sus pequeños ojos negros. Cinna me dirige hacia el tubo que me llevará directamente a la Arena. Sin que me dé tiempo a decir nada más, la cápsula se cierra y la plataforma empieza a subir.
Tras un par de segundos de ascenso, salgo a la superficie. Un sol cegador me deslumbra y hace que me cueste tener los ojos abiertos. Coloco una mano sobre mis ojos para proporcionarme algo de sombra, y descubro que este año, la Arena se basa en una especie de sabana extensa y llana. No hay muchos árboles, excepto algunos oasis flanqueando la Cornucopia. Hace mucho calor.
Dirijo mi mirada hacia mi derecha. Ahí está Cato. Está serio, pero no hace ningún gesto que indique mi muerte inminente, y eso me tranquiliza de algún modo. Entonces alguien llama mi atención. Es Glow. Me saluda con la mano. Creo que nunca conseguiré entender su optimismo. Espera, me está saludando. Sonríe. Eso solo puede significar que al menos él no está enfadado conmigo. ¿Por qué no lo está? No lo entiendo. Inconscientemente, vuelvo a mirar a Cato. Si mi mente no me traiciona, y espero que no lo esté haciendo, consigo leer en sus labios un “tú tranquila”.
La emoción que siento en ese momento es descomunal. No está todo perdido. Lo sabía.
10, 9, 8...
Me preparo. Las armas y los víveres están colocados estratégicamente. Las peores cosas (mochilas casi vacías, cuchillos de dudosa calidad, y cantimploras sin agua) las han dejado por la parte más cercana a las plataformas de los Tributos y, por ello, son las más fáciles de conseguir, pero también las más inútiles. Si quieres conseguir algo de provecho, tienes que correr riesgos y acercarte más a la Cornucopia. Cuanto más te adentres en la boca del lobo, mejores cosas encontrarás. El irónico humor del Capitolio, supongo.
6, 5, 4...
Voy a arriesgarme. Tengo posibilidades. Busco a Fred con la mirada, pero no logro localizarle.
3, 2, 1...
Un cañonazo ensordecedor indica que los Juegos han empezado. Intento evitar mirar a los demás, y me concentro en llegar a la Cornucopia lo antes posible. La distacia que tengo que recorrer es de unos cuarenta metros, aproximadamente. Voy lo más rápido que puedo, tratando de esquivar al resto de Tributos y los bártulos que hay desperdigados por el suelo. Mi concentración se desvanece durante un momento cuando acierto a ver a Clove lanzando un cuchillo, que aterriza en el pecho de una niña de no más de 15 años. Esta cae de rodillas al suelo, echándose las manos a la sangrante herida, pero antes de que consiga tocar el cuchillo, se desploma boca abajo en el árido suelo. Vuelvo la mirada hacia Clove, que sonríe fanfarrona.
Cuando llego a la Cornucopia, mi primera reacción es empezar a rebuscar entre las cosas con la intención de encontrar algo con lo que defenderme. Para cuando me doy cuenta, Cato está a mi derecha.
-Los gemelos y Clove nos cubren. Ten, usa esto -me tiende una especie de hacha con la cuchilla algo más redondeada de lo normal. Yo estoy... alucinando, basicamente. Cojo el hacha ante su mirada amable, y acto seguido me dedica una sonrisa de complicidad.
Mi adrenalina está a niveles superlativos ahora mismo. Siento que algo se acerca por mi izquierda. Mi brazo, el que sostiene el hacha, se acciona víctima de un acto reflejo lanzando un golpe preciso hacia donde procede el sonido. Un ruido sordo. Un impacto certero. Todavía inconsciente de lo que ha pasado, tiro del hacha y la observo: la sangre, espesa y oscura, resbala por el filo de la cuchilla. Algo cae a mi lado, chocando con mi pierna izquierda. Giro la cabeza lentamente para encontratme con una chica que yace en el suelo, con los ojos muy abiertos y una gran herida abierta en el pecho. La recuerdo de los entrenamientos. Distrito 3. Tiene mi edad. Tenía. Todo se vuelve muy borroso. Es la primera persona a la que... mato, y aunque me siento un monstruo, una parte de mí espera que no sea la última. ¿Estoy cambiando? ¿Ya han empezado los Juegos a hacer efecto? Vuelvo a mirarla. Me obligo a mí misma a memorizarla. Nunca la olvidaré.
La mano de Cato me palmea el hombro un par de veces. Salgo de mi trance.
-Vaya, no ha estado mal -me dice- Empiezas fuerte.
Acto seguido, gira sobre sí mismo y, tras dar unos ocho o nueve pasos, sujeta de la cabeza a un niño algo más pequeño que Fred, partiéndole el cuello y dejándolo caer. Es increíble como no se le borra la sonrisa de la cara. Realmente está disfrutando.

lunes, 18 de marzo de 2013

Empieza la 2ª parte.

¡Empiezan los Juegos! ¿No estáis nerviosos? Yo si. Bueno, en realidad no, porque yo ya sé lo que va a pasar, je. Pero me gustaría saber qué pensáis que va a pasar, qué creéis que va a pasar con los profesionales, si creéis que Kate va a poder darse el "gustazo" de matar a Cato, o si es algo que se le escapa de las manos. Quiero saber qué pensáis de Fred, de cómo ha ido evolucionando, de cómo los Juegos y el Capitolio en general le han ido cambiando. Me haría mucha ilusión que me lo contarais todo, todo lo que pensáis, vuestras cábalas sobre el futuro de Kate, de Fred, o incluso de Finnick. Solo espero no decepcionaros, dentro de un rato subiré el siguiente capítulo, pero quería hacer esta "pausa para reflexionar".   Así que ya sabéis, dejádmelo en los comentarios, o bien en MD en twitter o simplemente en mención, os contestaré de cualquiera de las tres formas. Nada más que añadir, solo deciros que muchísimas gracias por todos esos mensajes que me habéis mandado y que me han hecho sentir bastante mejor de lo que estaba, sois maravillosos.

Capítulo 22


Está amaneciendo. Es irónico, pero siento que he estado muerta todo este tiempo y que ahora, a escasas horas de enfrentarme con la muerte, he empezado a vivir.
Los finos rayos de sol que entran por la ventana acarician a Finnick, que está a mi lado, abrazándome, y me devuelven una imagen digna de recordar para siempre.
Es una sensación curiosa la que experimentas cuando te das cuenta de que quieres a alguien. Es como cuando buscas algo desesperadamente por todas partes, hasta que te das cuenta de que lo tienes justo delante, y piensas: “Vaya, qué tonta, ¿cómo es que no te he visto antes? ¿Has estado ahí todo este tiempo y yo no me he dado cuenta?”
No quiero moverme de aquí. Que vengan a buscarme los Agentes de la Paz, si quieren. No pienso salir de esta cama en mi vida.
Pero antes tengo un par de cosas que hacer. Me separo delicadamente de Finnick, intentando con éxito no despertarle. Me estiro, todavía sentada en la cama, y localizo un montón de folios y sobres y un par de bolígrafos que pedí anteayer a una de las chicas del servicio.
Los cojo y vuelvo a meterme en la cama. Apoyándolos sobre mis piernas, empiezo a escribir. Primero, una carta a mis padres y a mi hermano. La siguiente, una más breve, para las gemelas. El siguiente en mi lista de cosas por hacer es Matt. La suya es la que más me cuesta escribir. Le sigue la de Fred, que solo recibirá si es el ganador, y espero que lo sea. Dejo para el final la de Finnick y, para cuando termino de escribirla, lo descubro mirándome. Seca una lágrima que resbala por mi mejilla con su mano izquierda.
-Si las cosas salen mal -hago una pausa. Claro que van a salir mal, estúpida. -Te dejo encargado de esto. Hay una para ti. Otra para Fred y el resto para mi familia. Prométeme que se las harás llegar. Por favor.
Se queda un momento en silencio, e intuyo que acaba de volver a la realidad después de esa pausa de ensueño en la que estábamos.
-Haré lo que sea necesario para que lleguen, de eso no te preocupes.
-Bien -le digo, y me quedo un rato mirándole. -Voy a ducharme.
Una vez en la ducha, mi mente me juega una mala pasada y no puedo evitar ponerme en lo peor. Me imagino a mi misma muriendo en el Baño de Sangre de un golpe seco en la cabeza, porqué no, dado por Cato. Solo pensarlo, un escalofrío me recorre la espalda.
O tal vez sería peor un par de cuchillos de Clove, ante la triste mirada de Fred. Mientras las cámaras me graban perdiendo la vida, enviándo esas imagenes directamente a la retina de las personas que más quiero.
Quiero llorar. Tengo muchas ganas, lo necesito. Pero ya no me sale.
Salgo de la ducha, me seco y me visto con la ropa especial para los Juegos. Botas de montaña. Chubasquero con el número 4 a la espalda. Decido sujetarme el pelo en una coleta alta. Salgo del baño. Finnick ya no está.












viernes, 15 de marzo de 2013

Capítulo 21


Bajamos hasta el piso -2, donde están situados los estudios de televisión destinados exclusivamente a las entrevistas de los tributos. Un par de minutos después, nos encontramos en la fila para ser entrevistados. Está a punto de tocarnos. Primero va Fred, después yo. Me ha parecido extraño que Caesar no le mencionara a Cato nada de “lo nuestro”. Tal vez se esté reservando para soltármelo a mí. Fred ya ha vuelto, dejando al público enfervorecido. Es mi turno. Estoy preparada. Escucho la voz de Caesar Flickerman:
-Y ahora, también del Distrito 4, ¡recibamos con un fuerte aplauso a Katherine Bennett!
Un hombre mucho más bajo que yo con unos enormes uriculares me acompaña hasta el final de las escaleras que suben al escenario. La gente aplaude como loca. Eso hace que me sienta mejor. Cuando llego al centro del escenario, Caesar coge mi mano y la besa.
-Bienvenida, Katherine -dice. -¿No está deslumbrante? -pregunta al público, que comienza a gritar, mientras Caesar me hace dar una vuelta sobre mí misma. -De acuerdo, de acuerdo, sentémonos. -Bueno... ¿estás preparada para la primera pregunta? -me dice, con gesto interesante.
-Si -me limito a contestar, notablemente nerviosa. Me sudan las manos y me tiemblan las piernas.
-Está bien, y la pregunta es... ¿cómo estás?
No puedo evitar dar un soplido de alivio bastante sonoro, así que tanto Caesar como el público comienzan a reir.
-Katherine, eres adorable -me dice él, todavía con las risas del público de fondo.
-Gracias -contesto, ahora más relajada.
-Bueno, querida Kate... puedo llamarte Kate, ¿verdad?
-Claro.
-Fantástico. Quiero que sepas que no estoy a favor de la pregunta que te haré a continuación. Verás, corre el rumor por el Capitolio de que las cámaras de seguridad del centro de entrenamiento, han captado unas imágenes que nos gustaría que vieras, para después hablar sobre ello. El vídeo, por favor.
Caesar me señala con un gesto la enorme pantalla situada justo detrás de nosotros.
No, no somos Fred y yo discutiendo. No, no somos Cato y yo en el invernadero.
Somos Finnick y yo. En el ascensor. Besándonos.
Empiezo a marearme, como el día que dijeron mi nombre en la cosecha.
-¿Estás bien, querida? -me pregunta Caesar, colocando su mano suavemente sobre mi rodilla.
Los murmullos de la gente no me permiten pensar con claridad. Esto no debería estar pasando. No formaba parte del plan.
Me mareo, no consigo ver con claridad. Todo es demasiado confuso.
-No, no me encuentro bien... lo siento, discúlpame -le digo y, sin más, me levanto y me dirijo yo sola hacia el ascensor, ante la mirada atónita de todo Panem. Oigo a Finnick gritar detrás de mí, pidiéndome que le espere, pero yo dejo cerrarse la puerta del ascensor.
Me encuentro conmigo misma en el reflejo del espejo. Se acabó. Estoy muerta, incluso antes de empezar. Acabo de firmar mi sentencia de suicidio.
Cuando llego al cuarto piso, ni siquiera soy capaz de llegar a mi habitación. Me derrumbo de rodillas en mitad del salón, como si acabara de recibir un balazo en la espalda. Empiezo a llorar como un bebé que ha perdido su único chupete, y siento los fuertes brazos de Finnick levantándome del suelo sin ningún esfuerzo y llevándome en volandas hasta el sofá. Me abraza como si temiera que me fuera a escapar a algún sitio, y yo me centro en su respiración, tranquila, acompasada. Noto los latidos de su corazón, que suenan al ritmo del reloj de cuco que hay colgado en la pared.
Me obligo a mí misma a registrar su olor en mi cerebro para siempre. Huele a dulce, como a algodón de azúcar. Huele a Finnick. Noto sus besos en mi cabeza, en mi frente. Me abrazo más fuerte a él, si es que eso es posible, y él me responde con lo mismo.
Cuando noto que ya estoy más calmada, levanto la cabeza para incorporarme, y entonces ocurre.
Finnick me besa de nuevo. Solo que este beso sabe a lágrimas, tanto mías como suyas.
-Lo siento muchísimo -me dice, sujetando mi cabeza entre sus manos. -Es todo culpa mía.
-No, no lo es -le contesto, limpiándome las lágrimas. -Yo no me arrepiento. ¿Sabes qué decía siempre mi madre? “Nunca te arrepientas de nada de lo que hagas porque, en su momento, era exactamente lo que querías hacer”. Sé las consecuencias que traerá esto y, aunque suene incoherente, las acepto.
-Te quiero -me suelta de pronto.
No soy capaz de articular palabra. ¿Que me quiere? ¿Por qué? Gracias al cielo, Effie, Fred, Cinna y Portia aparecen en ese momento.
-¡Cariño...! -dice Effie, mientras avanza hacia mí con los brazos abiertos, para intentar reconfortarme con uno de sus abrazos.
Me dejo abrazar por ella, mientras observo el panorama de reojo. Cinna y Finnick se abrazan, dándose un par de palmadas en la espalda. Fred no para de tocarse la cabeza, resoplando.
-¿Cómo estás? -me pregunta en voz baja Fred cuando Effie me suelta para ir a consolar a Finnick.
Le respondo con una mueca de resignación, y él me hace una caricia en la cara que hace que, a pesar de todo lo que se me viene encima, sonría.
-Vale, esto es malo, esto es muy malo -dice Effie, que empieza a hacer gestos con los brazos para que le prestemos atención.
-¿Por qué? -pregunto. -Lo malo sería pasar mis últimos días de vida reprimiendo lo que siento y dejando cuentas pendientes. Eso si sería malo -siento la mano de Finnick apoyarse sobre la parte baja de mi cuello.
-Oh, por favor, ¿te estás oyendo? -me pregunta Effie, indignada. -Tenemos un problema muy gordo, señorita. ¿Qué piensas hacer ahora? ¿Qué pasa con Cato y todo lo que habíamos trabajado? Se ha ido al garete por vuestros líos afectivos.
-Vale, lo entiendo -contesto. -Y lo siento. Pero, como tú has dicho, ahora soy yo la que tengo que plantarles cara a mis problemas. En la Arena estaré sola, no habrá un antes ni un después, seremos yo y mi capacidad de estrategia. Y, hoy por hoy, es lo único de mi que creo que no ha cambiado en absoluto. Llámame ilusa, pero creo que aún hay esperanza.
-Pues, por mucho que me duela sí, eres una ilusa, Kate -responde ella, y su labio inferior empieza a temblar, como haciendo pucheros, y me levanto a abrazarla.
-No te pongas así, tonta. Que la que se juega el pescuezo soy yo -le digo, intentando suavizar el asunto, si es que eso es posible, pero solo consigo que se intensifique su llanto.
Afortunadamente, Portia se ofrece a llevársela fuera hasta que se calme.
-Kate -me llama Cinna y, cuando me acerco a él, me mira fijamente, sujetándome de los brazos. - Escucha atentamente lo que te voy a decir, no quiero que se te olvide nunca. Jamás. ¿Me has entendido?
Asiento, y él continúa:
-Confío en tí. Eres lista, fuerte, tienes carisma. Pondría la mano en el fuego por tí, y sé que no me quemaría. Eres muy especial. Vas a sobrevivir, ¿me oyes? Vas a volver a casa. Lo sé. No tengo ninguna duda. Esto es todo lo que puedo hacer. Creer en tí.
-Muchas gracias, Cinna -le digo, nos damos un fuerte abrazo, probablemente el último y, acto seguido, abandona también la estancia, dejándonos solos a Fred, a Finnick y a mí.
Me dejo caer en el sofá entre ambos. Fred apoya su cabeza sobre mis piernas, como un niño pequeño, y yo empiezo a acariciarle el pelo.
Giro la cabeza hacia mi izquierda y me encuentro con la mirada despistada de Finnick, que me dedica una bonita sonrisa.
Creo que estoy aún más loca de lo que pensaba, porque creo que, ahora mismo, soy casi feliz. No sabría explicar por qué, simplemente me siento así. “La felicidad se basa en las pequeñas cosas”, dijo alguien una vez. Creo que se refería a esto. A este momento. Todo está mal a mi alrededor, todo es caos. Gente a la que mi vida le es indiferente está preguntándose cual va a ser el siguiente paso. Y, sin embargo, aquí estoy yo. Rodeada de las que, sin duda, son dos de las personas más importantes en mi vida. He pasado del llanto a los suspiros de tranquilidad. Del caos a la calma.
Al cabo de unos diez minutos, siento que Fred se ha quedado dormido. Finnick se ofrece a llevarlo a cuestas hasta su cuarto para intentar no despertarle, así que yo aprovecho y me pongo el pijama.
Una vez vestida, al girarme para colgar en vestido en una percha, descubro Finnick apoyado en el quicio de mi puerta.
-¿En qué piensas? -le pregunto.
Se acerca a mí con paso lento y, sujetándome la cara suavemente con ambas manos, me besa. Sus manos van bajando hasta mi cintura y yo, dando rienda suelta a mis sentimientos por primera vez, le abrazo por el cuello, aumentando así la intensidad del beso y también los latidos de mi corazón.
-Oh, mira qué tarde es -dice, al escuchar de fondo el reloj de cuco cantar la medianoche. -Si fuera un mentor decente te dejaría descansar.
-Bueno, creo que ha quedado claro que ninguno de los dos somos lo suficientemente decentes -le digo, y ambos sonreímos, todavía con nuestros labios a escasos milímetros.
-Eres increíble. En vez de odiarme por destrozarte la vida, estás gastando tu valioso tiempo conmigo.
-Shh... -le digo, colocando dos dedos en sus labios. -No lo estropées.
Tengo muchísimo miedo por lo que pasará mañana, pero me obligo a mí misma a centrarme en lo bueno que me queda. Ahora soy yo la que le beso, diciéndole todo lo que no pude hasta este momento.
-Ven -le digo, tirando de él hacia mí en dirección a mi cama, y él me responde con una pícara sonrisa de medio lado insoportablemente irresistible.
Voy caminando hacia atrás, y cuando mis piernas chocan con la cama, le beso de nuevo.
-Duerme conmigo -le pido.
-Moriría contigo ahora mismo si me lo pidieses.
Bajo la cabeza y él besa mi frente.
-Finnick.
-¿Si?
-Te quiero.

Capítulo 20


Esta mañana ha sido la exhibición frente al Alto Mando de nuestras habilidades. He optado por seguir el consejo de Finnick, y me he decantado por algo fácil, he hecho una hoguera en 35 segundos y he lanzado 7 cuchillos a los objetivos móviles. Solo he acertado 4, pero han decidido darme un 6. No está nada mal, teniendo en cuenta que se supone que soy una inútil. Lo que más me ha sorprendido ha sido Fred. Le han dado un 10. Me he quedado muy asombrada, no me lo esperaba y, aunque me mata la curiosidad, he decidido que no le preguntaré qué hizo. A Cato le han dado un 12. Es la máxima puntuación. No sé si eso me beneficia o me perjudica aún más. Finnick no ha hablado conmigo desde lo de ayer. Tan solo breves comentarios, me felicitó por mi puntuación, pero poco más.
Esta noche es la entrevista con Caesar Flickerman. Esta noche todo Panem me verá. Tendré que hablar en público, responder a las preguntas que me haga el entrevistador y caerles bien, hacer que me quieran. Es una incertidumbre que me carcome por dentro, pero estoy bastante segura de mí misma y creo que podré manejarlo.
A las 7 de la tarde, Effie irrumpe en mi habitación con un largo vestido azul, el que quieren que me ponga para el evento. La acompaña una chica del servicio que lleva consigo unos bonitos zapatos de tacón plateados, y unos maravillosos pendientes de plata con una piedra azul en el medio, acompañados de su gargantilla a juego. Me visto con ayuda de Effie y, mientras una de las chicas del Centro de Renovación me peina, llaman a mi puerta. Es Finnick.
-Hola, guapo -dice la chica, con un tono de voz un tanto... sugerente.
Me he fijado en el efecto que Finnick causa en las chicas del Capitolio. Todas lo tienen por una especie de dios, o algo así. Su actitud cambia completamente en cuento lo ven llegar.
-Hola, Marlene -le contesta él, con una sonrisa divertida. - Buen trabajo -le dice, señalando a mi peinado. -¿Te importaría dejarnos un minuto a solas, por favor?
-Claro -contesta ella, claramente decepcionada, y dejando con fuerza el peine sobre la mesa situada a mi lado, sale airada de la habitación.
Me encuentro sentada de espaldas a él, así que dirijo mi mirada hacia él por encima de mi hombro.
Él sigue parado, apoyado en el marco de la puerta con aspecto relajado. Finalmente, avanza hacia mi cama y se sienta, situándose frente a mí. Separa las piernas y apoya los codos sobre sus rodillas.
-Estás preciosa -me dice de pronto, y noto que está nervioso.
-Gracias -me limito a contestar.
-¿Estás nerviosa? -me pregunta.
-Mucho. No porque crea que no lo podré manejar, sino porque me preocupa lo que me pueda preguntar. Cato no ha sido discreto precisamente, y temo que saquen ese tema. No sabría qué contestar.
-Bueno, intenta llevarlo todo hacia un tono de humor. Si te pregunta: “¿Estás enamorada de él?” limítate a contestar “Cato es un amante excepcional, pero no quiero hacerle mucha propaganda ya que habrá 11 chicas más en la Arena y no quiero que me hagan competencia” o algo así. Te ganarás la carcajada del público, esos estúpidos se ríen por cualquier cosa. Todo va a salir bien, Kate -me asegura, cogiéndome de las manos.
Algo en mi estómago empieza a moverse, y en lo único que puedo pensar es en que quiero que me bese otra vez. Es más, creo que lo necesito más que cualquier otra cosa. Pero no soy lo suficientemente valiente como para dar yo el paso, hecho que hace que me den ganas de pegarme una patada en el culo a mí misma. Nos quedamos en silencio un par de minutos, hasta que Effie irrumpe de nuevo, seguida por Enobaria, que me mira como si yo fuera el enemigo público Nº1.
-Finnick, querido, te tienes que ir -le dice Effie, levantándolo de mi cama cogiéndolo por el brazo, y dirigiéndolo hacia la puerta, sin darle oportunidad de articular palabra.
Marlene continúa peinándome, pero esta vez lo hace de manera bastante más brusca. No la culpo.
Cuando terminan de arreglarme, salgo de la habitación y encuentro a Fred dando vueltas por el salón con un nerviosismo que hacía tiempo que no veía en él.
-Estás muy guapo -le digo con una sonrisa, intentando ser amable con él. Le han puesto un esmoquin, con la chaqueta de color azul oscuro y una camisa blanca por debajo.
-Sí, sí, tú también -me dice, casi sin mirarme, mientras camina de un lado a otro.
Me gustaría que nuestra relación no se hubiese enfriado tanto, poder darle un abrazo, poder ponernos nerviosos juntos, llorar juntos, reir juntos.
No me lo pienso más, avanzo hacia él y lo intercepto con un fuerte abrazo que, para mi sorpresa, él corresponde. Cuando nos separamos, las palabras me salen solas.
-Estoy muy orgullosa de tí. Eres la persona más valiente que conozco, y me haría muy feliz que ganarás tú. Te lo digo de corazón, Fred. Has sido muy importante para mí aquí, de alguna manera mi conexión con mi vida en nuestro Distrito, con mi familia, con mis amigos. Quería que lo supieras.
-Eres genial, Kate -me contesta, con una gran sonrisa en la cara, que me sienta como un soplo de aire fresco. -Y yo sí que estoy orgulloso de tí. Ahora lo entiendo. Y quiero que me perdones por mi comportamiento.
-No tienes que pedirme perdón por nada, tonto -le digo, alborotándole el pelo. -Oye, ¿puedo hacerte una pregunta?
-Claro -contesta.
-¿Qué hiciste en la exhibición?
-Espadas y arco. Soy una máquina -me dice, con un gesto de autosuficiencia que, al contrario que en Cato, en Fred me parece adorable.

domingo, 10 de marzo de 2013

Capítulo 19


La comida transcurre de un modo poco usual. Todos son muy amables conmigo, incluso Fred. Supongo que temen que los mate, o algo así. Decido seguir el consejo de Finnick y como hasta que siento que voy a explotar.
-Ahora te toca a tí entrenar, señorita -me dice Finnick, mientras se levanta de su silla y se dirige a mí tendiéndome su mano.
Aunque de primeras su gesto me pilla un poco por sorpresa, no tardo ni medio segundo en cogerle la mano, abandonando la batalla con un último trozo de pastel que se negaba a subirse a mi tenedor.
Cuando llegamos a la planta de entrenamiento, no hay nadie todavía. Nosotros hemos comido pronto precisamente para sacar algo de ventaja.
Ni siquiera sé si podemos estar aquí a esta hora, se supone que hay unos horarios, pero prefiero no preguntar.
-Empezaremos por espadas -empieza Finnick, y su tono de voz, su actitud en general, cambian completamente. Ahora está serio, concentrado, con una entereza admirable, quizá la que a mí me está faltando. -Cuando acabemos, pasaremos a los cuchillos, luego tiro con arco y, por último, cuerpo a cuerpo. Creo que con estas cuatro técnicas tendrás suficiente para poder atacar y defenderte. ¿Estás preparada?
-Nací preparada.

Cinco horas después estoy en mi cuarto. Suelo escribir lo que siento cuando me pasa algo demasiado fuerte y necesito soltarlo cuanto antes. Es un método que siempre hace que me sienta mucho mejor. Cuando termine de escribir esto, lo quemaré.

Finnick me ha besado.
No sé ni cómo, ni porqué ha pasado, pero lo ha hecho. No sé exactamente como me siento. Pero mal no es la respuesta. Tampoco lo es decepcionada, disgustada, enfadada, ni siquiera molesta. La verdad es que no sé exactamente cómo debería sentirme, no se si es correcto lo que estoy experimentando, si debería o no debería, si se puede o no se puede... Pero no puedo evitarlo.
Siempre me había preguntado cómo sería mi primer beso. No era algo que ocupara mi mente a menudo pero, a veces, al mirar a Matt, me preguntaba si sería él quien me lo diera. Sí, vale, sé que Cato ya lo ha hecho en varias ocasiones, pero para mí era como besar a un perro. Como besar un trozo de cemento. No me producía ningún tipo de sensación, más bien me daba asco. Mi primer beso me lo ha dado Finnick. Lo que nunca me hubiera llegado a imaginar es que sería así. Nunca hubiera imaginado que sabría tanto a despedida como a primer encuentro. Como echar a correr, libre de nuevo, y darte cuenta de que te diriges a un precipicio. Felicidad y tristeza. Mejor de lo que me esperaba y peor de lo que nunca hubiera imaginado.
Estábamos terminando de entrenar, todo había ido muy bien, yo estaba contenta, y Finnick también. Pero estaba raro. He de decir que Cato también estaba en el recinto, junto con Clove y su mentor. Quizá por eso se le notaba molesto. No sé qué se le pasó por la cabeza en ese momento pero, cuando subíamos en el ascensor para volver a nuestro piso, nada más cerrarse la puerta, me agarró por la cintura y me besó. Durante todo el trayecto del ascensor. Cuando la puerta se abrió de nuevo, señal de que ya habíamos llegado, simplemente se separó de mi, se quedó unos segundos mirándome y echó a andar rumbo a su habitación. Me quedé parada frente al ascensor unos veinte minutos, y mi siguiente reacción fue venir aquí y escribir esto. Así que lo estoy haciendo.
Me alegro de que haya sido Finnick en lugar de Matt. Quiero muchísimo a Matt, pero no de la manera que todos querrían que lo quisiera. No es que quiera a Finnick... no, no lo quiero. No se quiere a alguien así como así, ¿no? ¿o sí? No lo se. Me gustaría poder decir que me queda mucho tiempo para averiguarlo, pero no es así. Supongo que me tendré que centrar en el presente, y ya está. No puedo trazar un plan a largo plazo. Lo único que puedo hacer es luchar con uñas y dientes por recuperar mi vida.


Cuando termino de escribir, busco un mechero y quemo la hoja.

sábado, 9 de marzo de 2013

Capítulo 18


Vuelvo al piso nº 4 y, como todavía no hay nadie despierto, decido hacer yo misma los honores de empezar el desayuno y darme un pequeño homenaje. Tengo un hambre atroz, ya que ayer no comí prácticamente nada debido al cansancio.
Oigo una puerta que se abre. Distingo el sonido del grifo de la ducha que, al cabo de unos 10 minutos, se cierra. Poco después, Finnick sale de su cuarto.
-¡Buenos días por la mañana! -me dice, secándose todavía el pelo con una toalla. Parece de muy buen humor.
-Buenos días -contesto, también con una sonrisa en la cara.
-¿Qué tal te ha ido con los profesionales? -me pregunta, mientras se sienta junto a mi en la mesa y se sirve un inmenso trozo de pastel.
-Bien y mal -contesto, y al ver interés en su mirada, continúo. -El plan va viento en popa, pero cada vez me resulta más difícil soportarlos, sobre todo a Cato.
-Te admiro, ¿sabes? -me dice. -Yo sería incapaz de estar rodeado de esa gente sin tener instintos asesinos cada vez que abran la boca.
-Créeme, los tengo. Sobre todo hoy. Hasta ahora lo llevaba bien, hasta me divertía contemplar la estupidez de Cato, pero hoy ha sido distinto... me he sentido muy inferior a ellos, como si estuviera perdiendo el control de la situación. Y entonces Cato ha hecho un comentario, bueno, más que un comentario ha sido un gesto, que me ha hecho sentir sucia, me he odiado a mi misma, le he odiado a él aún más de lo que ya lo hacía, he odiado a todos y cada uno de los habitantes de este mundo. Me trata como si le perteneciera, como si fuera mi dueño y fuera yo la inocente que está cavando su propia tumba. Pues está muy equivocado. Pienso matarlo yo misma en la Arena. Voy a borrar de una vez por todas esa estúpida y vomitiva sonrisa que...
-Kate... vamos suelta eso... -me dice Finnick.
Extrañada, sigo su mirada, que apunta en dirección a mi mano derecha. Un cuchillo bastante afilado que había olvidado que seguía en mi mano descansa ahora en la mesa, rodeado de un charco de considerables dimensiones de un espeso líquido rojo oscuro. Es sangre. La mía. En lugar de cogerlo por el mango, lo hice por la cuchilla, y la impotencia de la situación hizo el resto.
Es irónico, pero no soporto la sangre, así que no tardo mucho en desmayarme.

Me despierto en mi cama. Alguien me ha vendado la mano, supongo que Finnick, o quizá Effie. No se cuanto tiempo ha pasado desde que mi cerebro decidió tomarse un descanso, pero no oigo nada al otro lado de mi puerta, y eso solo puede significar dos cosas: o bien no ha pasado mucho tiempo y Fred todavía no se ha levantado, o bien es mucho más tarde de lo que yo pensaba y se han ido sin mí.
La segunda opción me pone tan furiosa que me levanto de golpe de la cama, lo que hace que me marée y vuelva a caer de nuevo, sentada sobre la almohada. La ridiculez de la situación me obliga a reirme, pero no es una risa normal, me rio como una histérica, y esa risa pronto deja paso a un llanto infantil que me hace enfadarme más todavía conmigo misma. Me estoy volviendo loca. Es oficial.
Después de lamentarme en silencio de mi nueva condición mental, decido que ya es hora de hacer algo de provecho. Salgo de mi cuarto y, efectivamente, no hay nadie. Inconscientemente me acerco a la gran mesa de desayuno, ahora vacía, pero el repentino recuerdo de mi episodio con el cuchillo hace que retroceda. Echo un vistazo a toda la estancia en busca de algo que me explique donde está todo el mundo, y encuentro un papel pegado con cinta adhesiva a la puerta de entrada.

Kate:
Si estás leyendo esto es que, obviamente, ya te has despertado. Después de lo del cuchillo, vendé tu mano y te llevé a tu habitación. No quiero que te sientas culpable por ello, es normal, perdiste los nervios y la situación se te fue de las manos.
Como estabas descansando, me he ido con Fred a entrenar hasta la hora de comer. Por la tarde iremos tú y yo. No te preocupes, lo de la mano no te impedirá estar al 100%, como sé que lo estarás. Deberías intentar comer algo ya que, si no llevo mal la cuenta, llevas exactamente dos días sin comer, y no es algo muy apropiado. Y míralo por el lado bueno, no tendrás que volver a ver al imbécil de Cato hasta que estéis en la Arena, donde podrás dar rienda suelta a tu locura transitoria.

Finnick.

viernes, 8 de marzo de 2013

Capítulo 17


Un pequeño despertador situado en la mesilla junto a mi cama me avisa de que ya son las siete menos cuarto así que, después de remolonear un poco, me levanto, me visto con mi traje de entrenamiento y salgo de la habitación hacia el ascensor intentando hacer el menor ruido posible.
Cuando llego al jardín, solo Clove se encuentra allí ya.
-Hola. -le digo.
-Vaya, vaya... sí que has aparecido pronto, chica Cuatro. Veo que no quieres perderte nada de lo que pase. Sería una putada que te engañáramos como una tonta, ¿no crees?
Intento no entrar en sus juegos de enferma mental, es una pérdida de tiempo.
-¿Dónde está Cato? -pregunto, intentando sonar indiferente, mientras jugueteo con una gran flor blanca que asoma entre las hojas de un arbusto.
-Pff, todavía sigue en su cuarto -contesta, notablemente molesta porque no le haya seguido el rollo. -Está intentando parecer decente para quedar bien contigo, supongo. Estará frente al espejo, poniéndo muecas ridículas y repitiéndo “¿Qué hay, chica Cuatro?” con cada una de ellas -dice ella, con burla.
La idea de Cato practicando caras frente al espejo me divierte, y contengo un carcajada. Es tan ridículo que hasta me produce ternura.
Aunque sea un asesino en potencia, pienso.
La puerta del ascensor se abre de nuevo, y entran Gloss, Glow y, tras ellos, Cato.
-¿Qué hay, chica Cuatro? -dice, mientras se acerca a mí, y no puedo evitar mirar a Clove, quien me devuelve un mirada divertida, que inmediatamente cambia a la de profundo desprecio que siempre tiene cuando me mira.
Cato pasa su brazo sobre mis hombros y me da un beso en la cabeza, y a mí me entran unas repentinas ganas de vomitar.
Matt siempre hacía eso cuando nos veíamos: nos acercábamos, él me rodeaba con su brazo, me daba un beso en el final de la frente, justo en el nacimiento del pelo, y yo acariciaba su espalda con la mano. Era algo muy personal, nuestro, y no me puedo creer que un maldito loco lo esté ensuciando de esta manera.
Lamentáblemente, tengo que redimir cualquier impulso asesino que tenga en estos momentos, así que le dedico una sonrisa amable.
-Bueno, pues ya que estamos aquí, hagamos algo productivo y pensemos en estrategias, planes de lucha y todas esas cosas aburridas -dice Gloss.
-He estado pensando en algunas cosas. -digo, mientras me separo de Cato y puedo dejar de aguantar la respiración para no vomitar.
-¿Necesitas papel y bolígrafo? Yo he traído -dice ella. -Gemela precavida vale por dos -dice, mientras me entrega el papel y el bolígrafo y comparte una mirada cómplice con su hermano, seguida de una carcajada de ambos. Supongo que se trata de algún chiste entre gemelos que al resto de los mortales no nos hace gracia.
Decido ignorarles y empiezo a escribir.

Básicamente es cuestión de origanización. Tenemos que valorar qué es lo que se nos da mejor, por ejemplo: Clove es buena con los cuchillos, Cato con la lucha cuerpo a cuerpo, y Gloss y Glow pueden lanzar flechas y lanzas. Yo soy prácticamente experta en todas las habilidades, así que cualquier arma será perfecta. La clave está en que los que consigan sobrevivir al Baño de Sangre, lo hagan con las manos vacías. No nos apetece tener bajas antes de tiempo. Aunque puede que todo esto no tenga sentido cuando lleguemos a la Arena, ya que no tenemos ni idea de cómo va a ser. No sabemos si estaremos en una isla, en un desierto o en un maldito iceberg, así que el factor sorpresa del Capitolio está en nuestra contra. Cuando estemos en la Arena, podré ser más precisa, planear a ciegas es complicado. De todas maneras, no creo que nada salga mal..
Músculos y cerebro, ¿recuerdas?

Le paso el papel a Cato (lo había escrito expresamente para él), pero Clove lo intercepta antes de que él pueda cogerlo. Se toma unos segundos para leerlo.
-Y además tienes sentido del humor. Lo tienes todo, chica en llamas -me dice, burlándose de mí.
-Clove -le dice Cato, como quien regaña a un niño pequeño, y extiende la mano en su dirección para que le devuelva el papel, y ella lo hace a regañadientes.
Cato lo lee, me dedica una mirada aprobadora e informa a Gloss y Glow de su tarea.
Cuando todos se van, llamo a Cato.
-¿Si? -contesta él.
-Me defenderás, ¿verdad? -le pregunto intentando sonar lo más inocente, dulce y de pocas luces que puedo. -Ya sabes, cuando estemos en la Arena y eso...
-Claro -dice, mientras se acerca a mi. -Somos un equipo. Músculos y cerebro, ¿no? -dice, y sostiene mi cabeza con sus manos, para después darme un largo beso en los labios.
Lo que hay que hacer... pienso.
Le sonrío y ambos nos dirigimos al ascensor. Una vez dentro, me doy cuenta de que ya no volveremos a coincidir en ninguna otra ocasión, porque ahora mis entrenamientos serán con Finnick.
-Ya no te veré hasta el día de la entrevista, y estoy segura de que ni siquiera podremos hablar entonces. -le digo.
-Es cierto -dice, y me abraza por la cintura, hundiendo su rostro en mi pelo.

jueves, 7 de marzo de 2013

Capítulo 16


Está situado en el tejado del Centro de Entrenamiento, y es sencillamente enorme.
-Guau, es muy bonito -le digo a Cato, que está parado a mi lado.
-Lo descubrí ayer, y quería enseñártelo -contesta.
-No imaginaba que a alguien como tú le gustara un sitio como este. Te imaginaba más en un campo de batalla que en uno de amapolas -le digo.
-Hay muchas cosas que no sabes de mi, Kate -me dice, y comienza a caminar hacia el otro extremo del jardín. Creo que es la primera vez que me llama por mi nombre en lugar de “chica Cuatro”, y de alguna manera me incomoda. Supongo que el nombre es algo muy personal, y no me gusta pensar en que Cato y yo podamos tener algo personal. Aunque se supone que deberíamos, si quiero sobrevivir. Dejo de pensar en tonterías y empiezo a caminar detrás de él hasta que me pongo a su altura, justo en el borde del tejado.
Las vistas del Capitolio son estupendas.
-No se parece en nada a mi Distrito -le digo.
-Tampoco al mío -contesta él.
Decido sentarme en el suelo, y él me acompaña inmediatamente.
-¿Cómo es la vida en tu distrito? -le pregunto, curiosa. -Para alguien como tú, quiero decir.
-Bueno, como ya sabes, Clove y yo somos profesionales, al igual que los tributos del 1, pero nosotros somos mejores. Nos entrenan desde que somos muy pequeños para los Juegos. Nos mentalizan a fondo de que somos mucho mejores que cualquier otro tributo, así que cuando cumplimos los dieciocho años, es decir, el último año en el que se nos permite participar, nos presentamos voluntarios. Hay verdaderas peleas para ocupar el puesto de tributo cada año. Para nosotros, es un privilegio poder rendir honor a nuestro Distrito siendo los más fuertes, ya que nuestro Distrito es el más fuerte, y se merece unos tributos que den la talla. Además, ¿a quién le importan un puñado de críos desnutridos? Lo más probable es que fueran a morir poco tiempo después por causas naturales. Nosotros les hacemos un favor. Aceleramos el proceso. Yo me siento afortunado por estar aquí. Y pienso ganar. No podemos permitir que vuelva a suceder lo del año pasado. Fue una vergüenza -hace una pausa. -Clove y yo tenemos que dejar el listón muy alto -explica. -Lo siento por tí, chica Cuatro -me dice, con esa sonrisa arrogante que catalogaría como típica en él.
-Bueno -digo, suspirando. -En ese caso espero que mis últimos días con vida valgan la pena.
Acerca su cara a la mía y me da un beso en los labios.
No me lo esperaba. Bueno, la verdad es que sí, este chico es bastante predecible.
Cuando nos separamos, ya no hay sonrisa arrogante. Está serio, pensativo, como si se hubiera dado cuenta de algo.
-Me caes bien -le digo. -A tí te mataré el último.
Él estalla en una carcajada sincera.
-Si, si, ríete ahora que puedes, chico Dos -le digo, también riendo, mientras me levanto y me sacudo la tierra de la parte trasera de mi atuendo.
-¿A dónde vas? -me pregunta.
-A caminar -contesto. -No me gusta estar quieta.
Empiezo a caminar por el borde del tejado, y oigo que él se levanta y me sigue.
De pronto, una bombilla se enciende en mi cabeza.
-¡Eres un maldito traidor! -le suelto. Me giro y le miro, intentando parecer enfadada. Sin mucho éxito, me temo.
-No vamos bien si empezamos a acusarnos mutuamente sin motivos aparentes, Cuatro -me contesta, con expresión divertida. -¿Por qué soy un traidor?
-Porque -empiezo, y me acerco a él dando un pequeño saltito desde el borde al que estaba subida. -Me has pedido que me una a vosotros y ni siquiera me habéis contado qué planes tenéis. ¿No tenéis ninguna estrategia? ¿Ningún plan pensado? Y si la respuesta es si, ¿cuándo pensabas contármelo?
Él decide zanjar momentáneamente la conversación con otro beso.
Solo que éste es distinto. No es tan tímido como el otro. Supongo que antes intentaba tantear el terreno, asegurarse de que no le abofetearía la cara si volvía a repetirlo otra vez. Me estoy quedando sin respiración y, a juzgar por su reacción cuando nos separamos, a él le pasaba lo mismo.
-¿A qué viene todo esto? -le pregunto.
-¿A qué te refieres? -contesta él.
-Pues a todo esto. Me traes aquí, me dices que me vas a matar y luego me besas, te digo que eres un traidor y me besas de nuevo. ¿A qué juegas, Cato?
-A nada. Todavía -me dice. -Volviendo a tu primera pregunta -empieza, y ahora se acerca a mí y susurra a mi oído, mientras coloca sus manos sobre mis hombros. -Tenía pensado pedirte que te reunieras aquí con nosotros mañana a las siete de la mañana para hacer un plan sobre lo que haremos cuando estemos en la Arena. Tranquila, tú serías el cerebro de la operación. ¿Qué te parece? -me dice.
En vez de contestar, me limito a asentir.
-Y ahora, volvamos -me dice -o si no, pensarán que estamos conspirando o algo así.
Me coge de la mano y me dirige velozmente hacia la puerta por la que entramos.
Una vez en el ascensor, acordamos que yo saldré primero y él después.
Al salir, veo que el reloj ya marca las cuatro y cuarto, es decir, llego quince minutos tarde al entrenamiento. Estupendo, es justo lo que me hace falta, perder el tiempo. Enseguida me pongo manos a la obra, guiándome por el horario de Effie.
Aunque no puedo evitar darle vueltas a la cabeza pensando en lo repugnante que me resulta tener que actuar como si me gustara Cato y todo lo que eso conlleva, consigo dedicarme por completo a mi entrenamiento y tres de los cinco monitores con los que practico, me dan expresamente su enhorabuena por mi progreso (las espadas y el tiro con arco no son lo mío).
Ya son las diez, y sé que Fred no querrá subir conmigo, así que lo hago sola.
Cuando llego a nuestro piso, me sorprende ver que no hay nadie.
Me siento en el gran sofá y enciendo la televisión. Están reponiendo todas las cosechas. Me hubiera gustado ver la de Cato, pero ya van por el Distrito 3. Tras lo que claramente es peor que una película de terror, continuan las cosechas. Distrito 4. Vacilo unos instantes con el mando a distancia en la mano, pensando en si apagar el televisor o no, pero finalmente decido ver la cosecha. Puedo verme a mi misma entre la multitud, y distingo a Spencer y Melissa unos cuantos puestos delante de mi, bastante cerca de donde me encontraba. Ni siquiera las había visto en ese momento. Cuando Effie dice mi nombre, ellas se miran la una a la otra, e inmediatamente se vuelven en mi dirección. Me veo desplomarme en el suelo, y dos Agentes de la Paz corren a levantarme inmediatamente. Todos me siguen con la mirada en mi camino hacia el gran escenario. Cuando es el turno de los chicos, puedo ver la cara de Matt. Está como en estado de shock. Me mira, después a las niñas, y de nuevo a mí. No lo soporto más, así que decido apagar el televisor. Les echo muchísimo de menos.
La puerta se abre, distrayéndome afortunadamente de mis pensamientos depresivos.
Es Fred, seguido por Finnick y una chica del servicio que lleva consigo una mesita con ruedas repleta de comida.
-¿Llevas mucho tiempo aquí? -me pregunta mi mentor.
-No. Estaba viendo la televisión, estaban reponiendo las cosechas.
-¿Y has podido ver las de los profesionales? -pregunta.
-No, solo la de los tributos del 3.
Finnick asiente, y se sienta a mi lado en el sofá poniendo los pies sobre la mesa.
Veo que Fred se acerca a la comida, y coge un trozo de pastel dándole un fuerte empujón a la chica que lo está sirviendo, que se queda callada y mirando al suelo.
-¡Eh! -le digo. -No hace falta ser tan grosero, ¿no crees?
-¿Desde cuando tienes algún tipo de autoridad sobre mí? Además, ¿a quién le importa lo que haga? Dentro de poco moriré, así que creo tener derecho a hacer lo que me plazca.
Me quedo sin palabras durante unos segundos.
-Eres un pequeño tirano, ¿lo sabías? -le digo por fin.
-Sí, sí, lo que tú digas -contesta, mientras coge otro trozo de pastel y se mete en su cuarto.
Dirijo una mirada a la chica, y ambas nos dedicamos una sonrisa cómplice.
-Tengo noticias -le digo a Finnick.
-¿Buenas o malas? -pregunta él.
-Dejémoslo en noticias -contesto.
-Vale -contesta él con una sonrisa. -Y ¿de qué se trata?
-Mañana por la mañana he quedado con los profesionales antes del entrenamiento para preparar una estrategia para cuando estemos en la Arena, y quieren que yo sea el cerebro de la operación.
-Está bien. ¿Crees que podrás hacerlo?
-Claro, ¿por quién me tomas? -contesto.
Ambos reímos y es entonces cuando Effie hace acto de presencia, tan irritantemente alegre como siempre.
-¿Qué tal ha ido, cielo? -me pregunta.
-Muy bien, muchas gracias, Effie. De no ser por tí, hubiera sido un completo desastre.
-Oh, no me las des, querida. -contesta, con una amplia sonrisa de satisfacción.

Capítulo 15


-¿Al final vamos a comer juntos? -me pregunta Fred.
Ya han pasado cinco horas desde que empezó el entrenamiento, y he practicado lanzamiento de cuchillos, salto de obstáculos y un poco de lucha con espadas. El veredicto es que ha sido una jornada bastante aceptable, estoy orgullosa de mi misma.
Cuando estaba con el lanzamiento de cuchillos, he visto a Cato. Se ha acercado a mí y me ha saludado con un beso en la mejilla, algo que ha sido bastante desconcertante, tanto para mí como para el resto de tributos que nos estaban mirando. Me ha dicho que Gloss y Glow habían hablado con él, y que esperaba verme a la hora de la comida.
-No me mates, por favor, pero les he prometido a los Profesionales que comería con ellos. Sabes que tengo que hacerlo -le digo, intentando que se enfade lo menos posible.
-No te preocupes, lo entiendo. Supongo que esto es la guerra y sólo puede quedar uno. No sé en qué momento pensé que estábamos juntos en esto -me suelta, con una mirada despectiva, y se aleja de mí con paso firme hacia el puesto de lucha cuerpo a cuerpo.
Eso me ha dolido. ¿Cuándo ha cambiado tanto? Vale que no lo conozco desde hace mucho, pero desde luego al principio no era así. Lloraba por las esquinas rogando que le dejaran volver a casa. Y ahora...
Ya son las tres en punto. Hora de comer.
La instructora jefe, Atala, nos guía a una especie de comedor comunitario. Es una sala contigua al gimnasio, ocupada en su totalidad por largas mesas con bancos, todas pintadas de gris.
Decide que, para entrar con un mínimo de orden, nos pongamos todos en fila de a dos.
Fred está a mi lado, pero con la mirada al frente y una expresión seria en el rostro. Tiene los brazos cruzados sobre el pecho.
Finalmente, es nuestro turno para entrar. Casi todas las mesas están cubiertas, y veo un sitio libre situado entre Cato y su compañera de distrito que, según escuché antes, se llama Clove.
Me acerco a la mesa con algo de incertidumbre y bastantes nervios. No sé muy bien como actuar en estos casos.
-¡Oh, hola, Kate! -me dice Glow.
Su hermana, que es su vivo retrato, sonríe en cuanto me ve.
Cato, que se encuentra de espaldas a mí, se gira para saludarme.
-Por fin, chica Cuatro -me dice. -Ya pensábamos que nos habías dejado plantados.
-Lo siento -digo, mientras me siento en el sitio libre. -Es que no encontraba la mesa.
-Vaya, pues sí que empezamos bien -me suelta Clove, de pronto.
Gloss le manda una mirada asesina, que parece traer sin cuidado a mi nueva compañera.
Los siguientes tres cuartos de hora transcurren entre bromas macabras que solo a un profesional se le podrían ocurrir y un montón de anécdotas sobre sus entrenamientos.
Todos ríen y conversan animadamente. Cato, que está sentado a mi derecha, se acerca a mí.
-Acompáñame -me susurra en el oído. -Quiero enseñarte algo. Yo me levantaré primero y diré que voy al baño, y después te levantas tú con la misma excusa. Te espero en el ascensor.
Sin darme tiempo a contestar, se levanta y se va.
Tras un par de minutos, me levanto ante la mirada acusadora de Clove.
Un instructor con cara de pocos amigos me da permiso para ir al baño.
Solo que en vez de ir al servicio, me dirijo al ascensor donde, efectivamente, Cato me está esperando.
-¿Qué querías enseñarme? -le pregunto, curiosa.
-No seas impaciente, chica Cuatro -me contesta, con una sonrisa de autosuficiencia, y me hace un gesto con la cabeza para que lo acompañe dentro del ascensor.
Pulsa un botón que, en vez de número, tiene el símbolo de un árbol.
Al principio no sé muy bien de qué se trata, pero cuando las puertas se abren, descubro un inmenso invernadero.

martes, 5 de marzo de 2013

Capítulo 14


Me despierto en medio de la noche, sudando a pesar de estar destapada. He tenido una pesadilla. Soñé que estaba en la Arena, que solo quedábamos dos tributos y que, cuando me disponía a acabar con mi oponente, resultaba ser Nuka. Me miraba con sus ojos azules e inocentes. Vaya, realmente me han hecho efecto las palabras de Maggs.
Intento volver a quedarme dormida, y lo consigo minutos después. Esta vez sueño que gano los Juegos, y que vuelvo a casa, donde me esperan mis padres, Nuka, Matt y las niñas. Todos somos felices de nuevo. Cuando me despierto por la mañana, me lamento de que solo se tratara de un sueño.
Me levanto de la cama, la hago y me visto con la ropa de entrenamiento, que sigue tirada en el suelo del baño. Siempre he sido bastante desordenada. Viene a mi cabeza el recuerdo de mi madre recogiendo a mi paso todo lo que yo iba dejando por la casa adelante, y gritándome que «no tardaría en contratar a alguien que limpiara exclusivamente para mi, ya que ensuciaba lo mismo que mi padre, Nuka y ella juntos.»
Al salir de la habitación, veo a Finnick y Effie sentados a la mesa, desayunando. Me siento frente a ellos.
-Buenos días-les digo, con una sonrisa.
-Buenos días, cielo, ¿has dormido bien? -me pregunta Effie.
-La verdad es que no. He tenido una pesadilla horrible, tanto que espero olvidarla pronto.
-Es normal -me consuela Finnick. -Ahora tu cabeza está llena de inseguridades, miedos e incertidumbre, y es lógico que eso se refleje en tus sueños.
-Supongo -contesto. -¿Dónde está Fred? -pregunto.
-Creo que sigue durmiendo -contesta Finnick.
-Ya no -contesta Fred que, de pronto, se encuentra parado delante de la puerta de su cuarto.
-Vaya, ¡mirad quién está aquí! -suelta Effie, con un entusiasmo un tanto fuera de lugar, teniendo en cuenta que no se trata de un bebé o un cachorrito.
Se acerca a la mesa y se sienta en la otra punta.
-¿Quieres que hoy comamos juntos? Ya sabes que hoy el entrenamiento durará el doble de tiempo, y tendremos que comer en el gimnasio. -le pregunto, amablemente.
-¿Y porqué no te vas con tus profesionales? ¿De veras serías capaz de dedicar algo de tu precioso tiempo a un futuro cadáver como yo? -contesta él.
Me ha dejado bastante descolocada.
-No hables así. Estás diciendo tonterías, ¿me oyes? -le digo. -Además, ¿crees que para mí es fácil? ¿Crees que me gusta todo esto? Yo me estaré jugando el cuello a cada minuto que pase rodeada de todos ellos. Tú al menos tienes más posibilidades de sobrevivir, porque estarás solo, dependiendo únicamente de tí mismo, y las cosas suelen salir bien cuando las hace uno mismo. Así que deja de hacerte la víctima, porque aquí todos estamos en la misma condición. Todos somos futuros cadáveres. -le digo, bastante alterada, y los ojos están a punto de salírseme de las órbitas. Supongo que acabo de darme cuenta de la realidad de mis palabras.
-Ay, ¿porqué tenemos que hablar de cadáveres a la hora del desayuno? -protesta Effie.
-Tienes razón, esta conversación es absurda -digo, y me levanto de la silla. -Te espero abajo, si quieres, y si no, búscate la vida -le digo a Fred. -Hasta luego -digo en general, y le dedico a Effie una sonrisa de agradecimiento cuando cojo de su lado el plan de entrenamiento.
Salgo de nuestro piso y me meto en el ascensor. Pulso la tecla -1, que es la que lleva al gimnasio.
¿Cómo tengo que comportarme hoy? Olvidé preguntárselo a Finnick... Supongo que hoy conoceré al resto de los profesionales, así que tengo que causar buena impresión. Me miro en el espejo del ascensor. No tengo tan mala cara como creía. Después de la nochecita que he pasado, esperaba parecer una muerta viviente.
Finalmente la puerta del ascensor se abre y entro en el gimnasio. Para mi sorpresa, casi no hay nadie. Veo a la chica del 7, el chico del 5, los dos del 1 y los monitores. Cuando miro el gran reloj de la pared, me doy cuenta de que aún faltan veinticinco minutos para que empiece oficialmente el entrenamiento.
Saco del bolsillo de mi pantalón el horario que Effie hizo para mí, y veo que lo primero que tengo que hacer es lanzamiento de cuchillos. Localizo el puesto, que está en la otra punta del gimnasio, y me dirijo a él con paso decidido, cuando dos voces al unísono me llaman:
-¡Disculpa! -dicen las dos voces que, al girarme, descubro que se trata de los tributos del Distrito 1.
-¿Sí? -contesto, con curiosidad.
-Tú eres Kate, ¿verdad? -me pregunta la chica. Es algo más baja que yo, ambos lo son, y es muy guapa. Su pelo es rubio, un poco más claro que el mío, y tiene los ojos verdes y despiertos. Llama mi atención que comparte sus rasgos con su compañero.
-Sí, soy Kate -contesto. -¿Y vosotros sois...?
-Yo soy Gloss -dice ella.
-Y yo soy Glow -añade él.
-Somos gemelos -dicen los dos a la vez, riendo al darse cuenta de mi sorpresa.
Vaya, nunca había visto hermanos coincidir en los Juegos, y menos gemelos.
Me limito a sonreirles.
-Vaya, Cato no exageraba -dice Gloss.
-No exageraba ¿en qué? -pregunto intrigada.
-¡En que eres guapísima! -contesta Glow.
-¿Cato ha dicho eso? -pregunto.
Me alegra saber que, a pesar de que han hablado de mí, por lo menos no ha sido para criticarme.
-Claro -contesta Gloss. -Como comprenderás, después de que se le ocurriera pedirte que te unieras a nosotros, teníamos que saber qué tenías de especial. Él nos contó que parecías bastante inteligente, que estabas segura de tí misma y que, como aliciente, eras muy guapa.
-¿Y qué tiene que ver la belleza con todo esto? -pregunto.
-Bueno, ya sabes que la imagen para conseguir patrocinadores es algo primordial, así que si los profesionales, como grupo, damos una buena impresión a la audiencia, tenemos esto prácticamente ganado -contesta Glow.
-Si, bueno, supongo que tiene sentido -contesto.
-Bueno, ya no te entretenemos más, solo queríamos presentarnos -me dice Gloss. -Si quieres, después puedes venir a comer con nosotros para que nos conozcamos mejor, ¿qué te parece?
-Si, claro, me encantará -contesto, educadamente.
-Bien, pues nos vemos luego entonces -dice ella, y ambos se despiden de mí con un movimiento simultáneo de sus manos.

domingo, 3 de marzo de 2013

Capítulo 13


Después de cenar, vuelvo a mi cuarto. Me desvisto en el baño y me meto en la ducha.
No me puedo creer que lo haya conseguido. Me he unido a los profesionales. Aunque un gran poder conlleva una gran responsabilidad. Tengo que tener los ojos bien abiertos, incluso mientras esté durmiendo.
Después de un rato, salgo de la ducha, me pongo una toalla alrededor de la cabeza y me visto con el albornoz. Salgo del cuarto de baño y me encuentro a Finnick sentado sobre mi cama, con la cabeza agachada, apoyada sobre los puños.
-¿Qué pasa? -le pregunto.
-Siento haber entrado sin pedirte permiso -dice. Parece preocupado.
-No importa -le digo. -¿Ha pasado algo?
-Digamos que necesitaba hablar con alguien.
-Pues adelante -le digo, y me siento a su lado.
-Le he contado a Fred lo que tenía pensado para él. No le ha hecho nada de gracia. Se ha enfadado, ha dicho que a partir de ahora entrenaría solo y se ha encerrado en su cuarto.
-Vaya... Bueno, supongo que es comprensible. A mi ya me ha dejado claro en alguna ocasión que ya no es el niño asustado que todos creíamos al principio. Sabe lo que quiere, y está dispuesto a conseguirlo sin depender de la caridad de los demás. Supongo que todo esto nos cambia a todos.
-Sí, tienes razón -me dice. -¿Sabes? Creo que eres la única persona en todo Panem con la que se puede mantener una conversación civilizada. -hace una pausa. -Excepto cuando te pones borde, ahí eres peor que Effie cabreada -dice, y ambos reímos.
-Bueno, tú también eres bastante molesto cuando te pones en plan diplomático y todo eso -le digo.
-¿Qué dices? Yo no me pongo diplomático, simplemente nací con el don de la palabra y la persuasión, señorita -dice, y hace un extraño amago de reverencia.
Ambos estallamos en una carcajada, cuando llaman a la puerta.
-Adelante -digo, mientras ambos seguimos riendo.
Es Effie.
-¡Vaya! ¡Qué buenas migas habéis hecho vosotros dos! Es una pena que os hayáis conocido en estas circunstancias, ¿no creéis? -dice ella.
Ambos nos miramos y dejamos de reir. La situación se ha vuelto algo incómoda.
-¿Qué querías, Effie? -pregunta Finnick.
-Oh, solo venía a despedirme, queridos. Os veré mañana a la hora del desayuno. Y tendré listo tu horario, cielo, no te preocupes.
-Muchas gracias, Effie -le digo.
-¡Es mi trabajo! -dice, y se va, cerrando la puerta tras ella.
-Bueno, creo que yo también me voy. Te dejo descansar -dice Finncik, se levanta y se dirige hacia la puerta.
-Vale -le digo. -Buenas noches.
-Buenas noches, Kate -me dice, con una sonrisa, y sale de la habitación.
Me pongo el pijama y me meto en la cama, y le doy vueltas a todo lo que ha pasado hoy hasta que me quedo dormida pensando en qué pasará mañana.

sábado, 2 de marzo de 2013

Capítulo 12


-¡Lo he conseguido! -grito en cuanto veo a Finnick al entrar por la puerta.
-¿En serio? -dice, perplejo, mientras viene a mi encuentro.- ¡Lo sabía!¡Confiaba en tí y lo has conseguido! -me felicita, y me da un fuerte abrazo.
-¿Qué has conseguido? -pregunta Fred, que ya había subido diez minutos antes que yo. Finnick y yo nos soltamos.
-Me he unido a los profesionales -le digo, todavía con una sonrisa de oreja a oreja.
-¿Que has hecho qué? -pregunta Maggs de pronto. -¿Pero te has vuelto loca? ¡Eso es un suicidio, por Dios!
-Vamos, Maggs, no creo que sea tan grave. Yo le pedí que lo hiciera. Tiene buenas aptitudes para estar con profesionales. No veo cual es el problema -contesta Finnick.
-¿Que cuál es el problema? El problema es que esos desalmados disfrutan matando. Ese es el maldito problema. ¿Serás capaz de matar niños? -ahora se dirige a mí.- ¿Serás capaz de plantarte frente a uno de ellos, mirarle a los ojos y clavarle un cuchillo en el pecho? ¿Serás capaz de hacerlo sin pensar que tal vez alguien apuñale a tu hermano si saliera elegido en futuras cosechas?
Auch.
Empiezo a temblar. Demasiada rabia acumulada.
-Kate, creo que es mejor que Fred y tú os vayáis a a vuestras habitaciones, Maggs y yo tenemos que hablar. -dice Finnick, muy serio.
Al pasar a su lado no consigo contenerme.
-Yo ya no tengo nada que perder, y tú no tienes ningún derecho a hablarme así. Preocúpate de convertir al crío en un mártir a tu gusto y a mí déjame en paz -le digo, ardiendo de rabia mientras una lágrima recorre mi cara hasta perderse en el cuello de mi camisa.
La mano de Fred me sujeta el brazo y tira de mi, pero yo me suelto y me dirijo sola a mi habitación.
Los siguientes diez minutos transcurren entre gritos ahogados contra la almohada.
¿Quién se cree que es para hablarme así? No me hará sentir mal, no soy ninguna asesina. Es mi vida, y pienso luchar por ella cueste lo que cueste. Es una promesa.
Me acerco a la puerta y pongo el oído. Todavía discuten.
«No sabía que estábamos intentando crear una asesina, Finnick» dice Maggs.
«No es una asesina, Maggs, ni siquiera ha tocado a nadie todavía. Está buscándose la vida precisamente para que otros maten por ella» le contesta él.
No me hace falta seguir escuchando. Al final entrará en razón. Finnick convence a cualquiera.
Me tumbo en la cama y cierro los ojos mientras espero a que se callen.
Estoy muy cansada. Hoy ha sido un día difícil. Tengo sueño. Y hambre. Pero el sueño puede más ahora mismo...

Unos golpes en mi puerta me despiertan de mi breve siesta. Remoloneando, me levanto de la cama y abro la puerta. Es Effie.
-¡Por fin! ¡Llevo casi cinco minutos llamando a tu puerta, señorita! La cena ya está servida -dice, con una sonrisa amable.
-Lo siento mucho, Effie, pero no me encuentro bien. Hoy no voy a cenar.
-¿Hoy tampoco? -pregunta. Parece preocupada.
-No... no he tenido un buen día.
-¿Cómo que no? Ya me ha contado Finnick que te has unido a los profesionales, ¡eso es maravilloso, Kate! Conocí a muchos tributos que lo intentaron y nunca lo consiguieron, ¡y sin embargo tú te los metes en el bolsillo el primer día! -me dice, entusiasmada.
-Bueno, no todos creen que sea una buena idea -digo.
-Bah, ¿te refieres a Maggs? Está un poco más cascarrabias de lo normal estos días, si cabe -dice, y lo dice en voz baja, como si no quisiera que nadie más lo oyera.- No le hagas mucho caso.
Sorprendentemente para mí, que alguien más a parte de Finnnick y yo misma me felicite por mi logro, me anima lo suficiente como para que decida quitarme la ropa de deporte, darme una ducha rápida, ponerme un bonito vestido rosa que encuentro colgado en el armario y dejarme el pelo suelto, tal y como me gusta llevarlo.
Salgo de la habitación y me dirijo a la gran mesa del comedor, donde ya se encuentran Finnick, Fred, Cinna, Portia y Effie. Todos están muy serios.
Me siento entre Fred y Cinna.
-¿Qué pasa? ¿Dónde está Maggs? -pregunto.
-Maggs ha renunciado a seguir ejerciendo de mentora, cielo -me dice Effie.
-¿Qué? ¿Porqué? -pregunto, aunque ya supongo la respuesta.
-Por “incompatibilidad de caracteres” -dice Finnick, aún atónito.- Es increíble. No me lo esperaba de ella. Lo siento mucho, Fred. No te mereces esto.
-No, yo lo siento mucho -digo, dirigiéndome a Fred. -Ha sido culpa mía, no tenía que haberme puesto así ayer, yo... lo siento muchísimo.
-No te preocupes -me dice, y parece sincero. -No es que su presencia me sirviera de mucho, así que...
-¿Y ahora qué va a pasar? -pregunto.
-Ahora ambos estaréis a mi cargo -dice Finnick. -Yo os entrenaré a los dos y todo será como siempre, ¿de acuerdo?
Miro a Fred, ambos miramos a Finnick y asentimos.
-¡Bueno! -salta Effie de repente, haciendo que me sobresalte. -Kate, querida, ¿porqué no nos cuentas a todos cómo conseguiste entrar en el grupo de los profesionales? ¡Debe ser realmente interesante!
-Sí, Kate, es todo un acontecimiento -me dice Finnick, sonriendo de nuevo.
-Bueno, pues estaba yo tan tranquila cuando de repente aparece Cato, el chico del dos, y me ofrece una pelea clandestina de cuchillos. Acepto, y cuando estamos a punto de empezar, un instructor nos castiga por infringir las normas prohibiéndonos ir a los puestos de entrenamiento físico, así que vamos al de identificación de plantas y, como ya había estado allí con Fred, sabía perfectamente lo que hacía. Digamos que le salvé la vida. El muy tonto casi se come una baya mortal, de no ser por mí, ahora seríamos veintitrés. Parece que eso lo deja impresionado, porque empieza a hacerme preguntas sobre qué haría yo en diferentes situaciones, y le dejo muy claro que soy mucho más lista que todos los tributos juntos. Y, bueno, lo convencí. Y eso es todo.
-No está mal. No está nada mal, aunque no me ha gustado lo de la pelea clandestina -me dice Finnick.
-Lo sé, a mí tampoco -contesto, riendo.
-¿Y qué pasa conmigo? -salta de pronto Fred, molesto.
-Para el carro, amigo -le dice Finnick. -También tengo planes para tí. Lo comentaremos después de cenar, ¿vale?
-Vale. -contesta él, aunque parece algo mosqueado.
-Oh, Effie -digo. -¿Podrías hacerme un favor?
-Claro, cariño, ¿de qué se trata? -contesta.
-Me preguntaba si podrías hacerme una especie de horario o plan de entrenamiento. Me gustaría poder practicar todas las especialidades, y tengo miedo de que no me de tiempo a hacerlas todas, así que si pudieras organizar mi tiempo de algún modo... -le digo.
-Oh, por supuesto, no te preocupes, mañana por la mañana estará listo -contesta, alegre de que le haya pedido que me organice la vida.