viernes, 22 de marzo de 2013

Capítulo 23


-No sé lo que pueden estar pensando los profesionales. Tal vez vayan a por mí desde el principio. He traicionado la confianza de Cato.
-Bueno, tendrás que confiar en tu instinto, preciosa -me dice Cinna, mientras me ayuda a abrocharme el chubasquero.
Estamos ya en la sala en la que se encuentra el tubo que me llevará directa a la Arena. He decidido no despedirme de Finnick ni de Fred. Mis despedidas ya han quedado por escrito. Prefiero quedarme con los recuerdos que me dejó el día de ayer, y no con caras de funeral. El mío, por ejemplo.
-¿Qué hago si veo que soy su objetivo principal? ¿Me arriesgo e intento coger algunas provisiones o escapo lo más lejos posible de la Cornucopia?
-Creo que deberías arriesgarte. Finnick hará lo posible por intentar mantener la fidelidad de los patrocinadores que ya habíais conseguido, pero no sabemos si sus ayudas serán suficientes para mantenerte con vida si estás con las manos vacías.
-Tienes razón. Tendré que arriesgarme y que sea lo que Dios quiera.
-No. Todo depende de tí, única y exclusivamente de tí. No esperes un empujón divino, porque no lo tendrás. Tú eres la única que puede luchar por tu vida.
-Ya es la hora -me dice Cinna, y algo da un bote en mi estómago. -¿Estás lista?
-No -contesto.
-Tranquila Kate. Confío en ti. Saldrá bien.
Puedo ver la mentira en sus pequeños ojos negros. Cinna me dirige hacia el tubo que me llevará directamente a la Arena. Sin que me dé tiempo a decir nada más, la cápsula se cierra y la plataforma empieza a subir.
Tras un par de segundos de ascenso, salgo a la superficie. Un sol cegador me deslumbra y hace que me cueste tener los ojos abiertos. Coloco una mano sobre mis ojos para proporcionarme algo de sombra, y descubro que este año, la Arena se basa en una especie de sabana extensa y llana. No hay muchos árboles, excepto algunos oasis flanqueando la Cornucopia. Hace mucho calor.
Dirijo mi mirada hacia mi derecha. Ahí está Cato. Está serio, pero no hace ningún gesto que indique mi muerte inminente, y eso me tranquiliza de algún modo. Entonces alguien llama mi atención. Es Glow. Me saluda con la mano. Creo que nunca conseguiré entender su optimismo. Espera, me está saludando. Sonríe. Eso solo puede significar que al menos él no está enfadado conmigo. ¿Por qué no lo está? No lo entiendo. Inconscientemente, vuelvo a mirar a Cato. Si mi mente no me traiciona, y espero que no lo esté haciendo, consigo leer en sus labios un “tú tranquila”.
La emoción que siento en ese momento es descomunal. No está todo perdido. Lo sabía.
10, 9, 8...
Me preparo. Las armas y los víveres están colocados estratégicamente. Las peores cosas (mochilas casi vacías, cuchillos de dudosa calidad, y cantimploras sin agua) las han dejado por la parte más cercana a las plataformas de los Tributos y, por ello, son las más fáciles de conseguir, pero también las más inútiles. Si quieres conseguir algo de provecho, tienes que correr riesgos y acercarte más a la Cornucopia. Cuanto más te adentres en la boca del lobo, mejores cosas encontrarás. El irónico humor del Capitolio, supongo.
6, 5, 4...
Voy a arriesgarme. Tengo posibilidades. Busco a Fred con la mirada, pero no logro localizarle.
3, 2, 1...
Un cañonazo ensordecedor indica que los Juegos han empezado. Intento evitar mirar a los demás, y me concentro en llegar a la Cornucopia lo antes posible. La distacia que tengo que recorrer es de unos cuarenta metros, aproximadamente. Voy lo más rápido que puedo, tratando de esquivar al resto de Tributos y los bártulos que hay desperdigados por el suelo. Mi concentración se desvanece durante un momento cuando acierto a ver a Clove lanzando un cuchillo, que aterriza en el pecho de una niña de no más de 15 años. Esta cae de rodillas al suelo, echándose las manos a la sangrante herida, pero antes de que consiga tocar el cuchillo, se desploma boca abajo en el árido suelo. Vuelvo la mirada hacia Clove, que sonríe fanfarrona.
Cuando llego a la Cornucopia, mi primera reacción es empezar a rebuscar entre las cosas con la intención de encontrar algo con lo que defenderme. Para cuando me doy cuenta, Cato está a mi derecha.
-Los gemelos y Clove nos cubren. Ten, usa esto -me tiende una especie de hacha con la cuchilla algo más redondeada de lo normal. Yo estoy... alucinando, basicamente. Cojo el hacha ante su mirada amable, y acto seguido me dedica una sonrisa de complicidad.
Mi adrenalina está a niveles superlativos ahora mismo. Siento que algo se acerca por mi izquierda. Mi brazo, el que sostiene el hacha, se acciona víctima de un acto reflejo lanzando un golpe preciso hacia donde procede el sonido. Un ruido sordo. Un impacto certero. Todavía inconsciente de lo que ha pasado, tiro del hacha y la observo: la sangre, espesa y oscura, resbala por el filo de la cuchilla. Algo cae a mi lado, chocando con mi pierna izquierda. Giro la cabeza lentamente para encontratme con una chica que yace en el suelo, con los ojos muy abiertos y una gran herida abierta en el pecho. La recuerdo de los entrenamientos. Distrito 3. Tiene mi edad. Tenía. Todo se vuelve muy borroso. Es la primera persona a la que... mato, y aunque me siento un monstruo, una parte de mí espera que no sea la última. ¿Estoy cambiando? ¿Ya han empezado los Juegos a hacer efecto? Vuelvo a mirarla. Me obligo a mí misma a memorizarla. Nunca la olvidaré.
La mano de Cato me palmea el hombro un par de veces. Salgo de mi trance.
-Vaya, no ha estado mal -me dice- Empiezas fuerte.
Acto seguido, gira sobre sí mismo y, tras dar unos ocho o nueve pasos, sujeta de la cabeza a un niño algo más pequeño que Fred, partiéndole el cuello y dejándolo caer. Es increíble como no se le borra la sonrisa de la cara. Realmente está disfrutando.

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