Bajamos
hasta el piso -2, donde están situados los estudios de televisión
destinados exclusivamente a las entrevistas de los tributos. Un par
de minutos después, nos encontramos en la fila para ser
entrevistados. Está a punto de tocarnos. Primero va Fred, después
yo. Me ha parecido extraño que Caesar no le mencionara a Cato nada
de “lo nuestro”. Tal vez se esté reservando para soltármelo a
mí. Fred ya ha vuelto, dejando al público enfervorecido. Es mi
turno. Estoy preparada. Escucho la voz de Caesar Flickerman:
-Y
ahora, también del Distrito 4, ¡recibamos con un fuerte aplauso a
Katherine Bennett!
Un
hombre mucho más bajo que yo con unos enormes uriculares me acompaña
hasta el final de las escaleras que suben al escenario. La gente
aplaude como loca. Eso hace que me sienta mejor. Cuando llego al
centro del escenario, Caesar coge mi mano y la besa.
-Bienvenida,
Katherine -dice. -¿No está deslumbrante? -pregunta al público, que
comienza a gritar, mientras Caesar me hace dar una vuelta sobre mí
misma. -De acuerdo, de acuerdo, sentémonos. -Bueno... ¿estás
preparada para la primera pregunta? -me dice, con gesto interesante.
-Si
-me limito a contestar, notablemente nerviosa. Me sudan las manos y
me tiemblan las piernas.
-Está
bien, y la pregunta es... ¿cómo estás?
No
puedo evitar dar un soplido de alivio bastante sonoro, así que tanto
Caesar como el público comienzan a reir.
-Katherine,
eres adorable -me dice él, todavía con las risas del público de
fondo.
-Gracias
-contesto, ahora más relajada.
-Bueno,
querida Kate... puedo llamarte Kate, ¿verdad?
-Claro.
-Fantástico.
Quiero que sepas que no estoy a favor de la pregunta que te haré a
continuación. Verás, corre el rumor por el Capitolio de que las
cámaras de seguridad del centro de entrenamiento, han captado unas
imágenes que nos gustaría que vieras, para después hablar sobre
ello. El vídeo, por favor.
Caesar
me señala con un gesto la enorme pantalla situada justo detrás de
nosotros.
No,
no somos Fred y yo discutiendo. No, no somos Cato y yo en el
invernadero.
Somos
Finnick y yo. En el ascensor. Besándonos.
Empiezo
a marearme, como el día que dijeron mi nombre en la cosecha.
-¿Estás
bien, querida? -me pregunta Caesar, colocando su mano suavemente
sobre mi rodilla.
Los
murmullos de la gente no me permiten pensar con claridad. Esto no
debería estar pasando. No formaba parte del plan.
Me
mareo, no consigo ver con claridad. Todo es demasiado confuso.
-No,
no me encuentro bien... lo siento, discúlpame -le digo y, sin más,
me levanto y me dirijo yo sola hacia el ascensor, ante la mirada
atónita de todo Panem. Oigo a Finnick gritar detrás de mí,
pidiéndome que le espere, pero yo dejo cerrarse la puerta del
ascensor.
Me
encuentro conmigo misma en el reflejo del espejo. Se acabó. Estoy
muerta, incluso antes de empezar. Acabo de firmar mi sentencia de
suicidio.
Cuando
llego al cuarto piso, ni siquiera soy capaz de llegar a mi
habitación. Me derrumbo de rodillas en mitad del salón, como si
acabara de recibir un balazo en la espalda. Empiezo a llorar como un
bebé que ha perdido su único chupete, y siento los fuertes brazos
de Finnick levantándome del suelo sin ningún esfuerzo y llevándome
en volandas hasta el sofá. Me abraza como si temiera que me fuera a
escapar a algún sitio, y yo me centro en su respiración, tranquila,
acompasada. Noto los latidos de su corazón, que suenan al ritmo del
reloj de cuco que hay colgado en la pared.
Me
obligo a mí misma a registrar su olor en mi cerebro para siempre.
Huele a dulce, como a algodón de azúcar. Huele a Finnick. Noto sus
besos en mi cabeza, en mi frente. Me abrazo más fuerte a él, si es
que eso es posible, y él me responde con lo mismo.
Cuando
noto que ya estoy más calmada, levanto la cabeza para incorporarme,
y entonces ocurre.
Finnick
me besa de nuevo. Solo que este beso sabe a lágrimas, tanto mías
como suyas.
-Lo
siento muchísimo -me dice, sujetando mi cabeza entre sus manos. -Es
todo culpa mía.
-No,
no lo es -le contesto, limpiándome las lágrimas. -Yo no me
arrepiento. ¿Sabes qué decía siempre mi madre? “Nunca te
arrepientas de nada de lo que hagas porque, en su momento, era
exactamente lo que querías hacer”. Sé las consecuencias que
traerá esto y, aunque suene incoherente, las acepto.
-Te
quiero -me suelta de pronto.
No
soy capaz de articular palabra. ¿Que me quiere? ¿Por qué? Gracias
al cielo, Effie, Fred, Cinna y Portia aparecen en ese momento.
-¡Cariño...!
-dice Effie, mientras avanza hacia mí con los brazos abiertos, para
intentar reconfortarme con uno de sus abrazos.
Me
dejo abrazar por ella, mientras observo el panorama de reojo. Cinna y
Finnick se abrazan, dándose un par de palmadas en la espalda. Fred
no para de tocarse la cabeza, resoplando.
-¿Cómo
estás? -me pregunta en voz baja Fred cuando Effie me suelta para ir
a consolar a Finnick.
Le
respondo con una mueca de resignación, y él me hace una caricia en
la cara que hace que, a pesar de todo lo que se me viene encima,
sonría.
-Vale,
esto es malo, esto es muy malo -dice Effie, que empieza a hacer
gestos con los brazos para que le prestemos atención.
-¿Por
qué? -pregunto. -Lo malo sería pasar mis últimos días de vida
reprimiendo lo que siento y dejando cuentas pendientes. Eso si sería
malo -siento la mano de Finnick apoyarse sobre la parte baja de mi
cuello.
-Oh,
por favor, ¿te estás oyendo? -me pregunta Effie, indignada.
-Tenemos un problema muy gordo, señorita. ¿Qué piensas hacer
ahora? ¿Qué pasa con Cato y todo lo que habíamos trabajado? Se ha
ido al garete por vuestros líos afectivos.
-Vale,
lo entiendo -contesto. -Y lo siento. Pero, como tú has dicho, ahora
soy yo la que tengo que plantarles cara a mis problemas. En la Arena
estaré sola, no habrá un antes ni un después, seremos yo y mi
capacidad de estrategia. Y, hoy por hoy, es lo único de mi que creo
que no ha cambiado en absoluto. Llámame ilusa, pero creo que aún
hay esperanza.
-Pues,
por mucho que me duela sí, eres una ilusa, Kate -responde ella, y su
labio inferior empieza a temblar, como haciendo pucheros, y me
levanto a abrazarla.
-No
te pongas así, tonta. Que la que se juega el pescuezo soy yo -le
digo, intentando suavizar el asunto, si es que eso es posible, pero
solo consigo que se intensifique su llanto.
Afortunadamente,
Portia se ofrece a llevársela fuera hasta que se calme.
-Kate
-me llama Cinna y, cuando me acerco a él, me mira fijamente,
sujetándome de los brazos. - Escucha atentamente lo que te voy a
decir, no quiero que se te olvide nunca. Jamás. ¿Me has entendido?
Asiento,
y él continúa:
-Confío
en tí. Eres lista, fuerte, tienes carisma. Pondría la mano en el
fuego por tí, y sé que no me quemaría. Eres muy especial. Vas a
sobrevivir, ¿me oyes? Vas a volver a casa. Lo sé. No tengo ninguna
duda. Esto es todo lo que puedo hacer. Creer en tí.
-Muchas
gracias, Cinna -le digo, nos damos un fuerte abrazo, probablemente el
último y, acto seguido, abandona también la estancia, dejándonos
solos a Fred, a Finnick y a mí.
Me
dejo caer en el sofá entre ambos. Fred apoya su cabeza sobre mis
piernas, como un niño pequeño, y yo empiezo a acariciarle el pelo.
Giro
la cabeza hacia mi izquierda y me encuentro con la mirada despistada
de Finnick, que me dedica una bonita sonrisa.
Creo
que estoy aún más loca de lo que pensaba, porque creo que, ahora
mismo, soy casi feliz. No sabría explicar por qué, simplemente me
siento así. “La felicidad se basa en las pequeñas cosas”, dijo
alguien una vez. Creo que se refería a esto. A este momento. Todo
está mal a mi alrededor, todo es caos. Gente a la que mi vida le es
indiferente está preguntándose cual va a ser el siguiente paso. Y,
sin embargo, aquí estoy yo. Rodeada de las que, sin duda, son dos de
las personas más importantes en mi vida. He pasado del llanto a los
suspiros de tranquilidad. Del caos a la calma.
Al
cabo de unos diez minutos, siento que Fred se ha quedado dormido.
Finnick se ofrece a llevarlo a cuestas hasta su cuarto para intentar
no despertarle, así que yo aprovecho y me pongo el pijama.
Una
vez vestida, al girarme para colgar en vestido en una percha,
descubro Finnick apoyado en el quicio de mi puerta.
-¿En
qué piensas? -le pregunto.
Se
acerca a mí con paso lento y, sujetándome la cara suavemente con
ambas manos, me besa. Sus manos van bajando hasta mi cintura y yo,
dando rienda suelta a mis sentimientos por primera vez, le abrazo por
el cuello, aumentando así la intensidad del beso y también los
latidos de mi corazón.
-Oh,
mira qué tarde es -dice, al escuchar de fondo el reloj de cuco
cantar la medianoche. -Si fuera un mentor decente te dejaría
descansar.
-Bueno,
creo que ha quedado claro que ninguno de los dos somos lo
suficientemente decentes -le digo, y ambos sonreímos, todavía con
nuestros labios a escasos milímetros.
-Eres
increíble. En vez de odiarme por destrozarte la vida, estás
gastando tu valioso tiempo conmigo.
-Shh...
-le digo, colocando dos dedos en sus labios. -No lo estropées.
Tengo
muchísimo miedo por lo que pasará mañana, pero me obligo a mí
misma a centrarme en lo bueno que me queda. Ahora soy yo la que le
beso, diciéndole todo lo que no pude hasta este momento.
-Ven
-le digo, tirando de él hacia mí en dirección a mi cama, y él me
responde con una pícara sonrisa de medio lado insoportablemente
irresistible.
Voy
caminando hacia atrás, y cuando mis piernas chocan con la cama, le
beso de nuevo.
-Duerme
conmigo -le pido.
-Moriría
contigo ahora mismo si me lo pidieses.
Bajo
la cabeza y él besa mi frente.
-Finnick.
-¿Si?
-Te
quiero.
No hay comentarios:
Publicar un comentario