Está
amaneciendo. Es irónico, pero siento que he estado muerta todo este
tiempo y que ahora, a escasas horas de enfrentarme con la muerte, he
empezado a vivir.
Los
finos rayos de sol que entran por la ventana acarician a Finnick, que
está a mi lado, abrazándome, y me devuelven una imagen digna de
recordar para siempre.
Es
una sensación curiosa la que experimentas cuando te das cuenta de
que quieres a alguien. Es como cuando buscas algo desesperadamente
por todas partes, hasta que te das cuenta de que lo tienes justo
delante, y piensas: “Vaya, qué tonta, ¿cómo es que no te he
visto antes? ¿Has estado ahí todo este tiempo y yo no me he dado
cuenta?”
No
quiero moverme de aquí. Que vengan a buscarme los Agentes de la Paz,
si quieren. No pienso salir de esta cama en mi vida.
Pero
antes tengo un par de cosas que hacer. Me separo delicadamente de
Finnick, intentando con éxito no despertarle. Me estiro, todavía
sentada en la cama, y localizo un montón de folios y sobres y un par
de bolígrafos que pedí anteayer a una de las chicas del servicio.
Los
cojo y vuelvo a meterme en la cama. Apoyándolos sobre mis piernas,
empiezo a escribir. Primero, una carta a mis padres y a mi hermano.
La siguiente, una más breve, para las gemelas. El siguiente en mi
lista de cosas por hacer es Matt. La suya es la que más me cuesta
escribir. Le sigue la de Fred, que solo recibirá si es el ganador, y
espero que lo sea. Dejo para el final la de Finnick y, para cuando
termino de escribirla, lo descubro mirándome. Seca una lágrima que
resbala por mi mejilla con su mano izquierda.
-Si
las cosas salen mal -hago una pausa. Claro que van a salir mal,
estúpida. -Te dejo encargado de esto. Hay una para ti. Otra para
Fred y el resto para mi familia. Prométeme que se las harás llegar.
Por favor.
Se
queda un momento en silencio, e intuyo que acaba de volver a la
realidad después de esa pausa de ensueño en la que estábamos.
-Haré
lo que sea necesario para que lleguen, de eso no te preocupes.
-Bien
-le digo, y me quedo un rato mirándole. -Voy a ducharme.
Una
vez en la ducha, mi mente me juega una mala pasada y no puedo evitar
ponerme en lo peor. Me imagino a mi misma muriendo en el Baño de
Sangre de un golpe seco en la cabeza, porqué no, dado por Cato. Solo
pensarlo, un escalofrío me recorre la espalda.
O
tal vez sería peor un par de cuchillos de Clove, ante la triste
mirada de Fred. Mientras las cámaras me graban perdiendo la vida,
enviándo esas imagenes directamente a la retina de las personas que
más quiero.
Quiero
llorar. Tengo muchas ganas, lo necesito. Pero ya no me sale.
Salgo
de la ducha, me seco y me visto con la ropa especial para los Juegos.
Botas de montaña. Chubasquero con el número 4 a la espalda. Decido
sujetarme el pelo en una coleta alta. Salgo del baño. Finnick ya no
está.
No hay comentarios:
Publicar un comentario