sábado, 9 de marzo de 2013

Capítulo 18


Vuelvo al piso nº 4 y, como todavía no hay nadie despierto, decido hacer yo misma los honores de empezar el desayuno y darme un pequeño homenaje. Tengo un hambre atroz, ya que ayer no comí prácticamente nada debido al cansancio.
Oigo una puerta que se abre. Distingo el sonido del grifo de la ducha que, al cabo de unos 10 minutos, se cierra. Poco después, Finnick sale de su cuarto.
-¡Buenos días por la mañana! -me dice, secándose todavía el pelo con una toalla. Parece de muy buen humor.
-Buenos días -contesto, también con una sonrisa en la cara.
-¿Qué tal te ha ido con los profesionales? -me pregunta, mientras se sienta junto a mi en la mesa y se sirve un inmenso trozo de pastel.
-Bien y mal -contesto, y al ver interés en su mirada, continúo. -El plan va viento en popa, pero cada vez me resulta más difícil soportarlos, sobre todo a Cato.
-Te admiro, ¿sabes? -me dice. -Yo sería incapaz de estar rodeado de esa gente sin tener instintos asesinos cada vez que abran la boca.
-Créeme, los tengo. Sobre todo hoy. Hasta ahora lo llevaba bien, hasta me divertía contemplar la estupidez de Cato, pero hoy ha sido distinto... me he sentido muy inferior a ellos, como si estuviera perdiendo el control de la situación. Y entonces Cato ha hecho un comentario, bueno, más que un comentario ha sido un gesto, que me ha hecho sentir sucia, me he odiado a mi misma, le he odiado a él aún más de lo que ya lo hacía, he odiado a todos y cada uno de los habitantes de este mundo. Me trata como si le perteneciera, como si fuera mi dueño y fuera yo la inocente que está cavando su propia tumba. Pues está muy equivocado. Pienso matarlo yo misma en la Arena. Voy a borrar de una vez por todas esa estúpida y vomitiva sonrisa que...
-Kate... vamos suelta eso... -me dice Finnick.
Extrañada, sigo su mirada, que apunta en dirección a mi mano derecha. Un cuchillo bastante afilado que había olvidado que seguía en mi mano descansa ahora en la mesa, rodeado de un charco de considerables dimensiones de un espeso líquido rojo oscuro. Es sangre. La mía. En lugar de cogerlo por el mango, lo hice por la cuchilla, y la impotencia de la situación hizo el resto.
Es irónico, pero no soporto la sangre, así que no tardo mucho en desmayarme.

Me despierto en mi cama. Alguien me ha vendado la mano, supongo que Finnick, o quizá Effie. No se cuanto tiempo ha pasado desde que mi cerebro decidió tomarse un descanso, pero no oigo nada al otro lado de mi puerta, y eso solo puede significar dos cosas: o bien no ha pasado mucho tiempo y Fred todavía no se ha levantado, o bien es mucho más tarde de lo que yo pensaba y se han ido sin mí.
La segunda opción me pone tan furiosa que me levanto de golpe de la cama, lo que hace que me marée y vuelva a caer de nuevo, sentada sobre la almohada. La ridiculez de la situación me obliga a reirme, pero no es una risa normal, me rio como una histérica, y esa risa pronto deja paso a un llanto infantil que me hace enfadarme más todavía conmigo misma. Me estoy volviendo loca. Es oficial.
Después de lamentarme en silencio de mi nueva condición mental, decido que ya es hora de hacer algo de provecho. Salgo de mi cuarto y, efectivamente, no hay nadie. Inconscientemente me acerco a la gran mesa de desayuno, ahora vacía, pero el repentino recuerdo de mi episodio con el cuchillo hace que retroceda. Echo un vistazo a toda la estancia en busca de algo que me explique donde está todo el mundo, y encuentro un papel pegado con cinta adhesiva a la puerta de entrada.

Kate:
Si estás leyendo esto es que, obviamente, ya te has despertado. Después de lo del cuchillo, vendé tu mano y te llevé a tu habitación. No quiero que te sientas culpable por ello, es normal, perdiste los nervios y la situación se te fue de las manos.
Como estabas descansando, me he ido con Fred a entrenar hasta la hora de comer. Por la tarde iremos tú y yo. No te preocupes, lo de la mano no te impedirá estar al 100%, como sé que lo estarás. Deberías intentar comer algo ya que, si no llevo mal la cuenta, llevas exactamente dos días sin comer, y no es algo muy apropiado. Y míralo por el lado bueno, no tendrás que volver a ver al imbécil de Cato hasta que estéis en la Arena, donde podrás dar rienda suelta a tu locura transitoria.

Finnick.

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