Vuelvo
al piso nº 4 y, como todavía no hay nadie despierto, decido hacer
yo misma los honores de empezar el desayuno y darme un pequeño
homenaje. Tengo un hambre atroz, ya que ayer no comí prácticamente
nada debido al cansancio.
Oigo
una puerta que se abre. Distingo el sonido del grifo de la ducha que,
al cabo de unos 10 minutos, se cierra. Poco después, Finnick sale de
su cuarto.
-¡Buenos
días por la mañana! -me dice, secándose todavía el pelo con una
toalla. Parece de muy buen humor.
-Buenos
días -contesto, también con una sonrisa en la cara.
-¿Qué
tal te ha ido con los profesionales? -me pregunta, mientras se sienta
junto a mi en la mesa y se sirve un inmenso trozo de pastel.
-Bien
y mal -contesto, y al ver interés en su mirada, continúo. -El plan
va viento en popa, pero cada vez me resulta más difícil
soportarlos, sobre todo a Cato.
-Te
admiro, ¿sabes? -me dice. -Yo sería incapaz de estar rodeado de esa
gente sin tener instintos asesinos cada vez que abran la boca.
-Créeme,
los tengo. Sobre todo hoy. Hasta ahora lo llevaba bien, hasta me
divertía contemplar la estupidez de Cato, pero hoy ha sido
distinto... me he sentido muy inferior a ellos, como si estuviera
perdiendo el control de la situación. Y entonces Cato ha hecho un
comentario, bueno, más que un comentario ha sido un gesto, que me ha
hecho sentir sucia, me he odiado a mi misma, le he odiado a él aún
más de lo que ya lo hacía, he odiado a todos y cada uno de los
habitantes de este mundo. Me trata como si le perteneciera, como si
fuera mi dueño y fuera yo la inocente que está cavando su propia
tumba. Pues está muy equivocado. Pienso matarlo yo misma en la
Arena. Voy a borrar de una vez por todas esa estúpida y vomitiva
sonrisa que...
-Kate...
vamos suelta eso... -me dice Finnick.
Extrañada,
sigo su mirada, que apunta en dirección a mi mano derecha. Un
cuchillo bastante afilado que había olvidado que seguía en mi mano
descansa ahora en la mesa, rodeado de un charco de considerables
dimensiones de un espeso líquido rojo oscuro. Es sangre. La mía. En
lugar de cogerlo por el mango, lo hice por la cuchilla, y la
impotencia de la situación hizo el resto.
Es
irónico, pero no soporto la sangre, así que no tardo mucho en
desmayarme.
Me
despierto en mi cama. Alguien me ha vendado la mano, supongo que
Finnick, o quizá Effie. No se cuanto tiempo ha pasado desde que mi
cerebro decidió tomarse un descanso, pero no oigo nada al otro lado
de mi puerta, y eso solo puede significar dos cosas: o bien no ha
pasado mucho tiempo y Fred todavía no se ha levantado, o bien es
mucho más tarde de lo que yo pensaba y se han ido sin mí.
La
segunda opción me pone tan furiosa que me levanto de golpe de la
cama, lo que hace que me marée y vuelva a caer de nuevo, sentada
sobre la almohada. La ridiculez de la situación me obliga a reirme,
pero no es una risa normal, me rio como una histérica, y esa risa
pronto deja paso a un llanto infantil que me hace enfadarme más
todavía conmigo misma. Me estoy volviendo loca. Es oficial.
Después
de lamentarme en silencio de mi nueva condición mental, decido que
ya es hora de hacer algo de provecho. Salgo de mi cuarto y,
efectivamente, no hay nadie. Inconscientemente me acerco a la gran
mesa de desayuno, ahora vacía, pero el repentino recuerdo de mi
episodio con el cuchillo hace que retroceda. Echo un vistazo a toda
la estancia en busca de algo que me explique donde está todo el
mundo, y encuentro un papel pegado con cinta adhesiva a la puerta de
entrada.
Kate:
Si
estás leyendo esto es que, obviamente, ya te has despertado. Después
de lo del cuchillo, vendé tu mano y te llevé a tu habitación. No
quiero que te sientas culpable por ello, es normal, perdiste los
nervios y la situación se te fue de las manos.
Como
estabas descansando, me he ido con Fred a entrenar hasta la hora de
comer. Por la tarde iremos tú y yo. No te preocupes, lo de la mano
no te impedirá estar al 100%, como sé que lo estarás. Deberías
intentar comer algo ya que, si no llevo mal la cuenta, llevas
exactamente dos días sin comer, y no es algo muy apropiado. Y míralo
por el lado bueno, no tendrás que volver a ver al imbécil de Cato
hasta que estéis en la Arena, donde podrás dar rienda suelta a tu
locura transitoria.
Finnick.
No hay comentarios:
Publicar un comentario