Pero,
a pesar de todo, tengo casi la total certeza de que mi nombre no va a
salir hoy. Siempre me he sentido afortunada, en cierto modo, claro, y
algo me dice que mi suerte no va a cambiar esta vez. Vivo en uno de
los Distritos más ricos de todo Panem, el número 4, dedicado en su
totalidad a la pesca. Mis padres son dueños de la mayor pescadería
del Distrito, y venden sus mejores productos al Capitolio. Esto
siempre ha hecho que nunca nos faltara un plato de buena comida en la
mesa, y nos permite disfrutar de ciertos lujos que en otros Distritos
son impensables. Mi hermano Nuka solo tiene 7 años, así que todavía
nos quedan unos 5 años de paz antes de que cumpla 12 y su nombre
entre por primera vez en la urna.
-¡Kate!
¡Se hace tarde, ya casi es la hora! -dice mi madre desde la entrada
de la casa. Su voz parece nerviosa, pero yo estoy muy tranquila. O
eso creo.
Preparo
los últimos detalles de mi atuendo: me abrocho los zapatos, me
ajusto mi larga coleta rubia y me dispongo a bajar por las escaleras,
cuando algo me detiene.
¿Y
si sale mi nombre?¿Y si toda mi seguridad desbordante no fue más
que una artimaña de mi subconsciente para no entrar en pánico antes
de tiempo? No -me digo. Mi nombre no va a salir. Saldré
sana y salva de la Cosecha, como ha pasado siempre. Mi nombre no va a
salir.
Me
sorprendo repitiendo esa frase en voz baja todo el trayecto hasta la
puerta.
-No
va a salir tu nombre, cariño. Lo sabes, ¿verdad? -dice mi padre,
mirándome con lo que interpreto como compasión en sus ojos verdes y
sinceros.
-¿Y
si sale, qué? Yo no tengo ninguna habilidad, papá -empiezo a
ponerme nerviosa- Yo no se cazar, no se luchar, no se tirar
cuchillos, y sabes que pescar no es mi fuerte... Lo único que se
hacer es engañarme a mi misma año tras año convenciéndome de que
mi nombre no va a salir en la Cosecha, y ni siquiera eso me sale bien
-una lágrima me resbala por la mejilla, y el orgullo hace que me
arda la garganta.
Yo
nunca lloro. Nunca. Siempre he creído que los sentimientos están
sobre valorados. Para mí, llorar es mostrar tu debilidad al mundo,
darles la información que necesitan para utilizarla en tu contra a
su antojo. Pero hay algo en mi padre, que le da a mi orgullo una cura
de humildad.
-No
te voy a mentir, Kate. No eres lo que se dice, precisamente, una
máquina de matar. Pero eres muy, muy lista. Estoy seguro de que
sabrías aliarte con las personas adecuadas para salir ilesa, como
siempre has hecho. No sé si tu nombre saldrá hoy o no, pero lo que
si sé es que pase lo que pase, yo estaré orgulloso de ti, porque tú
tienes lo necesario para ganarles a todos. Cerebro. -Su mirada me
confirma que está diciendo la verdad. Realmente me cree capaz de
ganar.- Pero no vas a salir, así que puedes olvidar todo lo que te
acabo de decir.
No
puedo evitar reírme. Sus palabras me han hecho sentir mucho mejor,
pero sé que se esfumarán si mi nombre sale de los labios de la
acompañante del Distrito 4.
-Venga,
venga, ¡que no tenemos todo el día!. -advierte mi madre, tan
eléctrica como siempre. Para ella, el día debería tener unas 35
horas, más o menos. Su filosofía se basa en que el tiempo nunca es
suficiente. Pero tengo el presentimiento de que para mi va a ser una
mañana muy larga.
En
el porche de mi casa, nos espera Matt, mi mejor amigo, y sus hermanas
pequeñas, las gemelas Melissa y Spencer. Para ellas, al contrario
que para Matt y para mí, es su primer año en la Cosecha.
Matt,
que es mucho más alto que yo, pasa un brazo sobre mis hombros y me
da un beso en la cabeza, como lleva haciendo cada vez que nos vemos
desde que nos conocimos a los nueve años. Acaricio las melenas de
Melissa y Spencer, cada una con una mano.
Matt,
Melissa y Spencer viven muy cerca de mi casa, y sus padres llevan el
negocio de artículos de pesca del Distrito, algo bastante
imprescindible en un lugar que se dedica casi en su totalidad a la
explotación pesquera y al mundo marítimo en general.
-¿Qué
crees que pasará este año? -me pregunta Matt.
-No
lo sé, pero espero que cualquier cosa excepto los nombres de
cualquiera de nosotros cuatro saliendo de las urnas.
-Eso
espero -me dice, y emprendemos el camino hacia la plaza.
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