Ahora
nos llevan a la estación, donde cogeremos un tren que nos llevará
al Capitolio. Nunca había viajado en tren, y podría decir con
seguridad que Frederick tampoco. Para cuando me doy cuenta, está
pegado a mí. Debe estar muy asustado.
-No
te preocupes, Frederick, todo va a salir bien, ¿de acuerdo? -intento
parecer convincente.
-Yo
solo quiero volver a casa con mi familia -contesta.
-Volverás,
no te preocupes.
Creo
que nota la mentira en mis ojos. Nunca se me ha dado bien mentir, y
creo que debería aprender si quiero aliarme con el grupo de los
profesionales y hacerles creer que valgo la pena. Los profesionales
son los tributos de los Distritos 1 y 2, y se les llama así porque
entrenan para los juegos desde que aprenden a andar, a pesar de que
es ilegal. Cuando cumplen dieciocho años se presentan voluntarios, y
para entonces suelen ser bastante letales. Tanto que la mayoría de
los años, siempre gana alguno de ellos. Después de lo de Finnick,
se empezó a considerar al Distrito 4 como un distrito profesional,
pero ya no.
Al
entrar en el tren, siento como si entráramos en una dimensión
completamente distinta. Todo es demasiado colorido, tanto que hace
daño a la vista. Sofás de un verde lima bastante chillón a lo
largo de todo el vagón, apoyados contra las paredes empapeladas de
un púrpura enfermizo. Las alfombras parecen de piel de algún
animal, aunque no sabría decir cuál es. Grandes lámparas cuelgan
de los techos, y la mayor parte del espacio está ocupado por mesas
repletas de comida. Frederick se separa de mi lado rápidamente y se
lanza a probarlo todo. Me lo pienso unos minutos, pero finalmente
decido acompañarle. Entonces aparece la dichosa Effie, dando
grititos a cada bocado que nos metemos en la boca, como escandalizada
o algo así.
-¿Es
que no os han enseñado modales, jovencitos? - y nos golpea en las
manos haciendo que se nos caiga la comida al suelo.
Mis
ganas de estamparle un trozo de esa gelatina naranja en la cara son
supremas. Odio que me molesten mientras como. Pero entonces recuerdo
a mi padre: Sé humilde, que nos conocemos.
Me
guardo las ganas para otro momento y le dedico la mejor sonrisa que
me sale en el momento, la cual creo que es bastante convincente, ya
que me devuelve otra gran sonrisa y nos pide que tomemos asiento en
uno de los sofás.
Frederick
se sienta pegado a mí. Creo que está intentando aferrarse a todo lo
que tenga que ver con el Distrito 4. ¿Sabrá que su padre habló
conmigo?
-¿Nerviosos
por conocer mejor a vuestros mentores, chicos? -Effie interrumpe mis
pensamientos.
-No.
-contesto.
Frederick
no dice nada. Se limita a mirarme, como analizándome. Creo que
intenta averiguar si puede confiar en mí.
Se
oye el ruido de una puerta abriéndose.
-¡Oh,
aquí estáis, por fin! ¡Son la cosa más sosa que he visto en años!
-comenta Effie a nuestros mentores, quejándose.
-¿Qué
quieres? ¿Que salten? - dice Finnick. -Ya sabes como son las cosas
Effie, entiende que ellos no lo vean todo desde tu perspectiva -dice,
y le lanza una sonrisa aduladora que deja a Effie paralizada durante
unos segundos.
Maggs
y Finnick se sientan en un sofá idéntico al nuestro situado justo
enfrente.
Ella
me mira fijamente, algo que hace que me sienta incómoda y aparte la
vista varias veces. Él se limita a pedir al camarero cuatro tés, y
le sugiere a Effie que vaya a ver si está todo listo para cuando
lleguemos al Capitolio, algo que parece hacerle mucha ilusión, ya
que se marcha casi corriendo y canturreando.
-No
me gusta ella -me susurra Fred cuando nuestros mentores no miran.
-No
te preocupes, seguro que te tocará a tí con Finnick -le contesto,
intentando parecer convincente. La verdad es que Maggs no inspira
mucha... eficacia.
Tras
un par de minutos de incómodo silencio, Finnick decide romper el
hielo:
-Bueno
chicos, creo que deberíamos ponernos ya en marcha, no hay tiempo que
perder. Katherine, tú vendrás conmigo y, Frederick, irás con
Maggs.
Noto
como Fred se tensa a mi lado. No podía empezar con peor pie.
Finnick
y Maggs se levantan, y éste me hace un gesto para que yo también me
levante. Inmediatamente, Maggs ocupa mi sitio en el sofá al lado de
Fred.
No
puedo ver qué pasa después, porque Finnick me lleva a un vagón
nuevo. Es mucho más relajante que el otro, por los colores.
Predominan el marrón y el blanco. Me gusta. Hay mucho espacio libre,
solo está ocupado el centro con una mesita de café y cuatro butacas
alrededor. Parecen cómodas, así que me acerco a ellas.
-Oh,
no, no te sientes aún – me pide, y me pongo derecha otra vez.
Se
pasa los siguientes diez minutos dando vueltas a mi alrededor,
mirándome, examinándome. Está empezando a molestarme, pero me
contengo.
-Eres
muy alta -dice, finalmente.
-Sí
-me limito a contestar.
-Y
estás en buena forma. ¿Haces algún deporte? - me pregunta,
curioso.
-No...
pero solía hacerlo cuando era algo mayor que Fred. También me
encantaban las carreras, saltar obstáculos y cosas así...Todavía
recuerdo cómo escalar. -le digo.
-Entiendo.
Bueno, eso es una ventaja a la hora de subirte a los árboles y
correr si algo o alguien te persigue -contesta.
-O
si les persigo yo a ellos -digo. No me gusta cuando la gente da las
cosas por sentadas.
-O
si les persigues tú a ellos, eso es -contesta, con una sonrisa.
-Tienes una buena actitud, Kate. Puedo llamarte Kate, ¿verdad?
-Claro
-le digo.
-Supongo
que serás una nadadora profesional, ¿no es así?
-Bueno,
la respuesta es bastante obvia. Todo el mundo es nadador profesional
en nuestro distrito -contesto.
-Yo
no. No se lo digas a nadie pero, aunque parezca increíble, nunca he
sido muy simpatizante del agua. De hecho, tuve bastante suerte de que
la Arena de mis Juegos fuera una gran montaña rocosa.
-Sí,
supongo que fue una suerte... pero no es mi caso, así que... -le
contesto, intentando no parecer del todo indiferente, aunque en
realidad no me importe lo más mínimo si le gusta el agua o si su
color favorito es el amarillo.
-Me
gustas, ¿sabes? Tienes iniciativa. Y eso es un factor clave.
-Sí,
supongo que sí.
-Bien.
Pues tenemos que intentar que esta actitud se mantenga hasta que solo
quedes tú en la arena, ¿de acuerdo?
-Vale
-contesto. Eso me da a entender que ya está descartando a Fred como
posible ganador.
-Bien.
Veo que estás cansada, así que será mejor que te vayas a
descansar. Mañana será un día duro. Intenta dormir todo lo que
puedas.
-Vale
-digo de nuevo.
-Llamaré
a Effie para que te indique donde está cada cosa -dice, y se va.
Entonces
Effie aparece como un rayo por la puerta y empieza a hablar de cosas
sin ningún sentido para mí: que si el horario pone tal cosa, que si
le das a este botón aparece un sirviente que te traerá lo que
quieras -la palabra sirviente me chirría – que si mi ropa está no
sé en donde...
Para
cuando me doy cuenta, estoy en una habitación. Ni siquiera me fijo
en los detalles, solo en la cama situada justo en el medio. Estoy tan
cansada que simplemente me quito el vestido y desaparezco entre las
mantas. Mañana será otro día.
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