Estoy
en una especie de camilla de metal, en lo que llaman “Centro de
Renovación”. Solo el nombre me asusta. Para cuando me doy cuenta,
tengo encima a cuatro extrañas personas tocándome el pelo,
levantándome el albornoz, examinando mis pies y mis manos, mirándome
los dientes, y mil cosas más a la vez que ni siquiera me da tiempo a
asimilar. Oigo comentarios de todo tipo: “¡Su pelo es divino!”
“Sí, pero se nota que está descuidado” “Sus dientes no están
mal, aunque habrá que blanquearlos aún más”, “¡Y qué ojos!”,
“¡¡Oh, Dios mío, no!! ¡Se muerde las uñas!”
Empiezan
lavándome el cuerpo y el pelo, y la falta de sueño empieza a
hacerse notar, así que cierro los ojos, intentando no pensar en
nada.
Solo
estoy totalmente despierta cuando me depilan, para mí la peor parte,
aunque no me quejo. Creo que están intentando sacar lo mejor de mi,
y eso solo puede beneficiarme, porque una vez en la arena, voy a
necesitar ayuda de los patrocinadores.
-Vaya,
has resultado bastante fácil de llevar -me dice una mujer
completamente pintada de verde y cantidades ingentes de purpurina en
los párpados.
-Ah,
muchas gracias -contesto, con una calma poco común en mi desde la
Cosecha. Me han venido genial los masajes.
-Pero,
por favor, intenta no dejarte crecer esas cejas otra vez -me pide
otra mujer con la cara tatuada de flores azules y amarillas.
-Lo
intentaré -le contesto.
Me
indican una habitación en la que tengo que esperar a Cinna, y me
dirijo allí. Es una habitación bastante simple, no muy grande. Las
paredes son grises y solo hay un camilla similar a la de antes y un
gran espejo en la pared.
No
tarda mucho en llegar. Me lo imaginaba igual de extravagante que los
demás, pero no. Lo único destacable de su estética es el delineado
dorado que le enmarca sus ojos marrones.
-Hola,
Katherine -me saluda. -Soy Cinna.
-Sí,
lo se... tú eres mi estilista, ¿verdad? -pregunto.
-Exacto.
Estoy aquí para que deslumbres a todo Panem esta noche.
-Bien.
Creo que me hará falta. No tengo muchas habilidades, así que
necesitaré mucho la ayuda de patrocinadores -le explico.
-Vaya,
veo que ya estás al tanto de mi papel y el de los patrocinadores
-dice. Parece divertido.
-Sí,
bueno. Quiero que la suerte esté de mi parte para cuando esté en la
arena.
-Eso
está bien. Tienes iniciativa. Yo haré todo lo que esté en mi mano
para que no te olviden.
-Gracias
-le digo. La voz me tiembla. ¿Y si no notan mi presencia? Me juego
mucho a esta noche.
-¿Quieres
ver ya tu traje? -pregunta Cinna.
-Si,
claro -contesto.
Se
dirige a una especie de percha colgada en la pared y desenfunda una
malla negra de cuerpo entero, desde el cuello hasta los tobillos. Mi
desilusión es palpable.
-No
juzgues a un libro por su cubierta, Kate. Adelante, póntelo.
Me
quito el albornoz y me quedo con la ropa interior que me pusieron
antes lo encargados de prepararme. Me pongo la malla con cierta
incertidumbre... espero que no empiece a arder o algo así.
-Perfecta.
Te queda muy bien -dice Cinna, ayudándome a subir la larga
cremallera de la espalda. -Ahora coloca tu dedo corazón derecho en
tu muñeca derecha, ¿puedes?
-Sí...
hay un botón, ¿no? -respondo, curiosa.
-Sí.
Adelante, púlsalo.
Vacilo
unos instantes, todavía no estoy muy tranquila con lo de salir
ardiendo.
Entonces
pulso el botón. Como una especie de holograma, la malla empieza a
convertirse en el mismísimo océano. Desde mis tobillos hasta más o
menos las rodillas empieza a dibujarse el fondo marino, tan perfecto
como lo recordaba. A partir de ahí, el nivel del mar va subiendo
hasta la altura de mi pecho, donde las olas vienen y van con las
mareas. Mis hombros y brazos, salpicados de espuma de mar. Mis ojos,
encendidos de esperanza.
-Estoy
sin palabras, Cinna. Muchísimas gracias, de verdad -siento una
lágrima corriendo por mi mejilla. Se acerca y me abraza. Agradezco
cualquier muestra de cariño a estas alturas.
-Ahora
apágalo, no se le vaya a gastar la batería -me aconseja, y yo
obedezco. -Ahora te reunirás con Finnick, Maggs y Frederick, y os
prepararéis para el desfile de los tributos, ¿de acuerdo?
-Sí,
vale -empiezo a ponerme nerviosa.
-Estate
tranquila, todo el mundo se va a fijar en ti -remarca el “todo el
mundo” para darle más credibilidad. -¡Y mantén la cabeza alta!
Suspiro,
y me dirijo hacia la puerta principal, donde me esperan dos Agentes
de la Paz que me acompañan hacia un coche negro con los cristales
tintados. Me siento importante.
Entro
en el coche y me encuentro a Frederick en el otro extremo del
asiento.
-¡Hola!
¿Has visto ya cómo molan nuestros trajes? ¡Parecemos una pecera!
Estoy seguro de que les va a encantar -dice, con una enorme sonrisa
en la cara.
“Pecera”
no es el término que yo hubiera utilizado, pero aún así intento
mostrar el mismo entusiasmo que él desprende.
Nos
pasamos el trayecto hacia el desfile de los tributos hablando de
cosas sin importancia: sobre lo rara que era la gente en el Centro de
Renovación, sobre Cinna y la estilista de Frederick, Portia, sobre
si sabremos mantener el equilibrio sobre los carros que nos llevarán
hasta el Centro del Capitolio... Temas absurdos, intentando ocultar
otro tipo de pensamientos, como que ninguno de los dos saldremos
vivos de estos Juegos.
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