Cinco
Agentes de la Paz, dos para Frederick y tres para mi (creo que temen
que me desmaye otra vez) nos dirigen hacia el Edificio de Justicia.
Ahí meten a los tributos en habitaciones separadas y los dejan
durante exactamente un hora para que se despidan de sus familiares,
puede que por última vez.
La
habitación en la que me encuentro huele a cuero. Me encanta ese
olor, aunque supongo que sería más agradable en otras
circunstancias. Hay un gran ventanal desde donde se ve la plaza. Ya
casi no hay nadie. Ahora todo el mundo estará en sus casas,
esperando a que el Capitolio retransmita como ha sido la Cosecha.
Siempre
he estado rodeada de gente, suelo caerles bien a las personas. Me
gusta tratar bien a los demás. Aunque cuando quiero puedo ser muy
desagradable. A veces creo que Matt es la única persona que
realmente comprende mi manera de ser.
Las
primeras personas en entrar son mis padres y Nuka. Mi padre me
atraviesa con la mirada, fijamente, como si no se pudiera creer que
me está perdiendo para siempre. Mi madre se lanza a mis brazos como
una histérica, y Nuka llora porque creo que no entiende muy bien qué
está pasando. Después de unos cincuenta besos de mi madre y un
montón de frases incomprensibles que me moriría por haber
entendido, mi padre se acerca a mí. Ya no me mira como cuando entró.
Ahora sus ojos reflejan seguridad.
-Bueno,
pues al final ha pasado, ¿no? -dice, con cierto pesar en su voz.
-Eso
parece -contesto.
-Recuerdas
lo que te dije antes de salir de casa, ¿verdad? No lo olvidaste
cuando te lo pedí, ¿no?
-No,
papá, me acuerdo -contesto, y la voz se me quiebra.
-Bueno,
pues entonces ya sabes lo que tienes que hacer. Intenta darlo todo en
el entrenamiento, aprende lo máximo que puedas, aprovecha el tiempo
al máximo, sé humilde con tu mentor, que nos conocemos, y sobre
todo: trata bien al crío.
-Sí,
papá, no te preocupes, haré todo lo que me digan y tendré
presentes todos tus consejos a cada segundo que pase en la arena.
-Esa
es mi chica -y me da un beso en la frente, que me duele mucho más
que cualquier jaqueca.
Nuka
me mira con los ojos completamente encharcados, así que me limito a
abrazarlo con todas mis fuerzas y él me da un besito en la cara. Eso
es lo que más voy a echar de menos.
Un
Agente de la Paz llama a la puerta y dice que hay otras personas que
también quieren despedirse, así que mi familia debe salir ya o se
acabará el tiempo.
-Recuerda
lo que te he dicho, Kate -dice mi padre, como despedida.
-¡Sé
fuerte, cariño! -me ruega mi madre.
-Hasta
la cena, Kate – canturrea Nuka.
-Adiós,
os quiero mucho a todos -digo, casi sin voz.
Y
la puerta se cierra.
Pasan
un par de minutos antes de que se abra de nuevo.
Es
Matt. Entra rápidamente y veo que está llorando. Ya le he visto
llorar muchas veces, es un chico muy sensible, pero esta vez es
distinto, porque esta vez el problema no tiene solución.
Nos
abrazamos inmediatamente y no nos separamos hasta pasados unos cinco
minutos.
-No
me lo puedo creer, esto es una pesadilla -me dice.
-Lo
sé -contesto.
Nos
sentamos el uno frente al otro en el sofá de cuero. Él me coge de
las manos y las sostiene entre las suyas.
-¿Qué
tal están las niñas? -le pregunto.
-Pues
mal. Querían venir a despedirse, pero he creído que sería mejor
ahorrarles un momento así.
-Has
hecho bien -le digo. -Diles que las quiero mucho.
-Lo
haré. Pareces tranquila. ¿Tienes miedo? -me pregunta.
-Bueno,
ya sabes lo bien que se le da a mi padre calmar los ánimos. Lo que
tenga que pasar, pasará. Supongo que era el destino que mi nombre
saliera hoy -contesto.
-Tú
siempre tan conformista -dice, regañándome. -Pues te aseguro que no
es así. Es imposible que el destino de una persona tan increíble
como tú tenga que ver con una salvajada como ésta. ¿Sabes?
-empieza, ahora más relajado. - Siempre me ha gustado tu nombre.
Cada vez que lo escucho es como música para mis oídos, porque en
ese mismo instante pienso en ti, en tu cara, en tu pelo, en tus ojos.
Tus ojos... -dice, y se queda unos instantes mirándome fijamente.
-Pero hoy, lo he odiado profundamente. En cuanto lo escuché salir de
los labios de esa estúpida mujer, deseé con todas mis fuerzas que
te llamaras de cualquier otra forma. Deseé que te hubieran puesto el
nombre más feo del mundo. Pero no. Tenías que llamarte Kate.
Sonrío
tímidamente.
-Tienes
que ganar, Kate -me dice. - Es más, vas a ganar, estoy seguro.
-Permíteme
que lo dude. Hay que ser realista, Matt. No me puedo creer que yo lo
haya aceptado antes que tú.
-¡Porque
eres una maldita conformista! -me dice, levantándose bruscamente del
sofá.
-No
soy conformista. Soy realista. Y cuanto antes se asuman las cosas,
mejor.
-No,
no puedes decir eso. No te puedes rendir sin ni siquiera intentarlo.
Tienes capacidad de sobra para conseguirlo. Aunque no lo hagas por
ti, piensa en todos nosotros. En tus padres, en Nuka. ¿Quién va a
hacer cosas de chicas con mis hermanas? ¿Quién me va a alegrar las
mañanas en la tienda cantando cancioncillas mientras compartimos el
desayuno? ¿Y qué pasa con tu padre? ¿Crees que saldrá adelante
sin ti? ¿Y cómo conseguirá tu madre no volverse loca sin nadie
abrazándola en el sofá frente a la chimenea hasta que se queda
dormida? Eres una pieza imprescindible en la vida de todos nosotros,
Kate. Eres... eres nuestro motor. -dice, y me mira como si eso fuera
algo que ya debería saber.
No
puedo contestarle. Se me ha hecho un fuerte nudo en la garganta que
me produce mucho dolor. Tiene razón, me necesitan. No quiero ni
pensar en mi hermano preguntando todos los días que cuándo voy a
volver. No puedo rendirme.
-No
voy a rendirme -le digo a Matt.
-Más
te vale -me dice, y justo cuando se acerca para abrazarme, un Agente
de la Paz abre la puerta y dice que todavía hay dos personas que
quieren hablar conmigo, así que Matt tiene que irse ya porque, de lo
contrario, se acabará el tiempo.
Nos
damos un rápido abrazo y Matt me besa en la cabeza, quizá por
última vez, y sale de la sala empujado por el Agente de la Paz.
Un
par de minutos después entra Sophie, una antigua compañera de
clase. Es una visita breve, en la que básicamente se limita a
decirme que ella y las otras chicas del grupo me apoyan y que les
parece una tragedia lo que ha pasado.
Solía
pasármelo muy bien con ellas, íbamos a estudiar juntas, dábamos
paseos y nos contábamos nuestros secretos. Recuerdo que a una de
ellas, Karen, le gustaba Matt. Me había pedido que le preguntara a
él si ella también le gustaba, pero su respuesta fue que «no
estaba interesado en una chica tan aburrida y cabeza hueca como
Karen.»
Después
de abrazarme, Sophie se va sin necesidad de que un Agente de la Paz
se lo ordene. Sé que ha venido simplemente para no tener
remordimientos después. Cuando acabamos el colegio, hace dos años,
perdí el contacto con ellas. Una vez mi madre me dijo, que la
amistad es como una flor, que hay que cuidarla todos los días.
Supongo que la mía con las chicas murió hace tiempo de
deshidratación. Prefería dedicar mi tiempo a mi hermano, a Matt y a
las gemelas. Siempre me he sentido muy cómoda rodeada de ellos, más
que con cualquier otra persona.
Inmediatamente
después de la salida de Sophie, la puerta se abre de nuevo. Para mi
sorpresa, cruza el umbral un hombre al que no conozco de nada. Se
sienta en una silla en frente de mi, y me mira con ojos de pena.
-Soy
el padre de Frederick -suelta por fin.
Su
aspecto es de total cansancio, y diría que aparenta muchos mas años
de los que tiene.
-Oh...
-me limito a decir. Mi capacidad expresiva en momentos así es
desconcertante.
-Verás...
sé que mi hijo no logrará ganar los juegos... en fin, solo tiene 14
años... así que te pediría que intentaras mantenerlo con vida el
mayor tiempo posible... si no es mucho pedir, claro...
-No
se preocupe -le contesto, con lágrimas en los ojos. No quiero ni
imaginarme lo horrible que debe de ser ir mendigando a los demás
unos días más de vida para tu hijo.- Le aseguro que haré todo lo
posible para que su hijo sobreviva al resto. -no se me ocurre nada
más que decir. No le voy a decir que lo protegeré con mi vida,
porque yo también quiero vivir.
-Bueno,
pues muchas gracias, aprecio tu gesto, y mi familia también.
Me
levanto y le ofrezco mi mano, pero él se apresura a abrazarme,
poniendo todas sus esperanzas en mí.
Al
cabo de medio minuto, aproximadamente, me suelta y se va de la
habitación.
Estoy
sola de nuevo. Ahora sé que no va a venir nadie más. Según el gran
reloj que cuelga en la pared, aún quedan 10 minutos antes de que
termine la hora reglamentaria, así que me siento en el gran sofá
marrón y me limito a intentar no pensar en nada.
Pero
es imposible. En menos de unas dos semanas, estaré muerta. Supongo
que tengo alguna posibilidad de ganar, por lo menos más de las que
tiene Frederick, pero ahora mismo, son demasiado mínimas como para
que siquiera me fije en ellas.
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