viernes, 1 de marzo de 2013

Capítulo 11


El sonido de voces al otro lado de mi puerta me avisa de que ya es hora de levantarme. He llorado la mayor parte de la noche, así que entro al baño y me lavo la cara repetidas veces para intentar ocultar lo obvio.
Me ajusto la coleta, me pongo un albornoz que encuentro colgado en la puerta, hago la cama y salgo a enfrentarme a un nuevo día.
Al salir, me sorprende ver a Finnick, Maggs y Fred sentados en el gran sofá charlando animadamente. Parece que soy la única afectada después de la conversación de anoche.
Decido acercarme y me siento al lado de Fred como si nada.
-Buenos días. -me dice Fred, con una sonrisa.
-Hola. -le contesto.
-Kate, -empieza Finnick- le estaba explicando a Fred que hoy empiezan los entrenamientos. Los primeros dos días entrenaréis solos, el tercer día Maggs y yo estaremos con vosotros y, el cuarto día, entrenaréis por separado, tú conmigo y Fred con Maggs. Van a ser unos días de mucha presión, ya que el quinto día tendréis que impresionar a los jueces con cualquiera de las habilidades que hayáis aprendido.
-Más os vale entrenarnos bien, ¿eh? -contesto, intentando ser agradable.
Finnick ríe.
-Haremos todo lo que podamos, tenlo por seguro. -me contesta.
La verdad es que es bastante mono. Me he fijado en que, cuando sonríe, se le forma un pequeño hoyuelo en la mejilla derecha que me parece encantador. Y he observado que, cuando tiene que explicar algo que le resulta incómodo o difícil, tiene una especie de tic nervioso. Se pasa los dedos por el pelo unas diez veces por minuto. Y cuando está distraído...
¿¡Pero qué haces!?, me digo a mi misma, despertándome de mi ensueño matutino. No puedes permitirte pensar así. Sí claro, tú con Finnick Odair. ¿Acaso te has vuelto loca? No es propio de tí. ¿Es así como piensas ganar? ¿Suspirando por el primer paleto que te dedique un par de sonrisas? Mal, muy mal.
-Muy mal... -me sorprendo diciendo en voz alta.
-¿Qué está mal? -me pregunta Maggs, extrañada.
-Eh... que me encuentro muy mal... serán los nervios por el entrenamiento de esta tarde.
Brillante excusa, genio.
-No te preocupes. Conociéndote, los dejarás a todos con la boca abierta.
-Sí. -contesto.
Seguro que sí.


Las salas de entrenamiento están bajo el nivel del suelo de nuestro edificio. El trayecto en ascensor es de menos de un minuto, y después las puertas se abren para dejarnos ver un gimnasio lleno de armas y pistas de obstáculos. Todavía no son las cuatro, pero somos los últimos en llegar. Los otros tributos están reunidos en un círculo muy tenso, con un trozo de tela prendido a la camisa en el que se puede leer el número de su distrito.
En cuanto nos unimos al círculo, la entrenadora jefe, una mujer alta y atlética llamada Atala, da un paso adelante y nos empieza a explicar el horario de entrenamiento. En cada puesto habrá un experto en la habilidad en cuestión, y nosotros podremos ir de una zona a otra como queramos, según las instrucciones de nuestros mentores. Algunos puestos enseñan tácticas de supervivencia y otros técnicas de lucha. Está prohibido realizar ejercicios de combate con otro tributo. Tenemos ayudantes a mano si queremos practicar con un compañero.
Empiezo a analizar a los otros tributos, y se me cae el alma a los pies. Aunque soy alta, casi todos los chicos y la mitad de las chicas son mucho más grandes que yo, cualquiera de ellos me saca de veinte a treinta kilos.
Entre ellos, veo a Cato, el chico del Distrito 2 que se supone que es mi “objetivo”.
Las palabras de Finnick vuelven a mi mente: «Tiene pinta de dejarse engatusar». Eso espero.
Está parado en la otra punta del gimnasio, con los brazos cruzados sobre el pecho y una sonrisa arrogante en la cara. Y me está mirando.
Supongo que tengo que ponerme en marcha. Le dedico una media sonrisa mientras paso los dedos entre mi pelo recogido en una coleta alta. Parece gustarle, porque ahora sonríe aún más.
Fred, a mi lado, que no entiende nada, me mira extrañado.
-¿Qué haces? -me pregunta, curioso.
-Nada... bueno, ¿por dónde quieres empezar?
-¿Qué tal si vamos a uno de esos puestos donde enseñan qué plantas se pueden comer y cuales no?
-Me parece bien -le digo, y nos dirigimos al puesto en cuestión.
Dirijo una última mirada al chico del Distrito 2, que sigue mirándome. Una chica mucho más baja que yo, con el número 2 en la espalda, le da un puñetazo en el hombro y empieza a sermonearle, pero no consigo oírles.

Nos pasamos aproximadamente dos horas aprendiendo qué plantas son mortales y, cuando el instructor nos deja a nosotros solos para que hagamos una selección entre un amasijo de hojas, flores y frutos, el resultado es favorable. Nos da la enhorabuena y nos dice que cree que ya podemos pasar a otra actividad, así que nos vamos.
-Yo ahora quiero ir a lanzar cuchillos. -me suelta Fred.
-Bueno, creo que el primer día deberíamos dedicarnos a cosas más sencillas, como plantas, nudos, hacer fuego, camuflaje, y esas cosas -le contesto.
-No, yo quiero ir a lanzar cuchillos. Es mejor que analizar hojas o atar cuerdas. - replica. Supongo que es inútil intentar negociar, pienso.
-Bueno, mira, hagamos una cosa. Tú te vas a lanzar cuchillos y yo me quedaré por aquí haciendo todas estas cosas tan aburridas, ¿vale? Y si en algún momento quieres volver conmigo... pues vuelves, y ya está.
-Vale -contesta, y se marcha hacia la zona de lanzamiento, con paso rápido y la cabeza baja. Seguro que se siente intimidado rodeado de tanto músculo. La verdad es que yo también.
Tras quedarme un rato parada meditando sobre mis cosas, decido ir al puesto de hacer fuego.
Allí, una chica muy amable, no más mayor que yo, me enseña las formas básicas de hacer fuego con muy pocos materiales. Pasada una hora ya se me da bastante bien, así que me despido de ella y me dirijo a la búsqueda de más actividades.
Como no se muy bien qué hacer, me limito a dar vueltas por el gimnasio observando al resto de tributos. Veo a Fred, que no parece entenderse muy bien con los cuchillos. También llama mi atención la chica del 2, la que antes gritaba a Cato, que parece toda una experta en la lucha con espadas. Veo a otros tributos, de Distritos más pobres como el 11 o el 8, con caras de desesperación viendo como los profesionales destacan en todo.
Una voz desconocida suena a mis espaldas:
-¡Eh, Cuatro!
Me giro despacio y veo que se trata de Cato. Respiro hondo y me aclaro la garganta.
-Me llamo Kate -contesto con tranquilidad y una sonrisa, intentando ser encantadora.
-Cato -me contesta, pagado de sí mismo.
-Lo sé -le digo. -He oído hablar de ti.
-Pues yo de ti no.
-Es que me gusta pasar desapercibida -le contesto.
-Pues no sé porqué -dice, y me dedica una mirada de arriba a abajo. Es patético.
Hago como si situaciones como la que acaba de ocurrir me pasaran todos los días, y me dispongo a seguir con mi entrenamiento.
-Bueno, ya nos veremos -le digo, me giro y comienzo a caminar, cuando su voz vuelve a reclamar mi atención.
-Eh, Cuatro -dice.
-¿Si? -contesto, todavía sin darme la vuelta.
-¿Qué tal si practicamos juntos la lucha con cuchillos?
¡¿Qué?! ¡Finnick no me advirtió de esto podía pasar! ¡Yo no sé luchar con cuchillos! ¿Y se supone que tengo que parecer una buena apuesta para los profesionales? Me parece que ya no.
-Pero luchar contra otros tributos está prohibido.
-No te preocupes, nadie se enterará.
-Vale -me limito a contestar.
Por Dios, no me creo lo que estoy a punto de hacer. Definitivamente me he vuelto loca incluso antes de que empiecen los Juegos. Fenomenal.
Nos dirigimos a una zona del gimnasio en la que, casualmente, no hay ningún instructor vigilando.
Estamos como en una especie de ring de boxeo, pero sin cuerdas. A la derecha de éste, hay un enorme tablero colocado sobre un caballete vertical repleto de cuchillos de todos los tamaños y formas.
-Elige uno -me dice.
Me quedo parada analizando todos y cada uno de ellos. No sabría utilizarlos ni para cortar pan.
Cojo el primero de todos. Es mediano comparado con los otros tamaños, tiene dientes pronunciados y el mango negro.
-Este -le digo, y le doy vueltas en la mano haciendo ver que sé perfectamente lo que estoy haciendo.
-Buena elección – y coge uno de los de la parte baja del tablero. Es el doble de grande que el que he cogido yo, afilado y con la punta curva.
Cato se sitúa en el centro del recinto, y yo me coloco frente a él. Separo las piernas, flexiono un poco las rodillas y empuño el cuchillo con mi mano derecha.
-¡Eh, vosotros dos! -la voz de uno de los instructores interrumpe nuestros Juegos particulares. - ¿Acaso no sabéis que está prohibida la lucha entre tributos antes de los Juegos? Venga, largáos de aquí si no queréis que os expulse.
Cato coloca el cuchillo en su sitio mirando con desprecio al instructor y maldiciendo en voz alta, y yo doy gracias al cielo en la intimidad de mi mente.
Empezamos a alejarnos, y el instructor nos reclama una vez más:
-¡Esperad! Por hoy os queda prohibido acercaros a las zonas de entrenamiento físico.
-¡¿Qué?! -replica Cato. -¿Qué quieres que hagamos? ¿Ponernos a atar cuerdas?
Antes de que el instructor pueda contestarle, cojo a Cato del brazo y lo empujo en dirección contraria.
-Pero ¿tú eres tonto? -le digo. -Ponerte así con ese hombre solo nos traerá problemas. Si informara al Alto Mando de lo que acabamos de hacer, lo tendríamos muy difícil en las sesiones privadas, y no me gustaría obtener una baja puntuación, gracias.
-Tranquila, chica Cuatro. Madre mía, todos los de tu Distrito sois iguales.
-¿Los de mi Distrito? No te creas superior a mi, o empezaré a replantearme tu inteligencia -le digo, y la expresión de mi cara debe de ser muy convincente, porque se le borra la arrogancia de la cara.

Nos dirigimos en silencio al puesto de identificación de plantas venenosas. Yo ya he estado aquí, pero volver y poner en práctica todo lo que he aprendido me ayudará a demostrarle a Cato que valgo la pena.
Afortunadamente, ahora un nuevo instructor se encarga de este puesto, así que no corro el riesgo de que me identifique y ese hecho desacredite mis conocimientos.
Saludo al nuevo instructor con la mano y Cato entra a regañadientes.
Me acerco al instructor y le digo que no se preocupe, que yo me encargaré de enseñarle pues ya había estado aquí en el anterior turno. Él duda, pero finalmente me da permiso.
Cato se sienta apoyado a la pared de cristal y yo me arrodillo frente a él y, entre ambos, un enorme cesto lleno de frutos de distintos colores, tamaños y formas.
Empiezo a separar las bayas venenosas de las comestibles.
-Sinceramente, no se qué hacemos aquí -dice, mientras se acerca a la boca una baya que le pararía el corazón en cuestión de un par de minutos.
Le doy un ligero golpe en la mano, lo suficientemente fuerte como para que la baya caiga al suelo.
-Son Jaulas de Noche. Si te las hubieras comido, serías un fiambre ahora mismo. -le digo con voz neutra, y continúo con mi tarea.
Oigo como traga saliva.
-Vaya, sí que se te da bien lo de las plantas. Podría ser útil si nos entra hambre.
-Ya lo creo-contesto, y veo que se queda pensativo.
Está a punto de pasar.
-¿Puedo hacerte una pregunta? -me dice.
-¿Porqué no? -contesto.
-¿Si solo quedarais tú y otro tributo en la Arena, quiero decir, si todos los demás ya estuvieran muertos, y estuvieras a un solo tributo de ganar, qué harías?
No me hace falta pensarlo.
-Pues para empezar, lo localizaría. Después le seguiría y cuando lo tuviera acorralado, atacaría por la espalda.
-Vale, todo eso está muy bien, Cuatro, pero ¿y si pasara al revés? ¿y si fuera él quien te persiguiera sin que te dieras cuenta?
-Eso no pasaría. -contesto.
-¿Cómo lo sabes? -me pregunta, curioso.
-Pues porque lo sé. No me hace falta conoceros para saber que soy mucho más inteligente que todos los que estáis aquí. Los músculos están bien al principio, pero lo que verdaderamente te ayuda a ganar, es el cerebro. -le digo.
Esa última frase me recuerda a lo que me dijo mi padre el día de la cosecha: «Tú tienes lo necesario para ganar estos Juegos. Cerebro».
Se me queda mirando un buen rato, mientras yo selecciono agilmente los frutos comestibles.
-Yo ya he acabado -digo, mientras me meto una jugosa baya roja en la boca.- Espero que hayas prestado atención a todo lo que te acabo de enseñar.
Sin esperar su respuesta, me levanto y echo un vistazo al enorme reloj que adorna la pared del gimnasio.
-Vaya, ya son las nueve. -digo.
Salgo del puesto y me dirijo hacia el gran ascensor a esperar a Fred para subir juntos a nuestras habitaciones, cuando Cato reclama de nuevo mi atención:
-Cuatro -dice. -Únete a nosotros, ya sabes, al grupo de los profesionales. Con tu cerebro y nuestros músculos, ¿qué puede salir mal? - dice, ironizando sobre el “piropo” que les lancé antes.
¡Sí!
Me limito a asentir, como si fuera yo la que les estuviera haciendo un favor a ellos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario