El
sonido de voces al otro lado de mi puerta me avisa de que ya es hora
de levantarme. He llorado la mayor parte de la noche, así que entro
al baño y me lavo la cara repetidas veces para intentar ocultar lo
obvio.
Me
ajusto la coleta, me pongo un albornoz que encuentro colgado en la
puerta, hago la cama y salgo a enfrentarme a un nuevo día.
Al
salir, me sorprende ver a Finnick, Maggs y Fred sentados en el gran
sofá charlando animadamente. Parece que soy la única afectada
después de la conversación de anoche.
Decido
acercarme y me siento al lado de Fred como si nada.
-Buenos
días. -me dice Fred, con una sonrisa.
-Hola.
-le contesto.
-Kate,
-empieza Finnick- le estaba explicando a Fred que hoy empiezan los
entrenamientos. Los primeros dos días entrenaréis solos, el tercer
día Maggs y yo estaremos con vosotros y, el cuarto día, entrenaréis
por separado, tú conmigo y Fred con Maggs. Van a ser unos días de
mucha presión, ya que el quinto día tendréis que impresionar a los
jueces con cualquiera de las habilidades que hayáis aprendido.
-Más
os vale entrenarnos bien, ¿eh? -contesto, intentando ser agradable.
Finnick
ríe.
-Haremos
todo lo que podamos, tenlo por seguro. -me contesta.
La
verdad es que es bastante mono. Me he fijado en que, cuando sonríe,
se le forma un pequeño hoyuelo en la mejilla derecha que me parece
encantador. Y he observado que, cuando tiene que explicar algo que le
resulta incómodo o difícil, tiene una especie de tic nervioso. Se
pasa los dedos por el pelo unas diez veces por minuto. Y cuando está
distraído...
¿¡Pero
qué haces!?, me digo a mi
misma, despertándome de mi ensueño matutino. No puedes
permitirte pensar así. Sí claro, tú con Finnick Odair. ¿Acaso te
has vuelto loca? No es propio de tí. ¿Es así como piensas ganar?
¿Suspirando por el primer paleto que te dedique un par de sonrisas?
Mal, muy mal.
-Muy
mal... -me sorprendo diciendo en voz alta.
-¿Qué
está mal? -me pregunta Maggs, extrañada.
-Eh...
que me encuentro muy mal... serán los nervios por el entrenamiento
de esta tarde.
Brillante
excusa, genio.
-No
te preocupes. Conociéndote, los dejarás a todos con la boca
abierta.
-Sí.
-contesto.
Seguro
que sí.
Las
salas de entrenamiento están bajo el nivel del suelo de nuestro
edificio. El trayecto en ascensor es de menos de un minuto, y después
las puertas se abren para dejarnos ver un gimnasio lleno de armas y
pistas de obstáculos. Todavía no son las cuatro, pero somos los
últimos en llegar. Los otros tributos están reunidos en un círculo
muy tenso, con un trozo de tela prendido a la camisa en el que se
puede leer el número de su distrito.
En
cuanto nos unimos al círculo, la entrenadora jefe, una mujer alta y
atlética llamada Atala, da un paso adelante y nos empieza a explicar
el horario de entrenamiento. En cada puesto habrá un experto en la
habilidad en cuestión, y nosotros podremos ir de una zona a otra
como queramos, según las instrucciones de nuestros mentores. Algunos
puestos enseñan tácticas de supervivencia y otros técnicas de
lucha. Está prohibido realizar ejercicios de combate con otro
tributo. Tenemos ayudantes a mano si queremos practicar con un
compañero.
Empiezo
a analizar a los otros tributos, y se me cae el alma a los pies.
Aunque soy alta, casi todos los chicos y la mitad de las chicas son
mucho más grandes que yo, cualquiera de ellos me saca de veinte a
treinta kilos.
Entre
ellos, veo a Cato, el chico del Distrito 2 que se supone que es mi
“objetivo”.
Las
palabras de Finnick vuelven a mi mente: «Tiene pinta de dejarse
engatusar». Eso espero.
Está
parado en la otra punta del gimnasio, con los brazos cruzados sobre
el pecho y una sonrisa arrogante en la cara. Y me está mirando.
Supongo
que tengo que ponerme en marcha. Le dedico una media sonrisa mientras
paso los dedos entre mi pelo recogido en una coleta alta. Parece
gustarle, porque ahora sonríe aún más.
Fred,
a mi lado, que no entiende nada, me mira extrañado.
-¿Qué
haces? -me pregunta, curioso.
-Nada...
bueno, ¿por dónde quieres empezar?
-¿Qué
tal si vamos a uno de esos puestos donde enseñan qué plantas se
pueden comer y cuales no?
-Me
parece bien -le digo, y nos dirigimos al puesto en cuestión.
Dirijo
una última mirada al chico del Distrito 2, que sigue mirándome. Una
chica mucho más baja que yo, con el número 2 en la espalda, le da
un puñetazo en el hombro y empieza a sermonearle, pero no consigo
oírles.
Nos
pasamos aproximadamente dos horas aprendiendo qué plantas son
mortales y, cuando el instructor nos deja a nosotros solos para que
hagamos una selección entre un amasijo de hojas, flores y frutos, el
resultado es favorable. Nos da la enhorabuena y nos dice que cree que
ya podemos pasar a otra actividad, así que nos vamos.
-Yo
ahora quiero ir a lanzar cuchillos. -me suelta Fred.
-Bueno,
creo que el primer día deberíamos dedicarnos a cosas más
sencillas, como plantas, nudos, hacer fuego, camuflaje, y esas cosas
-le contesto.
-No,
yo quiero ir a lanzar cuchillos. Es mejor que analizar hojas o atar
cuerdas. - replica. Supongo que es inútil intentar negociar,
pienso.
-Bueno,
mira, hagamos una cosa. Tú te vas a lanzar cuchillos y yo me quedaré
por aquí haciendo todas estas cosas tan aburridas, ¿vale? Y si en
algún momento quieres volver conmigo... pues vuelves, y ya está.
-Vale
-contesta, y se marcha hacia la zona de lanzamiento, con paso rápido
y la cabeza baja. Seguro que se siente intimidado rodeado de tanto
músculo. La verdad es que yo también.
Tras
quedarme un rato parada meditando sobre mis cosas, decido ir al
puesto de hacer fuego.
Allí,
una chica muy amable, no más mayor que yo, me enseña las formas
básicas de hacer fuego con muy pocos materiales. Pasada una hora ya
se me da bastante bien, así que me despido de ella y me dirijo a la
búsqueda de más actividades.
Como
no se muy bien qué hacer, me limito a dar vueltas por el gimnasio
observando al resto de tributos. Veo a Fred, que no parece entenderse
muy bien con los cuchillos. También llama mi atención la chica del
2, la que antes gritaba a Cato, que parece toda una experta en la
lucha con espadas. Veo a otros tributos, de Distritos más pobres
como el 11 o el 8, con caras de desesperación viendo como los
profesionales destacan en todo.
Una
voz desconocida suena a mis espaldas:
-¡Eh,
Cuatro!
Me
giro despacio y veo que se trata de Cato. Respiro hondo y me aclaro
la garganta.
-Me
llamo Kate -contesto con tranquilidad y una sonrisa, intentando ser
encantadora.
-Cato
-me contesta, pagado de sí mismo.
-Lo
sé -le digo. -He oído hablar de ti.
-Pues
yo de ti no.
-Es
que me gusta pasar desapercibida -le contesto.
-Pues
no sé porqué -dice, y me dedica una mirada de arriba a abajo. Es
patético.
Hago
como si situaciones como la que acaba de ocurrir me pasaran todos los
días, y me dispongo a seguir con mi entrenamiento.
-Bueno, ya nos veremos -le digo, me giro y comienzo a caminar, cuando su voz
vuelve a reclamar mi atención.
-Eh, Cuatro -dice.
-¿Si?
-contesto, todavía sin darme la vuelta.
-¿Qué
tal si practicamos juntos la lucha con cuchillos?
¡¿Qué?!
¡Finnick no me advirtió de esto podía pasar! ¡Yo no sé luchar
con cuchillos! ¿Y se supone que tengo que parecer una buena apuesta
para los profesionales? Me parece que ya no.
-Pero
luchar contra otros tributos está prohibido.
-No
te preocupes, nadie se enterará.
-Vale
-me limito a contestar.
Por
Dios, no me creo lo que estoy a punto de hacer. Definitivamente me he
vuelto loca incluso antes de que empiecen los Juegos. Fenomenal.
Nos
dirigimos a una zona del gimnasio en la que, casualmente, no hay
ningún instructor vigilando.
Estamos
como en una especie de ring de boxeo, pero sin cuerdas. A la derecha
de éste, hay un enorme tablero colocado sobre un caballete vertical
repleto de cuchillos de todos los tamaños y formas.
-Elige
uno -me dice.
Me
quedo parada analizando todos y cada uno de ellos. No sabría
utilizarlos ni para cortar pan.
Cojo
el primero de todos. Es mediano comparado con los otros tamaños,
tiene dientes pronunciados y el mango negro.
-Este
-le digo, y le doy vueltas en la mano haciendo ver que sé
perfectamente lo que estoy haciendo.
-Buena
elección – y coge uno de los de la parte baja del tablero. Es el
doble de grande que el que he cogido yo, afilado y con la punta
curva.
Cato
se sitúa en el centro del recinto, y yo me coloco frente a él.
Separo las piernas, flexiono un poco las rodillas y empuño el
cuchillo con mi mano derecha.
-¡Eh,
vosotros dos! -la voz de uno de los instructores interrumpe nuestros
Juegos particulares. - ¿Acaso no sabéis que está prohibida la
lucha entre tributos antes de los Juegos? Venga, largáos de aquí si
no queréis que os expulse.
Cato
coloca el cuchillo en su sitio mirando con desprecio al instructor y
maldiciendo en voz alta, y yo doy gracias al cielo en la intimidad de
mi mente.
Empezamos
a alejarnos, y el instructor nos reclama una vez más:
-¡Esperad!
Por hoy os queda prohibido acercaros a las zonas de entrenamiento
físico.
-¡¿Qué?!
-replica Cato. -¿Qué quieres que hagamos? ¿Ponernos a atar
cuerdas?
Antes
de que el instructor pueda contestarle, cojo a Cato del brazo y lo
empujo en dirección contraria.
-Pero
¿tú eres tonto? -le digo. -Ponerte así con ese hombre solo nos
traerá problemas. Si informara al Alto Mando de lo que acabamos de
hacer, lo tendríamos muy difícil en las sesiones privadas, y no me
gustaría obtener una baja puntuación, gracias.
-Tranquila,
chica Cuatro. Madre mía, todos los de tu Distrito sois iguales.
-¿Los
de mi Distrito? No te creas superior a mi, o empezaré a replantearme
tu inteligencia -le digo, y la expresión de mi cara debe de ser muy
convincente, porque se le borra la arrogancia de la cara.
Nos
dirigimos en silencio al puesto de identificación de plantas
venenosas. Yo ya he estado aquí, pero volver y poner en práctica
todo lo que he aprendido me ayudará a demostrarle a Cato que valgo
la pena.
Afortunadamente,
ahora un nuevo instructor se encarga de este puesto, así que no
corro el riesgo de que me identifique y ese hecho desacredite mis
conocimientos.
Saludo
al nuevo instructor con la mano y Cato entra a regañadientes.
Me
acerco al instructor y le digo que no se preocupe, que yo me
encargaré de enseñarle pues ya había estado aquí en el anterior
turno. Él duda, pero finalmente me da permiso.
Cato
se sienta apoyado a la pared de cristal y yo me arrodillo frente a él
y, entre ambos, un enorme cesto lleno de frutos de distintos colores,
tamaños y formas.
Empiezo
a separar las bayas venenosas de las comestibles.
-Sinceramente,
no se qué hacemos aquí -dice, mientras se acerca a la boca una baya
que le pararía el corazón en cuestión de un par de minutos.
Le
doy un ligero golpe en la mano, lo suficientemente fuerte como para
que la baya caiga al suelo.
-Son
Jaulas de Noche. Si te las hubieras comido, serías un fiambre ahora mismo. -le digo con voz
neutra, y continúo con mi tarea.
Oigo
como traga saliva.
-Vaya,
sí que se te da bien lo de las plantas. Podría ser útil si nos
entra hambre.
-Ya
lo creo-contesto, y veo que se queda pensativo.
Está
a punto de pasar.
-¿Puedo
hacerte una pregunta? -me dice.
-¿Porqué
no? -contesto.
-¿Si
solo quedarais tú y otro tributo en la Arena, quiero decir, si todos
los demás ya estuvieran muertos, y estuvieras a un solo tributo de
ganar, qué harías?
No
me hace falta pensarlo.
-Pues
para empezar, lo localizaría. Después le seguiría y cuando lo
tuviera acorralado, atacaría por la espalda.
-Vale,
todo eso está muy bien, Cuatro, pero ¿y si pasara al revés? ¿y si
fuera él quien te persiguiera sin que te dieras cuenta?
-Eso
no pasaría. -contesto.
-¿Cómo
lo sabes? -me pregunta, curioso.
-Pues
porque lo sé. No me hace falta conoceros para saber que soy mucho
más inteligente que todos los que estáis aquí. Los músculos están
bien al principio, pero lo que verdaderamente te ayuda a ganar, es el
cerebro. -le digo.
Esa
última frase me recuerda a lo que me dijo mi padre el día de la
cosecha: «Tú tienes lo necesario para ganar estos Juegos. Cerebro».
Se
me queda mirando un buen rato, mientras yo selecciono agilmente los
frutos comestibles.
-Yo
ya he acabado -digo, mientras me meto una jugosa baya roja en la
boca.- Espero que hayas prestado atención a todo lo que te acabo de
enseñar.
Sin
esperar su respuesta, me levanto y echo un vistazo al enorme reloj
que adorna la pared del gimnasio.
-Vaya,
ya son las nueve. -digo.
Salgo
del puesto y me dirijo hacia el gran ascensor a esperar a Fred para
subir juntos a nuestras habitaciones, cuando Cato reclama de nuevo mi
atención:
-Cuatro
-dice. -Únete a nosotros, ya sabes, al grupo de los profesionales.
Con tu cerebro y nuestros músculos, ¿qué puede salir mal? - dice,
ironizando sobre el “piropo” que les lancé antes.
¡Sí!
Me
limito a asentir, como si fuera yo la que les estuviera haciendo un
favor a ellos.
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