jueves, 7 de marzo de 2013

Capítulo 16


Está situado en el tejado del Centro de Entrenamiento, y es sencillamente enorme.
-Guau, es muy bonito -le digo a Cato, que está parado a mi lado.
-Lo descubrí ayer, y quería enseñártelo -contesta.
-No imaginaba que a alguien como tú le gustara un sitio como este. Te imaginaba más en un campo de batalla que en uno de amapolas -le digo.
-Hay muchas cosas que no sabes de mi, Kate -me dice, y comienza a caminar hacia el otro extremo del jardín. Creo que es la primera vez que me llama por mi nombre en lugar de “chica Cuatro”, y de alguna manera me incomoda. Supongo que el nombre es algo muy personal, y no me gusta pensar en que Cato y yo podamos tener algo personal. Aunque se supone que deberíamos, si quiero sobrevivir. Dejo de pensar en tonterías y empiezo a caminar detrás de él hasta que me pongo a su altura, justo en el borde del tejado.
Las vistas del Capitolio son estupendas.
-No se parece en nada a mi Distrito -le digo.
-Tampoco al mío -contesta él.
Decido sentarme en el suelo, y él me acompaña inmediatamente.
-¿Cómo es la vida en tu distrito? -le pregunto, curiosa. -Para alguien como tú, quiero decir.
-Bueno, como ya sabes, Clove y yo somos profesionales, al igual que los tributos del 1, pero nosotros somos mejores. Nos entrenan desde que somos muy pequeños para los Juegos. Nos mentalizan a fondo de que somos mucho mejores que cualquier otro tributo, así que cuando cumplimos los dieciocho años, es decir, el último año en el que se nos permite participar, nos presentamos voluntarios. Hay verdaderas peleas para ocupar el puesto de tributo cada año. Para nosotros, es un privilegio poder rendir honor a nuestro Distrito siendo los más fuertes, ya que nuestro Distrito es el más fuerte, y se merece unos tributos que den la talla. Además, ¿a quién le importan un puñado de críos desnutridos? Lo más probable es que fueran a morir poco tiempo después por causas naturales. Nosotros les hacemos un favor. Aceleramos el proceso. Yo me siento afortunado por estar aquí. Y pienso ganar. No podemos permitir que vuelva a suceder lo del año pasado. Fue una vergüenza -hace una pausa. -Clove y yo tenemos que dejar el listón muy alto -explica. -Lo siento por tí, chica Cuatro -me dice, con esa sonrisa arrogante que catalogaría como típica en él.
-Bueno -digo, suspirando. -En ese caso espero que mis últimos días con vida valgan la pena.
Acerca su cara a la mía y me da un beso en los labios.
No me lo esperaba. Bueno, la verdad es que sí, este chico es bastante predecible.
Cuando nos separamos, ya no hay sonrisa arrogante. Está serio, pensativo, como si se hubiera dado cuenta de algo.
-Me caes bien -le digo. -A tí te mataré el último.
Él estalla en una carcajada sincera.
-Si, si, ríete ahora que puedes, chico Dos -le digo, también riendo, mientras me levanto y me sacudo la tierra de la parte trasera de mi atuendo.
-¿A dónde vas? -me pregunta.
-A caminar -contesto. -No me gusta estar quieta.
Empiezo a caminar por el borde del tejado, y oigo que él se levanta y me sigue.
De pronto, una bombilla se enciende en mi cabeza.
-¡Eres un maldito traidor! -le suelto. Me giro y le miro, intentando parecer enfadada. Sin mucho éxito, me temo.
-No vamos bien si empezamos a acusarnos mutuamente sin motivos aparentes, Cuatro -me contesta, con expresión divertida. -¿Por qué soy un traidor?
-Porque -empiezo, y me acerco a él dando un pequeño saltito desde el borde al que estaba subida. -Me has pedido que me una a vosotros y ni siquiera me habéis contado qué planes tenéis. ¿No tenéis ninguna estrategia? ¿Ningún plan pensado? Y si la respuesta es si, ¿cuándo pensabas contármelo?
Él decide zanjar momentáneamente la conversación con otro beso.
Solo que éste es distinto. No es tan tímido como el otro. Supongo que antes intentaba tantear el terreno, asegurarse de que no le abofetearía la cara si volvía a repetirlo otra vez. Me estoy quedando sin respiración y, a juzgar por su reacción cuando nos separamos, a él le pasaba lo mismo.
-¿A qué viene todo esto? -le pregunto.
-¿A qué te refieres? -contesta él.
-Pues a todo esto. Me traes aquí, me dices que me vas a matar y luego me besas, te digo que eres un traidor y me besas de nuevo. ¿A qué juegas, Cato?
-A nada. Todavía -me dice. -Volviendo a tu primera pregunta -empieza, y ahora se acerca a mí y susurra a mi oído, mientras coloca sus manos sobre mis hombros. -Tenía pensado pedirte que te reunieras aquí con nosotros mañana a las siete de la mañana para hacer un plan sobre lo que haremos cuando estemos en la Arena. Tranquila, tú serías el cerebro de la operación. ¿Qué te parece? -me dice.
En vez de contestar, me limito a asentir.
-Y ahora, volvamos -me dice -o si no, pensarán que estamos conspirando o algo así.
Me coge de la mano y me dirige velozmente hacia la puerta por la que entramos.
Una vez en el ascensor, acordamos que yo saldré primero y él después.
Al salir, veo que el reloj ya marca las cuatro y cuarto, es decir, llego quince minutos tarde al entrenamiento. Estupendo, es justo lo que me hace falta, perder el tiempo. Enseguida me pongo manos a la obra, guiándome por el horario de Effie.
Aunque no puedo evitar darle vueltas a la cabeza pensando en lo repugnante que me resulta tener que actuar como si me gustara Cato y todo lo que eso conlleva, consigo dedicarme por completo a mi entrenamiento y tres de los cinco monitores con los que practico, me dan expresamente su enhorabuena por mi progreso (las espadas y el tiro con arco no son lo mío).
Ya son las diez, y sé que Fred no querrá subir conmigo, así que lo hago sola.
Cuando llego a nuestro piso, me sorprende ver que no hay nadie.
Me siento en el gran sofá y enciendo la televisión. Están reponiendo todas las cosechas. Me hubiera gustado ver la de Cato, pero ya van por el Distrito 3. Tras lo que claramente es peor que una película de terror, continuan las cosechas. Distrito 4. Vacilo unos instantes con el mando a distancia en la mano, pensando en si apagar el televisor o no, pero finalmente decido ver la cosecha. Puedo verme a mi misma entre la multitud, y distingo a Spencer y Melissa unos cuantos puestos delante de mi, bastante cerca de donde me encontraba. Ni siquiera las había visto en ese momento. Cuando Effie dice mi nombre, ellas se miran la una a la otra, e inmediatamente se vuelven en mi dirección. Me veo desplomarme en el suelo, y dos Agentes de la Paz corren a levantarme inmediatamente. Todos me siguen con la mirada en mi camino hacia el gran escenario. Cuando es el turno de los chicos, puedo ver la cara de Matt. Está como en estado de shock. Me mira, después a las niñas, y de nuevo a mí. No lo soporto más, así que decido apagar el televisor. Les echo muchísimo de menos.
La puerta se abre, distrayéndome afortunadamente de mis pensamientos depresivos.
Es Fred, seguido por Finnick y una chica del servicio que lleva consigo una mesita con ruedas repleta de comida.
-¿Llevas mucho tiempo aquí? -me pregunta mi mentor.
-No. Estaba viendo la televisión, estaban reponiendo las cosechas.
-¿Y has podido ver las de los profesionales? -pregunta.
-No, solo la de los tributos del 3.
Finnick asiente, y se sienta a mi lado en el sofá poniendo los pies sobre la mesa.
Veo que Fred se acerca a la comida, y coge un trozo de pastel dándole un fuerte empujón a la chica que lo está sirviendo, que se queda callada y mirando al suelo.
-¡Eh! -le digo. -No hace falta ser tan grosero, ¿no crees?
-¿Desde cuando tienes algún tipo de autoridad sobre mí? Además, ¿a quién le importa lo que haga? Dentro de poco moriré, así que creo tener derecho a hacer lo que me plazca.
Me quedo sin palabras durante unos segundos.
-Eres un pequeño tirano, ¿lo sabías? -le digo por fin.
-Sí, sí, lo que tú digas -contesta, mientras coge otro trozo de pastel y se mete en su cuarto.
Dirijo una mirada a la chica, y ambas nos dedicamos una sonrisa cómplice.
-Tengo noticias -le digo a Finnick.
-¿Buenas o malas? -pregunta él.
-Dejémoslo en noticias -contesto.
-Vale -contesta él con una sonrisa. -Y ¿de qué se trata?
-Mañana por la mañana he quedado con los profesionales antes del entrenamiento para preparar una estrategia para cuando estemos en la Arena, y quieren que yo sea el cerebro de la operación.
-Está bien. ¿Crees que podrás hacerlo?
-Claro, ¿por quién me tomas? -contesto.
Ambos reímos y es entonces cuando Effie hace acto de presencia, tan irritantemente alegre como siempre.
-¿Qué tal ha ido, cielo? -me pregunta.
-Muy bien, muchas gracias, Effie. De no ser por tí, hubiera sido un completo desastre.
-Oh, no me las des, querida. -contesta, con una amplia sonrisa de satisfacción.

No hay comentarios:

Publicar un comentario