Está
situado en el tejado del Centro de Entrenamiento, y es sencillamente
enorme.
-Guau,
es muy bonito -le digo a Cato, que está parado a mi lado.
-Lo
descubrí ayer, y quería enseñártelo -contesta.
-No
imaginaba que a alguien como tú le gustara un sitio como este. Te
imaginaba más en un campo de batalla que en uno de amapolas -le
digo.
-Hay
muchas cosas que no sabes de mi, Kate -me dice, y comienza a caminar
hacia el otro extremo del jardín. Creo que es la primera vez que me
llama por mi nombre en lugar de “chica Cuatro”, y de alguna
manera me incomoda. Supongo que el nombre es algo muy personal, y no
me gusta pensar en que Cato y yo podamos tener algo personal. Aunque
se supone que deberíamos, si quiero sobrevivir. Dejo de pensar en
tonterías y empiezo a caminar detrás de él hasta que me pongo a su
altura, justo en el borde del tejado.
Las
vistas del Capitolio son estupendas.
-No
se parece en nada a mi Distrito -le digo.
-Tampoco
al mío -contesta él.
Decido
sentarme en el suelo, y él me acompaña inmediatamente.
-¿Cómo
es la vida en tu distrito? -le pregunto, curiosa. -Para alguien como
tú, quiero decir.
-Bueno,
como ya sabes, Clove y yo somos profesionales, al igual que los
tributos del 1, pero nosotros somos mejores. Nos entrenan desde que
somos muy pequeños para los Juegos. Nos mentalizan a fondo de que
somos mucho mejores que cualquier otro tributo, así que cuando
cumplimos los dieciocho años, es decir, el último año en el que se
nos permite participar, nos presentamos voluntarios. Hay verdaderas
peleas para ocupar el puesto de tributo cada año. Para nosotros, es
un privilegio poder rendir honor a nuestro Distrito siendo los más
fuertes, ya que nuestro Distrito es el más fuerte, y se merece unos
tributos que den la talla. Además, ¿a quién le importan un puñado
de críos desnutridos? Lo más probable es que fueran a morir poco
tiempo después por causas naturales. Nosotros les hacemos un favor.
Aceleramos el proceso. Yo me siento afortunado por estar aquí. Y
pienso ganar. No podemos permitir que vuelva a suceder lo del año
pasado. Fue una vergüenza -hace una pausa. -Clove y yo tenemos que
dejar el listón muy alto -explica. -Lo siento por tí, chica Cuatro
-me dice, con esa sonrisa arrogante que catalogaría como típica en
él.
-Bueno
-digo, suspirando. -En ese caso espero que mis últimos días con
vida valgan la pena.
Acerca
su cara a la mía y me da un beso en los labios.
No
me lo esperaba. Bueno, la verdad es que sí, este chico es bastante
predecible.
Cuando
nos separamos, ya no hay sonrisa arrogante. Está serio, pensativo,
como si se hubiera dado cuenta de algo.
-Me
caes bien -le digo. -A tí te mataré el último.
Él
estalla en una carcajada sincera.
-Si,
si, ríete ahora que puedes, chico Dos -le digo, también riendo,
mientras me levanto y me sacudo la tierra de la parte trasera de mi
atuendo.
-¿A
dónde vas? -me pregunta.
-A
caminar -contesto. -No me gusta estar quieta.
Empiezo
a caminar por el borde del tejado, y oigo que él se levanta y me
sigue.
De
pronto, una bombilla se enciende en mi cabeza.
-¡Eres
un maldito traidor! -le suelto. Me giro y le miro, intentando parecer
enfadada. Sin mucho éxito, me temo.
-No
vamos bien si empezamos a acusarnos mutuamente sin motivos aparentes,
Cuatro -me contesta, con expresión divertida. -¿Por qué soy un
traidor?
-Porque
-empiezo, y me acerco a él dando un pequeño saltito desde el borde
al que estaba subida. -Me has pedido que me una a vosotros y ni
siquiera me habéis contado qué planes tenéis. ¿No tenéis ninguna
estrategia? ¿Ningún plan pensado? Y si la respuesta es si, ¿cuándo
pensabas contármelo?
Él
decide zanjar momentáneamente la conversación con otro beso.
Solo
que éste es distinto. No es tan tímido como el otro. Supongo que
antes intentaba tantear el terreno, asegurarse de que no le
abofetearía la cara si volvía a repetirlo otra vez. Me estoy
quedando sin respiración y, a juzgar por su reacción cuando nos
separamos, a él le pasaba lo mismo.
-¿A
qué viene todo esto? -le pregunto.
-¿A
qué te refieres? -contesta él.
-Pues
a todo esto. Me traes aquí, me dices que me vas a matar y luego me
besas, te digo que eres un traidor y me besas de nuevo. ¿A qué
juegas, Cato?
-A
nada. Todavía -me dice. -Volviendo a tu primera pregunta -empieza, y
ahora se acerca a mí y susurra a mi oído, mientras coloca sus manos
sobre mis hombros. -Tenía pensado pedirte que te reunieras aquí con
nosotros mañana a las siete de la mañana para hacer un plan sobre
lo que haremos cuando estemos en la Arena. Tranquila, tú serías el
cerebro de la operación. ¿Qué te parece? -me dice.
En
vez de contestar, me limito a asentir.
-Y
ahora, volvamos -me dice -o si no, pensarán que estamos conspirando
o algo así.
Me
coge de la mano y me dirige velozmente hacia la puerta por la que
entramos.
Una
vez en el ascensor, acordamos que yo saldré primero y él después.
Al
salir, veo que el reloj ya marca las cuatro y cuarto, es decir, llego
quince minutos tarde al entrenamiento. Estupendo, es justo lo que me
hace falta, perder el tiempo. Enseguida me pongo manos a la obra,
guiándome por el horario de Effie.
Aunque
no puedo evitar darle vueltas a la cabeza pensando en lo repugnante
que me resulta tener que actuar como si me gustara Cato y todo lo que
eso conlleva, consigo dedicarme por completo a mi entrenamiento y
tres de los cinco monitores con los que practico, me dan expresamente
su enhorabuena por mi progreso (las espadas y el tiro con arco no son
lo mío).
Ya
son las diez, y sé que Fred no querrá subir conmigo, así que lo
hago sola.
Cuando
llego a nuestro piso, me sorprende ver que no hay nadie.
Me
siento en el gran sofá y enciendo la televisión. Están reponiendo
todas las cosechas. Me hubiera gustado ver la de Cato, pero ya van
por el Distrito 3. Tras lo que claramente es peor que una película
de terror, continuan las cosechas. Distrito 4. Vacilo unos instantes
con el mando a distancia en la mano, pensando en si apagar el
televisor o no, pero finalmente decido ver la cosecha. Puedo verme a
mi misma entre la multitud, y distingo a Spencer y Melissa unos
cuantos puestos delante de mi, bastante cerca de donde me encontraba.
Ni siquiera las había visto en ese momento. Cuando Effie dice mi
nombre, ellas se miran la una a la otra, e inmediatamente se vuelven
en mi dirección. Me veo desplomarme en el suelo, y dos Agentes de la
Paz corren a levantarme inmediatamente. Todos me siguen con la mirada
en mi camino hacia el gran escenario. Cuando es el turno de los
chicos, puedo ver la cara de Matt. Está como en estado de shock. Me
mira, después a las niñas, y de nuevo a mí. No lo soporto más,
así que decido apagar el televisor. Les echo muchísimo de menos.
La
puerta se abre, distrayéndome afortunadamente de mis pensamientos
depresivos.
Es
Fred, seguido por Finnick y una chica del servicio que lleva consigo
una mesita con ruedas repleta de comida.
-¿Llevas
mucho tiempo aquí? -me pregunta mi mentor.
-No.
Estaba viendo la televisión, estaban reponiendo las cosechas.
-¿Y
has podido ver las de los profesionales? -pregunta.
-No,
solo la de los tributos del 3.
Finnick
asiente, y se sienta a mi lado en el sofá poniendo los pies sobre la
mesa.
Veo
que Fred se acerca a la comida, y coge un trozo de pastel dándole un
fuerte empujón a la chica que lo está sirviendo, que se queda
callada y mirando al suelo.
-¡Eh!
-le digo. -No hace falta ser tan grosero, ¿no crees?
-¿Desde
cuando tienes algún tipo de autoridad sobre mí? Además, ¿a quién
le importa lo que haga? Dentro de poco moriré, así que creo tener
derecho a hacer lo que me plazca.
Me
quedo sin palabras durante unos segundos.
-Eres
un pequeño tirano, ¿lo sabías? -le digo por fin.
-Sí,
sí, lo que tú digas -contesta, mientras coge otro trozo de pastel y
se mete en su cuarto.
Dirijo
una mirada a la chica, y ambas nos dedicamos una sonrisa cómplice.
-Tengo
noticias -le digo a Finnick.
-¿Buenas
o malas? -pregunta él.
-Dejémoslo
en noticias -contesto.
-Vale
-contesta él con una sonrisa. -Y ¿de qué se trata?
-Mañana
por la mañana he quedado con los profesionales antes del
entrenamiento para preparar una estrategia para cuando estemos en la
Arena, y quieren que yo sea el cerebro de la operación.
-Está
bien. ¿Crees que podrás hacerlo?
-Claro,
¿por quién me tomas? -contesto.
Ambos
reímos y es entonces cuando Effie hace acto de presencia, tan
irritantemente alegre como siempre.
-¿Qué
tal ha ido, cielo? -me pregunta.
-Muy
bien, muchas gracias, Effie. De no ser por tí, hubiera sido un
completo desastre.
-Oh,
no me las des, querida. -contesta, con una amplia sonrisa de
satisfacción.
No hay comentarios:
Publicar un comentario